Fuera de Juego (Amor en Valencia 3) 5 Niko
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Bianca

Me sale agua por la nariz mientras me río y toso a la vez. Negando con la cabeza, me paso el dorso de la mano por la cara y hago zoom en la foto que me ha mandado Bianca.

Está en el avión, sin maquillaje, con el pelo enrollado en una de esas locuras de rizos sin calor que a Ellie le gusta usar. Bianca hace el signo de la paz, con los ojos cubiertos por un antifaz de seda, y pone morritos de pato.

Negando con la cabeza, tecleo una respuesta.

Niko

Justo lo que esperaba.

Bianca

De nada.

Además, quería decirte que me he tomado la píldora del día después antes de embarcar.

Niko

Manda más fotos.

Bianca

Si tienes suerte.

Niko

Y que sepas que no estoy preocupado, Bianca.

Buen viaje

Bianca

Tú también.

—Valeee, esa sonrisa la he visto —me vacila mi hermano Dimi—. ¿Quién es la mujer?

—¿Por qué das por hecho que es una mujer? —Levanto la vista mientras me meto el móvil en el bolsillo.

Dimi alza las manos en señal de rendición.

—O un tío. Lo que te vaya, Niko.

—He pasado un buen fin de semana en Nueva York. Eso es todo.

—Deberías haberme llevado contigo. Te lo habrías pasado todavía mejor.

Imágenes de Bianca con aquel tanga rojo me atraviesan la mente. Los sonidos que hizo cuando se corrió. La sensación de su piel bajo mis palmas.

La única parte preocupante del fin de semana fue que se rompiera el preservativo, pero que Bianca haya tomado una precaución extra con anticoncepción de emergencia me deja tranquilo.

—Ni de coña. —Niego con la cabeza—. No me lo habría pasado mejor, Dimi. Además, tienes diecinueve. Ni siquiera puedes entrar en los bares.

Mi hermano pequeño arquea una ceja con incredulidad.

—¡Claro que puedo! Tengo tu DNI antiguo.

Le revuelvo el pelo solo para fastidiarlo.

—Que no te pillen con eso. Dentro de poco ni siquiera podrás usarlo.

Resopla.

—Tú sigue soñando con hacerte famoso.

Le enseño el dedo corazón y él sonríe, marcándosele el hoyuelo en el lado izquierdo, igual que a Mama.

—Estoy planeando un viaje para ir a verte con Ellie —continúa Dimi—. Y en Europa, diecinueve sirve tanto como veintiuno.

—Eso es cierto. —Baba se mete en la conversación, despeinando a Dimi de la misma forma que he hecho yo.

Mi hermano intenta zafarse de nuestro padre justo cuando Baba le hace una llave cariñosa en la cabeza y lo sacude con afecto.

—¿Lo tienes todo listo para el aeropuerto? —Me mira.

—Tengo todo lo que necesito. —Doy una palmadita a la bolsa de deporte que descansa sobre mi maleta—. No hace falta que vengáis todos a despedirme.

—Claro que hace falta —dice Mama, entrando en el recibidor con paso decidido, los tacones repiqueteando contra el suelo—. Estamos muy orgullosos de ti, Niko.

—Has trabajado duro para esto. No desperdicies la oportunidad —añade Baba.

Dimi pone los ojos en blanco.

—No la va a cagar —sale mi hermano pequeño en mi defensa, como siempre ha hecho. Como siempre hemos hecho el uno por el otro.

Con nuestros padres trabajando largas jornadas durante toda nuestra infancia, el vínculo entre Dimi y yo, junto con nuestra hermana mayor, Alexandria, se forjó por necesidad. Y luego por amistad. Voy a echar de menos a este cabroncete, muchísimo más de lo que dejo ver.

—Vendrás a verme. —Lo miro fijamente.

—El mes que viene —promete.

—Deja que se instale primero —dice Baba—. Tiene que establecer su relación con sus compañeros y…

—Te verá el mes que viene. —Mama corta a Baba y me dedica una sonrisita. Se le hunde el hoyuelo, le brillan los ojos y me golpea de lleno cuánto voy a echar de menos a mi madre. A mi familia.

