3 Niko
cEW
niko
—Este sitio está bastante guapo —admito, mirando alrededor de The Campbell. Es un bar lounge inspirado en los speakeasy, situado junto a Grand Central Station.
—En Valencia hay un sitio muy chulo que se inspiró en parte en este —comparte Bianca, con una expresión nostálgica cruzándole el rostro.
Doy un sorbo a mi prohibition punch.
—¿Echas de menos España?
—Sí. E Italia. Creo que como voy a ir pronto, lo tengo más presente. Estoy un poco nostálgica, eso es todo. —Niega con la cabeza y da un sorbo a su cóctel—. Así que… —Me mira—. ¿Tenéis algo en Chicago capaz de competir con esto?
Suelto una risita.
—Ay, Nueva York, Nueva York.
Bianca pone los ojos en blanco, pero no me corrige.
—Tenemos unos cuantos, pero creo que te gustaría The Gatsby. Necesitas contraseña para entrar y te transporta de lleno a los felices años veinte.
—Me gustan los sitios así. Donde sientes que has entrado en una realidad completamente distinta.
—¿Lees?
Se sonroja.
—¿Tan obvio es?
—¿Cuál es tu libro favorito?
—Los hermanos Karamázov.
Se me alzan las cejas.
—¿Del mismo tío que escribió Crimen y castigo?
Se echa hacia atrás, abriendo mucho los ojos.
—Fiódor Dostoyevski. ¿Lees?
—Me hieres los sentimientos mirándome con esa cara de sorpresa. —Hago un gesto hacia su expresión atónita.
Vuelve a sonrojarse y me doy cuenta de que esta versión de Bianca DiBlanco —suave, juguetona, sincera— me gusta tanto como la versión disciplinada y ambiciosa que conocí en la sesión de fotos.
—La mayoría de mis amigos prefieren las novelas románticas o las novelas de misterio a la literatura rusa.
—Los míos también —convengo—. Bueno, ciencia ficción y thrillers. Para ser sincero, hace siglos que no leo. Pero disfrutaba con los clásicos que nos mandaban en el instituto y la universidad.
—¿Qué estudiaste? —Da otro sorbo a su cóctel y se humedece los labios.
—Historia. Pero no me gradué. Lo dejé después de dos años para dedicarme al fútbol. ¿Y tú?
—Marketing.
—Ah, tiene sentido.
—Sí —acepta—. Aunque merchandising de moda también habría estado bien.
—No es demasiado tarde.
Niega con la cabeza.
—Me gusta donde estoy ahora. Es la primera vez que siento que de verdad lo estoy consiguiendo, que estoy haciendo mi vida por mi cuenta. Jamás sacrificaría este tipo de libertad e independencia poniendo mi vida patas arriba.
—¿Entonces nada de volver a estudiar?
—Para nada. Quiero mantener el rumbo, centrarme en construir la carrera que ya tengo y vivir en Nueva York.
—La mejor ciudad —la pico.
Me saca la lengua y yo sonrío.
—¿Ese es también tu plan? ¿Mantener el rumbo, centrarte en el fútbol y vivir en Alemania?
—Sin duda. —Asiento—. Desde que dejé la universidad, jugar en Europa ha sido mi objetivo. No voy a arriesgar eso por nada.
Una comprensión silenciosa pasa entre los dos. Ambos sabemos lo que queremos y adónde vamos. Este fin de semana será todo lo que exista entre nosotros, y hay algo agridulce en ello, una aceptación que me permite bajar la guardia con Bianca. Hablar con libertad. Simplemente estar con ella.
Los cócteles de la época de la prohibición dan paso al champán burbujeante. Bianca y yo recorremos Nueva York, entrando y saliendo de lounges elegantes y bares de mala muerte con encanto. Discotecas abarrotadas y pubs de barrio sin pretensiones.
—¡Estás de coña! —grita cuando la arrastro a una cola en un local de baile que solo puedo describir como un antro country completamente fuera de lugar.
Mientras pillo los pasos con naturalidad y me muevo con la multitud, a Bianca se le abre la boca.
—¡Vas en serio! —Hay acusación de sobra en su tono y no puedo evitar partirme de risa.
Me coge de la mano, tira de mí hasta la barra y pide dos chupitos de tequila.
—¿Dónde demonios aprendiste a bailar así?
Todavía riéndome, niego con la cabeza.
—Mi mejor amiga es de Texas. Me enseñó cuando éramos niños y es obligatorio cada vez que la visito en Dallas.
—¿Amiga? —aprieta Bianca.
—Ellie —respondo—. Pasó casi toda su infancia viviendo con su abuela, que era mi vecina. Ellie y su abuela vivían enfrente de mi casa y crecimos juntos.
—Ah —dice, y no consigo leer la expresión que le cruza la cara.
—Aquí tenéis. —El camarero deja los vasos de chupito sobre la barra.
—Gracias, tío. —Alargo la mano para acercar el reloj y pagar la cuenta.
Al girarme hacia Bianca, me detengo. Me está mirando, con los ojos llenos de emociones que no sé descifrar.
