6 Bianca
bianca
Carla García es la novia más impresionante que he visto en mi vida.
—Estás radiante —suspira Raia Callaway, una de las amigas más íntimas de Carla, además de la cuñada de su hermana por parte de su hermana —menudo lío.
—Preciosa, Carlita —solloza su hermana Valentina, que está casada con Avery, el hermano de Raia, mientras atrae a Carla a un abrazo suave. Valentina besa a su hermana en ambas mejillas, sujetándole las manos con fuerza.
—Vale —dice Carla, sonriendo—, no me hagas llorar. No quiero que se me corra el maquillaje.
—No se te va a correr por llorar. Estás sudando como una pecadora en misa —aporto servicialmente, abanicando a mi nueva hermana.
Carla se ríe y me lanza una mirada de agradecimiento.
—Siempre puedo contar contigo, B.
—Estás preciosa —digo con sinceridad, recolocándola frente a un ventilador de verdad—. Pero casarse en Italia en julio significa que todas vamos a sudar como pecadoras en misa.
—O como damas de honor con tul —aporta Marlowe García, la otra cuñada de Carla, con toda la razón, levantándose el pelo de la nuca.
—Lo siento —murmura Carla.
Todas nos reímos.
—Podemos beber más prosecco. —Cojo las copas recién rellenadas de una mesa cercana y las voy repartiendo.
—Nadie está secretamente embarazada, ¿verdad? —pregunta Raia, mirando alrededor del grupo.
Marlowe y Valentina, que han dado a luz a sus primeros hijos hace poco, niegan con la cabeza. Por alguna razón, todas las miradas caen sobre mí.
Se me abre la boca.
—¿Estáis de coña? ¿De quién iba a estar embarazada?
Raia se encoge de hombros.
—No sé. Eres la única soltera entre nosotras.
Me río, pero una pequeña punzada se me retuerce en el pecho.
—¿Y por eso soy la más probable?
Carla suelta una risita.
—No sé por qué, pero… sí.
Todas estallamos en carcajadas.
Negando con la cabeza, alzo más mi copa e ignoro la extraña opresión que siento detrás del esternón.
—¡Enhorabuena, Carla! Me alegro muchísimo por ti y por Luca. Y por mí. Porque siempre quise tener una hermana.
—Awww —murmura Marlowe—. Yo me sentí así cuando me casé con Ale también.
—No puedo creer que estemos todas aquí —admite Vale—. No puedo creer que te cases hoy, Carlita. —Mira a su alrededor, al espacio y a las ventanas que muestran las colinas ondulantes más allá—. Qué lugar tan precioso para esta ocasión.
—¡Salud, Siete! —Raia levanta más su copa, haciendo referencia al número de Carla en el fútbol.
Todas chocamos las copas. Doy un largo sorbo de prosecco, disfrutando de las burbujas cuando estallan en mi lengua.
Miro el círculo en el que estoy, a las mujeres increíbles, talentosas y preciosas que me rodean.
Nunca he pertenecido de verdad a una hermandad, pero con estas mujeres —todas conectadas de algún modo por amistad, sangre y matrimonio— siento que pertenezco de verdad.
Aunque en realidad no encaje. Al reparar en sus ojos brillantes y sus mejillas sonrosadas, todas desesperadamente enamoradas de sus parejas, dudo que yo encuentre jamás ese mismo tipo de final feliz. No porque no lo merezca, sino porque no lo quiero.
Cada una de estas mujeres ha hecho sacrificios enormes para asegurar el éxito de sus relaciones.
Después de la devastadora decepción de Christian, seguida por años estando sola y cuidando de mi madre, por fin siento que mi lugar en el mundo es estable.
Ya he pasado por la incertidumbre de sentirme perdida, a la deriva y sola.
De estar atenazada por la culpa, la vergüenza y los «y si…
». Lo que quiero ahora es la estabilidad inamovible que yo misma me proporciono, en mis propios términos.
Una relación sacudiría mi paz.