Mi ciudad y mis amigos y mi vida aquí.

Durante años he trabajado para alcanzar este objetivo final. Y ahora está aquí. Lo he conseguido, joder. Pero despedirme de la vida que di por sentada es más difícil de lo que imaginaba.

—¡Ay, gracias a Dios! Hemos llegado. —Alexandria irrumpe por la puerta principal con su marido, Greg, y sus hijos Ella, Ben y Caleb siguiéndola.

—¡Ya está toda la pandilla! —Greg se ríe. Le divierten muchísimo las movidas de nuestra familia, algo que siempre me hace gracia. Alex tiene suerte de que aguante esta mierda, y ya ni hablemos de que la abrace.

—Nosotros salimos ya. —Baba sale al exterior—. Vosotros seguidnos en vuestro coche. Vamos. Será mejor que nos marchemos para que Niko tenga tiempo suficiente en el aeropuerto.

—Pappou, ¿puedo ir en tu coche? —suplica Ella.

—Claro que puedes —responde Baba—. Dimi, tú ve con tu hermana.

Greg resopla.

Mama me busca y yo le rodeo los hombros con el brazo mientras ella me abraza con fuerza.

—Pórtate bien —susurra.

—Ven tú también a verme —murmuro.

Mama asiente.

—Primero Dimi.

—Vale —acepto, besándole la mejilla.

Después agarro el asa de mi maleta y sigo a mi baba fuera. Cargamos el coche, nos apretujamos dentro y, con Greg siguiéndonos, conducimos hasta el aeropuerto O’Hare. Y aunque no lo admitiré, sé que mi familia lo sabe: agradezco que vengan a despedirme.

Una vez he facturado y he pasado el control de seguridad, compro un café y me siento cerca de mi puerta de embarque. Luego inclino el móvil para hacerme un selfie, bizqueo, saco la lengua y saco la foto.

Niko

Dentro de diez horas estaremos en la misma zona horaria.

Bianca

Solo durante una semana.

Niko

Me sirve. ¿Qué tal tu vuelo?

Bianca

Horrible. He vomitado dos veces.

Niko

Noooo. ¿Te mareas volando?

Bianca

Turbulencias. ¡Ha sido movidito!

Niko

¿Ya te encuentras mejor?

Bianca

Totalmente. Estoy en casa, en la Toscana.

Me río con la foto que me manda. Está levantando una copa de vino, como brindando conmigo, y sonríe de oreja a oreja. Pero entre los dos dientes delanteros tiene un trozo de espinaca o rúcula tan enorme y evidente que me parto.

Niko

Elegancia italiana.

Bianca

Siempre. Que tengas un buen vuelo.

Antes de que pueda responder, el móvil vibra con una llamada entrante de FaceTime.

—¡Hola! —contesto la llamada de Ellie.

La cara de mi mejor amiga llena la pantalla.

—Joder, ¿ya estás en el aeropuerto?

—¿Has conocido a mi baba?

—Te ha hecho llegar cuatro horas antes, ¿verdad?

—Mama negoció con él y llegaron al acuerdo de tres.

Ellie suelta una risita.

—¿Cuánto queda para embarcar?

—Dos horas.

Niega con la cabeza y su pelo ondulado le roza los hombros.

—Siento no haber podido subir para despedirme.

—No lo sientas. Según mi hermano, os veré a los dos el mes que viene.

Arruga la nariz.

—Ese cabroncete. ¡Se suponía que era una sorpresa!

—Ya sabes que no deberías confiarle secretos a Dimi.

—Cierto.

—¿Cómo va todo por casa?

Ellie suspira y se muerde la comisura. Noto la preocupación en sus ojos y sé que no quiere dejar entrever lo mal que están las cosas en Dallas.

Los padres de Ellie son adictos y se han pasado toda su infancia entrando y saliendo de su vida.

Y de rehabilitación. Aunque ella tuvo la suerte de criarse con su abuela en Chicago, su hermana pequeña, Quinn, no la tuvo.

Ellie y Quinn tienen madres distintas y, como consecuencia, la madre de Quinn la movió por todo Estados Unidos durante años, hasta su muerte, cuando Ellie pudo intervenir y ayudar a sostener a su hermana mucho menor.