Pero hay una atracción entre nosotros. Un magnetismo que no había sentido antes.
Despacio, busco su mano. Deslizo el pulgar por el centro de su palma antes de cerrarle los dedos entre los míos y levantarle la mano hasta mi cara.
Con los ojos fijos en los de Bianca, bajo la cabeza y paso la lengua por su muñeca. Ella inhala de golpe y un pequeño escalofrío le baila sobre la piel. Contengo la sonrisa, encantado de afectarla tanto como lo odio porque… esto solo es una noche. Un fin de semana, como mucho.
Me aparto, cojo el salero y espolvoreo su muñeca. Ella observa el proceso con atención, pero no dice nada. Cuando levanta los ojos hacia los míos, tienen una expectativa, casi una esperanza, y algo me pellizca justo en el centro del pecho.
Me aclaro la garganta.
—¿Por qué brindamos?
—Por cuarenta y ocho horas en Nueva York —murmura, pasándome un vaso de chupito.
—Cuarenta y ocho horas —acepto, chocando mi vaso contra el suyo antes de tragarme el líquido de un golpe.
Después de eso, la noche se vuelve un borrón.
Bailamos, su espalda apretada contra mí, su culo frotándose contra mi cuerpo, y no puedo evitar deslizar las palmas por las curvas deliciosas de las caderas de Bianca.
Cuando le rodeo la cintura con un brazo, la mano se me posa sobre la extensión suave de su vientre y la atraigo aún más hacia mí.
Cuando se gira entre mis brazos y pega el pecho al mío, entrelaza las manos detrás de mi cabeza y las yemas de sus dedos me rozan la base del cuello.
Sus ojos son más oscuros que la medianoche. Su boca, un capullo de rosa perfecto. Pero es ese destello de esperanza en su mirada lo que me hace inclinar la cabeza y posar mi boca sobre la suya.
Beso a Bianca DiBlanco de madrugada, en una esquina del Lower East Side. Y desde el primer sabor, sé que no va a ser ni de lejos suficiente.
—Ven a casa conmigo —murmura contra mi boca.
Bianca da un paso atrás y entrelaza sus dedos con los míos. Caminamos deprisa hasta llegar a su edificio. Al colarnos dentro, la arrincono contra el ascensor. Se ríe cuando su espalda choca con la esquina del pequeño espacio.
—¿Qué planta? —pregunto casi jadeando.
—Cuatro.
Pulso el botón y me giro hacia ella. Sus dedos se enganchan en las trabillas de mis vaqueros y tira de mí hasta que la tengo completamente acorralada.
—Esto no significa nada —suspira contra mi cuello.
—Absolutamente nada —prometo.
—Solo es un fin de semana.
—Cuarenta y ocho horas.
El ascensor emite un sonido y las puertas se abren.
Nuestras miradas se sostienen y otra promesa pasa entre nosotros.
Un fin de semana. Sin ataduras. Solo esto.
Sujeto la puerta del ascensor mientras Bianca pasa delante de mí y abre la puerta de su apartamento.
Cuando cruza el umbral, me mira por encima del hombro y yo me quedo quieto, tragando saliva.
Sé que esto no significa nada. No puede.
Y, aun así, una parte de mí se queda descolocada por lo mucho que deseo saborear esta noche con ella.
Nada de prisas. Nada de rodar hacia un lado y largarme de vuelta al hotel cuando todo termine.
Sino estar de verdad presente en esto, sea lo que coño sea, con ella.
—¿Vienes? —Su voz es ronca. Expectante.
Entro a toda prisa en su apartamento y cierro la puerta de una patada a mi espalda.
Entonces, Bianca DiBlanco se me echa encima y todo es perfecto.
Tengo las manos en su pelo. Las suyas me agarran las caderas. Nuestras bocas se encuentran en un beso que vibra de promesas. La beso hondo, deslizando la lengua en su boca mientras ella arquea el cuello para darme más acceso.
Sus dedos desabrochan el botón de mis vaqueros. Yo tiro del bajo de su top corto y se lo saco del cuerpo. Ella me baja los vaqueros por las caderas mientras yo le desabrocho el sujetador.
Me aparto medio paso para contemplar lo innegablemente sexy que es Bianca. En topless, con los pechos altos y llenos, y esos pantalones negros anchos montados bajos en sus caderas, lleva una capa de confianza que me hace la boca agua.
—Quítate la camiseta —ordena.
Agarro la parte de atrás de mi camiseta, tiro de ella y me la saco, dejándola caer al suelo.
—Calzoncillos bóxer ajustados —comenta, mirando directamente mi polla, que ya marca a medias bajo la tela negra.
Sonrío de medio lado.
—Lo mejor de ambos mundos.
Ella resopla.
—Quítate los pantalones. —Alzo la barbilla en su dirección.
Bianca se muerde el labio inferior y casi gruño ante la imagen. Por mucho que quiera alargar la mano y quitarle yo mismo esos pantalones de las caderas, me contengo. Espero. Observo.