No. Doy otro sorbo de prosecco. Soy feliz con mi vida tal como es. Soy feliz celebrando el matrimonio de Carla y Luca sin anhelar una boda propia.
—Me debes un baile. —Mi hermano me tiende la mano.
—¿Un chupito primero? —pregunto, inclinando la cabeza hacia el camarero con el que estaba charlando hace un momento.
Luca resopla.
—En el fondo sigues siendo una niña rebelde.
—Me atribuyo el mérito de cada cana que tienes en la cabeza.
Su mano vuela a la coronilla.
—No tengo canas.
Riendo, coloco la mano en la de Luca y dejo que mi hermano mayor me guíe hasta la pista de baile.
—Tanti auguri —susurro mis felicitaciones en italiano.
—Grazie mille —responde mientras empezamos a balancearnos al ritmo de la música.
—Esta es mi boda favorita de todas las bodas a las que he ido.
Los ojos de Luca vuelan hacia las parejas que bailan, y su mirada se detiene en su novia mientras ella baila con su padre.
Sobre la pista, una carpa equipada con ventiladores mantiene el calor a raya.
A nuestro alrededor, los viñedos se extienden durante kilómetros.
Frondosos cipreses italianos nos envuelven junto con miles de luces titilantes.
Largas mesas de cosecha, decoradas con candelabros y pequeños ramos de hortensias, salpican el perímetro de la pista de baile.
Luca asiente.
—Sì. Sí. Carla ha hecho un trabajo increíble organizándolo todo.
—Tiene un gusto exquisito.
Mi hermano se ríe.
—¿Eso ha sido un cumplido, B?
Le sonrío a Luca, medio en broma, medio en serio, cuando digo:
—Solo hoy, porque es tu boda y todo eso.
—Grazie.
Bailamos en silencio, disfrutando del momento. De la sencillez de estar juntos después de meses sin vernos.
—¿Seguro que no quieres volver a casa? —pregunta Luca.
Levanto la vista hacia él, intentando leer su expresión.
—¿Casa aquí? ¿O España? —Aunque pasé la mayor parte de mi infancia en Estados Unidos, Italia es mi lugar de nacimiento y España es donde mi hermano ha vivido casi toda su vida. De formas distintas, los tres países se sienten como casa.
—Cualquiera de las dos. ¿De verdad eres tan feliz en Nueva York?
—Sí. De verdad lo soy. Nueva York es mi casa ahora mismo. Viví allí mucho más tiempo que tú.
Suspira.
—Lo sé. Solo… me gustaría tenerte más cerca, eso es todo.
—Luca, ahora tienes una esposa. Pronto estarás formando tu propia familia. Tú…
—Siempre serás mi familia, B. Pase lo que pase. —Me corta, con los ojos oscuros ardiendo con una seriedad protectora y familiar a la vez. Mi hermano se ha pasado toda la vida cuidando de mí.
Y, ante la expresión que le cruza la cara, parte de la tensión en mis hombros se libera.
Mentiría si no admitiera que me alivia oírlo decir esas palabras.
Es la única familia que tengo. Y aunque adoro a Carla y nunca he sentido otra cosa que bienvenida y cariño por parte de su familia, sé que, lógicamente, las cosas van a cambiar. Tienen que cambiar.
—Lo sé —murmuro.
—Lo digo en serio, B. Esté donde esté, mi casa siempre será también la tuya.
Suspirando, aprieto la mano de Luca.
—La mía también. Pero, por ahora, soy feliz en Nueva York. Me encanta mi trabajo. Me gusta el desafío y el ritmo rápido de mi día a día.
Luca sonríe de medio lado.
—No puedo creer que hayáis fichado a Niko Karas para ser la cara de vuestra próxima campaña.
—¿Por qué?
Arquea las cejas.
—¿El dios griego de los goles?
—No es tan chulo como lo pintan los medios. Al menos, estuvo bastante tranquilo en la sesión de fotos.
—¿Ah, sí?
Asiento.
—Además, creo que Stuttgart lo va a poner un poco en su sitio.