—Quinn lo está pasando mal —admite, frotándose el centro de la frente.

—¿Volviendo a escaparse?

—Ojalá. —Niega con la cabeza—. Todo irá bien. Lo tengo bajo control. Todavía es menor y yo sigo siendo su tutora.

Inclino la cabeza, estudiándola.

—Aunque cumple dieciocho pronto, ¿no?

—Dentro de seis meses. —Ellie suelta el aire y se aparta el pelo de la cara—. Pero va a visitar a sus primos la semana que Dimi y yo planeamos ir a verte, así que…

—¿Será un respiro?

—Necesito esas vacaciones.

—Anotado.

Ellie consigue sonreír.

—¿Estás emocionado?

—Claro. —Me recuesto en el asiento, intentando parecer más seguro, más despreocupado de lo que me siento.

—Esto es todo lo que siempre has querido. Todo por lo que has trabajado.

—Sí.

Ellie sonríe.

—Estoy jodidamente orgullosa de ti, Niko. Alemania va a adorarte.

—Más les vale —bromeo—. Si no, tendré que volver a ChiTown.

—Ni se te ocurra. —Ellie me señala con el dedo—. Tienes que aguantar y triunfar en Europa.

—Sin presión.

Pone los ojos en blanco.

—Se te da bien trabajar bajo presión. No renuncies a tu sueño por nada.

—No lo haré —digo, sabiendo que, aunque quisiera, no podría.

No cuando tanta gente —Mama, Baba, Dimi, Alex, nuestros abuelos, tíos y tías, por no mencionar a Ellie y mis amigos de la infancia, entrenadores y preparadores, joder, la ciudad de Chicago— ha invertido tanto en mi éxito.

Sé de sobra que no puedo desperdiciar esta oportunidad.

La oportunidad de toda una vida.

Y no tengo miedo de trabajar. De comprometerme. De ir con todo para asegurarme de que los sacrificios de mi familia hayan merecido la pena.

—Lo sé —murmura Ellie—. Vale, tengo que irme, pero quería desearte buen viaje. Llámame desde Stuttgart.

—Prometido. Pórtate bien, El.

—Siempre —responde, lanzándome un beso.

Entonces la llamada se corta y suelto una larga exhalación.

Ellie es una de las pocas amigas que me conoció, que me quiso, antes del fútbol.

Nos hicimos amigos el verano en que cumplimos seis años, con nuestros cumpleaños separados por solo dos días, y mi madre y su abuela organizaron una fiesta de cumpleaños conjunta en la calle.

Es como una hermana para mí, igual que Quinn.

No es la primera vez que me pregunto cuánto afectarán la distancia y el espacio a mis relaciones con la gente a la que quiero.

¿Encontraré amigos de verdad en Stuttgart? ¿Encajaré con mi equipo allí igual que encajé con mis compañeros en Chicago? ¿Las barreras del idioma resultarán ser una división mayor de lo que anticipo? ¿Les gustaré a los aficionados y me darán la oportunidad de demostrar lo que valgo?

Las incógnitas se ciernen sobre mí como una sombra. Es extraño porque, durante años, el futuro se sintió muy incierto. La portería nunca se movió. El objetivo final siempre fue jugar al fútbol profesional en Europa.

Ahora lo estoy haciendo y las incógnitas parecen más grandes que nunca.

El móvil vibra con un mensaje entrante y resoplo al ver la foto. Es una imagen de Bianca, inclinada sobre un plato lleno de espaguetis, sorbiendo un fideo entre sus labios carnosos.

Niko

¿Cargando hidratos para la pista de baile?

Bianca

¿Cómo lo has sabido?

Niko

Creo que tenemos más en común de lo que pensábamos.

Bianca

Ya veremos.

Cuando guardo el móvil, estoy sonriendo.

Y me gusta que Bianca DiBlanco, con sus ambiciones profesionales, su aire cañero y su sensualidad discreta, pueda enseñarme su lado juguetón.

Me gusta que, aunque compartimos un fin de semana en el que nuestra química se salió de las tablas, hayamos caído en este intercambio casual que se siente como una amistad.

Me gusta que me haga sonreír.