Tira del lazo para aflojar el cordón. Luego engancha los pulgares en la cinturilla y desliza la tela por sus curvas. Cuando un tanga de encaje rojo intenso es la única tela que le queda sobre el cuerpo, cierro la distancia entre nosotros.
—¿Te gusta el rojo? —murmuro, posando la palma en el centro de su espalda.
—Es mi color favorito.
—Un poco de peligro, un poco de pasión.
—Exacto.
Sonrío justo antes de volver a besarla. Duro y sin concesiones.
Ella me rodea el cuello con los brazos y salta a mis brazos. Le agarro el culo con la palma mientras la subo más contra mi cuerpo y empiezo a moverme por su apartamento.
—Izquierda —me guía.
Mis ojos recorren el espacio, pero no distingo mucho en la oscuridad. Solo que su piso es pequeño, ordenado y discreto. Pero cuando cruzo la puerta de su dormitorio, partes de su personalidad quedan a la vista.
La cómoda está llena de marcos de fotos. En una esquina del dormitorio hay una silla cubierta de ropa. Una alfombra tejida descansa a los pies de la cama.
—Estoy aquí —murmura, guiando mi cara de vuelta a la suya.
—Perdón —admito—. Estaba echándole un vistazo a tu piso.
—Eso puedes hacerlo después de echarme un vistazo a mí.
—Sí, señora.
Vuelvo a capturar sus labios y la tumbo sobre la cama.
Ella me busca y yo caigo sobre su cuerpo, profundizando el beso. La agarro por detrás de la rodilla y le subo la pierna, doblándosela mientras me coloco entre sus muslos.
Nuestro beso se vuelve urgente y noto cómo termino de ponerme duro. Arranco la boca de la suya y trazo un camino de besos por la columna de su cuello, entre sus pechos, antes de prenderme de un pezón rosado.
Bianca me agarra la nuca mientras se arquea contra mí. Le mordisqueo con suavidad la parte inferior del pecho mientras deslizo una mano entre los dos, apartándole el tanga de encaje a un lado para hundir los dedos dentro de ella.
El sonido de su excitación tiñe el aire cuando mis dedos se deslizan por su deseo.
—Joder —murmura, echando la cabeza hacia atrás—. Necesito esto, Karas.
—Voy a dártelo, preciosa —prometo, un poco descolocado por lo receptiva que está.
Le doy al otro pecho el mismo trato mientras la acaricio despacio, disfrutando de cómo se retuerce debajo de mí. Cuando me pongo de rodillas en el borde de la cama, tiro de ella hasta dejarla justo al filo. Se incorpora a medias y sus ojos vuelan hacia los míos.
—No tienes que…
—Túmbate. —La corto, enganchándole una pierna sobre el hombro. Deslizando las palmas bajo su culo, la levanto hacia mi boca hambrienta y paso la lengua por sus pliegues.
—Oh, Dios —grita. Pero se deja caer de nuevo contra el colchón y su cuerpo se relaja.
Me doy un festín con su dulzura, endureciéndome hasta que duele con cada jadeo delirante que cae de sus labios.
Cuando le meto dos dedos dentro y succiono su clítoris, suelta una maldición en voz alta y se aferra a mi pelo. Sonriendo contra su coño, soplo con suavidad sobre su clítoris.
—Sabes a miel, Bianca DiBlanco.
—No pares —ordena.
—Dime qué quieres.
—A ti, esto, más —gime.
Es una sensación embriagadora ser el hombre responsable de que una mujer como Bianca se deshaga.
—Vale, preciosa. Te tengo —prometo, dándole un mordisco suave en la cara interna del muslo.
Después continúo con mis atenciones, llevándola cada vez más arriba hasta que se rompe contra mi lengua y yo saboreo su dulce deseo.
—Oh, Dios. Niko —murmura mientras baja de su orgasmo—. Niko, por favor.
—Vuelve a decir mi nombre —exijo, disfrutando del sonido de mi nombre en sus labios después de hacer que se corra.
—Ven aquí y lo haré. —Me busca con las manos.
Riendo entre dientes, me muevo sobre su cuerpo.
—Niko. —Bianca me rodea las caderas con las piernas y, con destreza, nos gira hasta quedar montada sobre mí—. Ahora me toca a mí. —Entrelaza nuestras manos y las lleva por encima de mi cabeza.
Levanto la cabeza para meterme en la boca uno de sus deliciosos pechos. Paso la lengua por su pezón y la suelto con un chasquido audible.
—Estoy listo.
—Bien. —Suspira, con la voz ligera. Se inclina hacia su mesilla de noche y coge un preservativo. Me lo pone con pericia y yo mantengo la boca cerrada para no preguntarle para quién compra condones, porque no es asunto mío.
Además, podría comprarlos para ella misma. Y ahuyento el destello de irritación que me sube por la sangre ante ese pensamiento.
No importa. Es un fin de semana. Sin ataduras.
Bianca se baja sobre mí en el siguiente aliento y cualquier pensamiento que tuviera muere de golpe. Porque esta mujer, esta mujer preciosa, ingeniosa y complicada, empieza a moverse sobre mí y no puedo concentrarme en nada que no sea la perfección de este momento.