Luca resopla.
—Bastante. No estoy seguro de que el chaval, acostumbrado a jugar para su ciudad, esté preparado para la presión que le espera en Alemania.
Niego con la cabeza, sin querer ofrecer más pensamientos sobre Niko. Lo último que necesito es que mi hermano piense que me gusta la estrella del fútbol cuando lo único que compartimos fue un fin de semana.
—¿Tienes ganas de la luna de miel?
—Muchísimas. —Luca busca a Carla por encima de mi cabeza—. Ojalá tuviéramos más tiempo antes de la pretemporada.
La canción llega a su fin y Carla aparece a mi lado.
Me aparto de mi hermano y me acerco a Carla para darle un beso rápido en la mejilla antes de que Luca la atraiga entre sus brazos.
Mientras Luca hace girar a Carla alejándola, uno de sus mejores amigos, Andrés Huntington, se desliza a mi lado. Me coge la mano en silencio y me saca a la pista de baile.
—A ti no te gusta bailar —le recuerdo, sonriéndole al futbolista medio español, medio australiano. Juega de portero en League Valencia y forma parte de un trío, junto con Luca y Alejandro García, desde que tengo uso de razón.
Además, siempre ha sido como otro hermano mayor para mí.
—De vez en cuando —admite Andrés, haciéndome girar antes de acercarme de nuevo. Coloca una mano en la parte baja de mi espalda y mantiene la otra entrelazada con la mía—. ¿Te alegra estar en casa?
—Claro. Siempre está bien venir de visita.
—Me alegro de que estés aquí. Hace siglos que no te veo.
—Lo sé. También hace tiempo que no hablamos como es debido. ¿Cómo van las cosas? —pregunto, reparando en la tensión de su mandíbula—. ¿Todo bien?
El dolor le arde en los ojos durante un instante antes de que parpadee. Luego desaparece.
—Todo bien. Lo de siempre, ya sabes. Fútbol, entrenamientos y vida normal.
—Sí, te entiendo. Yo también llevo últimamente rachas largas de trabajo.
Andrés agacha la cabeza, pero cuando vuelve a levantarla, sus ojos atraviesan los míos.
—¿Alguna vez te sientes…? —Su voz baja—. ¿Sola en la ciudad?
Frunzo las cejas al intentar descifrar el subtexto de su pregunta. ¿Me está preguntando si tengo amigos en Nueva York? ¿O si estoy buscando activamente una conexión romántica? Opto por la cautela.
—Tengo amigos allí, Andrés. Buenos amigos.
—Eso ya lo sé. Es solo que… ¿estás viendo a alguien?
Inclino la cabeza y vuelvo a sostenerle la mirada. Sus ojos, de un verde intenso, se oscurecen.
—No hay nadie serio, pero… salgo con gente.
—Claro —dice, con la voz tensa—. Por supuesto.
—¿Y tú? —pregunto, con la esperanza de aligerar la conversación—. ¿Estás viendo a alguien?
—Nah. No hay nadie ahora mismo —admite, evitando mi mirada y prefiriendo mirar por encima de mi hombro—. Nunca la hay —murmura.
Frunzo el ceño, intentando entender qué hay detrás de sus palabras.
Durante una temporada el año pasado, Andrés y yo estuvimos bastante unidos, hablábamos con mucha más frecuencia.
Pero luego las cosas se complicaron en el trabajo y con la diferencia horaria…
bueno, la vida pasó y nos fuimos alejando. Pero…
—Siempre estoy aquí para ti. Si hay algo de lo que quieras hablar o… ¡oh! —Me interrumpo cuando Andrés me tira del cuerpo hacia la derecha antes de inclinarme hacia atrás en un dip bajo.
Me devuelve a la vertical y me dedica una sonrisa juguetona. Una sonrisa familiar.
—Gracias, B. Pero estoy bien.
Le estudio la cara un momento más, pero su expresión es ilegible. Cuidadosamente protegida.
—Si tú lo dices —murmuro.
