Fuera de Juego (Amor en Valencia 3) 4 Bianca
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4 Bianca

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Moverme sobre Niko Karas es casi una experiencia sagrada. Ver cómo el placer le baña la cara, notar el deseo que llena sus iris, presenciar el anhelo que se le derrama por la boca es, sencillamente, transformador.

—Joder, Bianca —maldice cuando apoyo las palmas a ambos lados de su rostro y lo cabalgo más deprisa. Tiene una mano en mi culo y la otra en mi pecho, pero sus ojos siguen clavados en los míos.

Gime mientras me muevo sobre él, pero entonces nos da la vuelta. Lo hace tan rápido y bien ejecutado, que no me doy cuenta hasta que estoy boca arriba y él se cierne sobre mí. Pero no rompe nuestra conexión.

No. Sus ojos siguen en los míos y nuestros cuerpos siguen fundidos.

—Dame una más —exige, doblándome la rodilla mientras se hunde en mí—. Una más y luego me toca a mí.

—Oh, joder —murmuro. Nunca he tenido a una pareja tan empeñada en que yo llegara al final —varias veces— antes de permitirse alcanzar el mismo destino. Y darme cuenta de ello, percibir esa consideración en este momento, basta para poner ese objetivo a mi alcance—. Estoy cerca, Niko.

—Bien, preciosa. Llega, cariño. —Vuelve a embestirme. Una vez. Y otra. Entonces mete la mano entre los dos, me pellizca el clítoris y veo estrellas.

Me deshago por completo cuando las olas de placer rompen sobre mí.

—Eso es —me alaba Niko—. Eso es, Bianca. Tómalo.

Cuando alcanzo la cima, aumenta el ritmo, llevándome al límite.

El sudor le perla la frente, los tendones del cuello se le tensan, pero sus ojos azules son profundos y expresivos, llenos de más emoción de la que creía posible.

Entonces ruge con un gemido gutural, con mi nombre en los labios.

Juro que casi me corro por tercera vez mientras veo cómo Niko Karas se desmorona.

—Bianca —grita cuando un instante de agonía seguido de un alivio hermoso y dulce le atraviesa la expresión.

Cae sobre mí, apartándome el pelo de los ojos, y presiona su boca contra la mía.

Su polla palpita dentro de mí y prácticamente lo siento en el estómago.

Me llena de una forma que nunca había experimentado y es casi como salir de mi propio cuerpo.

Mis dedos le rozan las mejillas hasta que tomo su precioso rostro entre las palmas y lo beso con dulzura.

Saboreo el momento porque sé que es fugaz.

De hecho, que lo sea resulta un alivio, porque dentro de mí empiezan a burbujear emociones que mantengo bajo llave.

Niko Karas es más de lo que esperaba, más de lo que puedo manejar.

Cuando se aparta, la ternura le barre la expresión. Me mira durante un latido completo antes de besarme con suavidad y rodar hacia un lado.

—Joder —jadea—. Eso ha sido… eso ha sido la hostia.

Suelto una risa.

—Lo ha sido.

Nos quedamos varios instantes en silencio, mientras el sonido de nuestras respiraciones agitadas se va calmando. Niko me coge la mano y pasa el pulgar por el dorso.

—Gracias, Bianca. De verdad. —La sinceridad de su voz me obliga a girar la cabeza.

Al encontrarme con sus ojos, bajo la barbilla.

—Gracias a ti, Karas.

Sonríe, pero hay un destello de tristeza en sus ojos.

Cuando parpadea, desaparece, y me pregunto si lo he conjurado con la imaginación para intentar darle más peso a este intercambio.

¿Tan necesitada estoy? Han pasado años desde que Christian y yo rompimos y, aun así…

algo en estar con Niko me recuerda a la seguridad, a la sensación de plenitud, que una vez sentí con el hombre al que convertí en todo mi mundo.

Pero esto no es nada. Es un fin de semana. Un momento en el tiempo.

—Voy a limpiarme —digo, girando las piernas hacia el borde de la cama.