—Vamos. —Tira de mi mano—. Vamos a por una copa.
—¿Un chupito? —lo intento de nuevo, ya que Luca me lo ha negado.
Andrés resopla.
—Claro. ¿Tequila?
—Sabes cómo llegar a mi corazón. —Bato las pestañas.
Sonríe y me rodea el cuello con el brazo.
—Eso parece.
Me río y espero pacientemente a su lado mientras llama al camarero. Cuando nuestros chupitos quedan alineados, los levantamos, los chocamos y nos los bebemos de un trago.
Por un momento, recuerdo otro chupito de tequila. El que compartí con Niko Karas cuando levantó mi brazo hasta su cara y arrastró la lengua por la piel sensible de mi muñeca. Cuando espolvoreó sal sobre mi piel antes de probar el tequila directamente de mis labios. Me estremezco con el recuerdo.
—Eh, no te me flojees ahora, B. ¿Desde cuándo no aguantas el alcohol? —bromea Andrés, malinterpretando mi escalofrío como el efecto del tequila.
Niego con la cabeza.
—No estoy flojeando. Pide otra ronda.
Suelta una risa e indica que queremos otra ronda de chupitos.
Paso el resto de la noche bebiendo, riendo y bailando. Me pongo al día con Marlowe, hablo de fútbol americano con Avery y pongo en práctica mi oxidado español con la abuela de Carla. La energía es palpable, elevándose sobre los invitados reunidos como una ola. Alegría, esperanza y muchísimo amor.
Es una bendición presenciar una unión como la de Luca y Carla.
Es una bendición formar parte de su familia.
Mientras observo a los García reunidos —la abuela, los padres de Carla, Rubén y Paloma, Alejandro y Marlowe y su dulce hijo Antonio, Valentina y Avery y su preciosa hija Amelia, sus tíos, tías, primos y primas, incluidos los pilotos profesionales Rafa y Sebastián—, no puedo evitar preguntarme cómo sería casarse y entrar en una familia como la suya.
Durante años, hemos sido Luca y yo. Nosotros contra el mundo. Siempre solo nosotros.
Pero ahora, el mundo entero de Luca se ha abierto. Forma parte del círculo García, y es un círculo legendario al que pertenecer.
Una pequeña punzada me atraviesa el pecho al reparar en la importancia del momento. El mundo de Luca se expande para incluir amor y familia. Y el mío se despliega para dejar espacio a más trabajo, más esfuerzo, más… independencia.
No es bueno ni malo. Simplemente es así.
Y es una aceptación agridulce.
Esa noche, cuando entro en mi dormitorio del casale de Luca —la casa de campo que compró y restauró hace años—, dejo el bolso sobre el escritorio y saco el móvil.
Tengo una retahíla de mensajes y notificaciones de redes sociales en la pantalla, pero el nombre de Niko me hace detenerme.
Abro su mensaje.
Niko
Me prometiste una foto, Honeybee.
Poniendo los ojos en blanco, enciendo la luz, me coloco frente al espejo de cuerpo entero y saco una foto.
Bianca
¿Satisfecho?
Niko
Apenas. Pero estás preciosa.
Resoplo y dejo el móvil a un lado. Después me quito los zapatos con los pies, bajo la cremallera del vestido y me retiro el maquillaje de la cara.
Cuando llevo puesto un albornoz, las gafas y estoy lavándome los dientes, saco una foto en el espejo.
Bianca
La realidad real.
Niko
Igual de preciosa.
Bianca
tienes labia, Karas.
Niko
Sigue diciéndote eso, Honeybee.
Bianca
Las abejitas pican.
Niko
También dan miel.
Resoplo.
Bianca
Buenas noches, Niko. Ya que estamos en la misma zona horaria.
Niko
Eso me gusta.
Bianca
¿Ya estás instalado en Stuttgart?
Niko
En ello.
Bianca
Mándame tu dirección.
Niko
¿Para un regalo de inauguración?
Bianca
Algo así.
Niko
Hecho. Dulces sueños.