Pero cuando me pongo de pie, un reguero me baja por la cara interna del muslo y miro hacia abajo mientras el horror me atraviesa.

El corazón me martillea, subiéndome hasta la garganta y obstruyéndola.

Mierda. Me tiemblan los dedos cuando paso la mano por el muslo para limpiar la humedad.

Está pegajosa en mi piel, estirándose entre mis dedos cuando los separo—. Niko. —Me giro de golpe.

Está sentado en la cama, con el pánico grabado en la cara mientras palpa frenético las manchas húmedas de mis sábanas. Tiene las cejas fruncidas sobre los ojos azules, como si estuviera confundido. En shock. Levanta la cabeza de golpe.

—Bianca. Joder. Lo siento muchísimo. El condón…

—Se ha roto.

—Sí —exhala.

—Joder —maldigo, y voy a pasarme la mano por la cara antes de recordar que tengo la piel cubierta de su corrida. Cierro el puño y trago saliva. ¡Piensa!—. Vale —digo, medio para mí—. Seguro que no pasa nada. Pasé la regla hace unos días, así que…

Niko me mira confundido.

—No debería haber problema —explico—. No estoy ovulando. Y tomaré la píldora del día después por si acaso.

El alivio le cruza la cara y es tan palpable que lo siento en la lengua como una gota amarga.

—Vale —dice—. Bien. Eso está bien. —Señala la puerta de mi dormitorio—. Puedo ir corriendo a la farmacia y comprar…

Niego con la cabeza.

—No pasa nada. Me encargo yo. —Camino hacia el baño.

Tengo las piernas temblorosas, como si las rodillas fueran a fallarme.

Cierro la puerta a mi espalda y apoyo la espalda contra ella, deslizándome hasta el suelo—.

Joder —murmuro al espacio vacío. Inhalo hondo varias veces y espero a que el ritmo de mi corazón se calme—.

No pasa nada. Estás bien. —Sé que lo estoy.

Acabo de tener la regla y mi ciclo es regular.

No hay motivo para preocuparme a menos que…

joder, ahora tengo que preguntarle a Niko por enfermedades de transmisión sexual.

Puaj. Cabreada conmigo misma por haber sido tan jodidamente imprudente, me levanto y abro la ducha, girando el grifo hasta que el agua sale ardiendo.

Luego me lavo a conciencia, intentando limpiarme de un error enorme.

¿En qué demonios estaba pensando? ¿Emborracharme y acostarme con un futbolista?

El nuevo embajador deportivo de URBN Move.

Un tío que se muda a otro país la semana que viene.

Un tío más joven. El dios griego de los goles probablemente tiene la cama llena de muescas. ¿No sigue viviendo con sus padres?

La mente me gira con todas las razones por las que no debería haberme permitido tener sexo con Niko Karas, pero… ¡argh! Ha estado tan, tan jodidamente bien. Ha sido espectacular. Y soy una mujer adulta. Ha sido consensuado. Los dos queríamos que pasara.

No estoy embarazada. Las probabilidades son bajísimas y, hasta el mes pasado, seguía tomando anticonceptivos.

Los dejé solo porque los cambios de humor eran una maldita locura y no estaba teniendo mucho sexo.

Seguramente las hormonas siguen en mi sistema.

Pero tomaré la píldora del día después como precaución.

No pasa nada. Todo está bien.

Cierro el agua, salgo de la ducha y me envuelvo en una toalla mullida. Inspiro hondo y paso la mano por el espejo empañado.

Al mirar mi reflejo, exhalo.

—No pasa nada. Esto no ha significado nada. No va a pasar nada —me digo.

Después me lavo los dientes, me hidrato la piel y me paso un peine por el pelo antes de recogerlo en un moño. Me pongo una bata de seda y abro la puerta del baño.

—¡Joder! —Me llevo la mano al pecho al retroceder medio paso.

Niko está apoyado con naturalidad contra el marco de la puerta. ¿Cuánto tiempo lleva ahí, esperando? ¿Diez segundos? ¿Diez minutos?

Doy otro pasito atrás.

—Hola —murmuro.

—Hola —susurra, buscándome la mano.

—¿Qué haces? —pregunto, intentando apartarme de su contacto—. Pensaba que ya no seguirías aquí.

Hace una mueca y ladea la cabeza. Su mirada se clava en la mía. Seria y… compasiva.

—Estoy intentando disculparme.

—¿Por qué?

—Por mi reacción. Yo… me asusté. Lo siento, Bianca. Pase lo que pase…

—No va a pasar nada. Estás bien. Estamos bien. No tienes ninguna ETS ni nada, ¿verdad?

—Dios, no —suelta, negando con la cabeza.

—Yo tampoco. Así que estamos… bien —termino torpemente, gesticulando entre los dos—. No hay nada que hablar.

Se muerde la comisura.

—¿Segura?

—Segurísima. —Cierro la conversación de golpe, odiando cómo su sinceridad remueve sentimientos que normalmente evito.

Me muestra su preocupación, su cuidado, igual que Christian lo hizo.

Una vez. Hace mucho tiempo. Hasta que… dejó de hacerlo.

Sacudo la cabeza, centrándome en Niko—. Solo son cuarenta y ocho horas, ¿recuerdas?

Él se inclina un poco, bajando hacia mí. Su mirada es intensa mientras busca algo en mi expresión.

—Karas —suspiro, negando con la cabeza.

Asiente, y sus ojos se endurecen ligeramente.

—Lo sé. Cuarenta y ocho horas.

Esa noche, Niko se queda dormido a mi lado.

Me acurruco contra él y me gusta cómo me rodea con el brazo, abrazándome más cerca incluso dormido.

Normalmente odio pasar la noche con hombres después de follar de forma casual, pero no quiero que Niko se vaya.

Todavía no. No cuando nuestro tiempo juntos es tan breve.

A la mañana siguiente, salimos a comer tortitas y tomar café caliente.

Intercambiamos historias de nuestra infancia.

Le hablo de los veranos que pasaba en la casa de campo de mi familia en la Toscana.

Él me cuenta sus veranos visitando a sus abuelos en la playa de Quíos.

Le hablo más de mis objetivos profesionales y él admite algunos de sus miedos sobre jugar al otro lado del charco. Nos reímos, compartimos y bromeamos.

Y cuando me lleva a la cama para una tarde lenta y perezosa, mis preocupaciones de la noche anterior quedan olvidadas.

En su lugar, me pierdo en el momento con Niko.

Entre besos calientes y manos que exploran, nuestra química es innegable y me recreo en ella.

Nos encontramos varias veces más antes de que lo bese para despedirme de él definitivamente.

—Buena suerte en Alemania —digo.

—¿Vendrás a alguno de mis partidos?

—Si tienes suerte.

Suelta una risa.

—Adiós, Bianca. Pórtate bien.

Resoplo.

Niko sonríe.

—Buen viaje, Niko.

—Tú también, Honeybee.

—¿Honeybee?

Me guiña un ojo de forma diabólica.

—Sabes a miel. Y he oído a más de una persona llamarte B.

—Puedes llamarme B. Todo el mundo lo hace.

—Yo no soy todo el mundo. —Levanta la mano con despreocupación antes de meterse en un taxi.

Me quedo esperando en la esquina donde me besó por primera vez hasta que las luces del taxi doblan una esquina.

Entonces exhalo, enderezo los hombros y regreso a mi apartamento.

Honeybee. Cuarenta y ocho horas y me ha puesto un puñetero mote.

¿Lo peor? Que a una parte de mí le gusta.

Para. Fue un fin de semana y ahora se ha acabado. Pasa página.

Es hora de hacer la maleta para mi viaje a Italia. Hora de prepararme para pasar una semana con mi familia, en mi lugar de nacimiento, rodeada de viñedos preciosos, comida deliciosa y parejas que están realmente enamoradas.

Aunque eso nunca vaya a pasarme a mí.