Fuera de Juego (Amor en Valencia 3) 2 Bianca
6%

2 Bianca

bianca

—¿Shake Shack? —Niko Karas resopla cuando entramos en la hamburguesería.

—Tienen las mejores patatas de la ciudad.

—De acuerdo. Pero no pensaba…

—¿Que la chica del glaseado de espresso elegiría una hamburguesería antes que un restaurante elegante? —Arqueo una ceja.

Karas echa la cabeza hacia atrás y se ríe.

Unas cuantas personas cercanas miran en nuestra dirección, pero nadie se queda embobado ni se acerca.

En Estados Unidos, el soccer no se venera como el fútbol en España.

Y Niko todavía está al principio de su carrera; aún no es un nombre curtido y conocido en todas las casas, como mi hermano o sus dos mejores amigos, Alejandro García y Andrés Huntington.

Cuando los curiosos vuelven a sus amigos o a sus menús, noto que los hombros se me relajan. Me gusta que nadie reconozca a Niko. Joder, me gusta que aquí, en Nueva York, nadie me reconozca a mí. Aquí no soy nadie, me mezclo con la multitud.

El anonimato me ofrece una sensación de paz que abrazo por completo.

—Tienes razón —dice, sonriendo—. Debería haberlo sabido.

—¿Te ha decepcionado? —lo pincho, intentando sacarlo de quicio, aunque no tengo muy claro por qué.

Ha estado fantástico durante la sesión de fotos.

La mezcla perfecta entre profesional y cercano.

Serio, pero participativo. Se movía con naturalidad frente a la cámara, dispuesto a probar cada pose que Lynette sugería sin dudarlo, entusiasmado por ponerse cada look que habían preparado para él sin hacer comentarios.

Y aun así, hay algo en él que me irrita.

Es seguro de sí mismo, pero ¿qué deportista profesional no lo es?

—En absoluto —responde, negando con la cabeza—. Una hamburguesa y patatas me valen cualquier día de la semana. Aunque me da curiosidad saber por qué has elegido esto en vez de pizza. Esperaba que me plantaras delante una de esas masas finísimas vuestras.

Me río antes de morderme el interior de la mejilla para contenerme. ¿Y por qué narices no deja de hacerme reír? ¿O incluso sonreír?

—Odio la masa gruesa —refunfuño, malhumorada.

—Me lo imaginaba. Nos toca pedir.

Nos acercamos al mostrador y Niko me mira, esperando a que hable primero. Suelto mi pedido, él hace lo mismo y luego acerca el reloj al datáfono para pagar la comida.

—Gracias —murmuro.

—Claro.

Nos apartamos para esperar el pedido e intento estudiarlo sin que resulte evidente.

Es más alto de lo que esperaba, casi tanto como mi hermano.

Tiene un cuerpo atlético y fibroso, el pelo oscuro y abundante y unos ojos azules que impresionan.

De hecho, casi parece más modelo que futbolista.

Pómulos marcados, mandíbula cincelada y una boca llena.

Aparto la mirada y me muerdo una cutícula sin darme cuenta.

Niko Karas es, de verdad, el dios griego de los goles. Y, por primera vez, me pregunto si se ganó el apodo por todo lo que marca fuera del campo en vez de dentro.

—Aquí está —dice, cogiendo una bandeja con cada mano.

Cruzamos el restaurante hasta deslizarnos en un reservado del fondo.

Desenvuelve su hamburguesa, le da un bocado y gime.

No puedo evitar sonreír. ¡Argh! Doy un sorbo a mi Coca-Cola.

—¿Tienes ganas de mudarte a Alemania?

—Muchísimas —responde, cogiendo una patata—. Mi objetivo siempre fue jugar al otro lado del charco y, sinceramente, teniendo en cuenta mi edad, empezaba a preguntarme si algún día lo conseguiría.

—¿Cuántos años tienes?

—¿No lo sabes? Pensaba que habrías hecho los deberes conmigo, Nueva York.

—Bianca —lo corrijo—. Y no investigué tan a fondo.

Sonríe.

—Veinticinco. ¿Tú?

Me echo hacia atrás.

—Nunca deberías preguntarle la edad a una mujer.

Pone los ojos en blanco.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintiocho.

—Y ya diriges sesiones de fotos. Bien por ti. Te he visto ir de un lado a otro todo el día y no tenía ni idea de que el branding pudiera ser tan intenso como un entrenamiento de fútbol.

Esta vez soy yo quien pone los ojos en blanco. Menudo adulador.

—Buena salida.

—No pretendía que lo fuera. Acepta el cumplido tal cual. —Le da otro bocado a la hamburguesa, imperturbable ante mi actitud.

Y me quedo quieta. Porque ¿qué coño estoy haciendo? ¿Por qué le estoy poniendo las cosas difíciles a este tío, a este hombre sincero, divertido y encantador? ¿Qué demonios me pasa?

Acepta el cumplido tal cual.

Y entonces me doy cuenta de que ese es el problema. Siempre estoy buscando la segunda intención. La maniobra escondida. El engaño.

Probablemente por eso estoy soltera —dolorosamente soltera— desde que Christian y yo rompimos cuando tenía veintidós años.

Por mucha caña que le diera a Luca antes de que dejara de hacer el idiota y se comprometiera de verdad con Carla, mi hermano mayor y yo tenemos más en común de lo que quiero admitir.

Con la ausencia de nuestros padres y relaciones que se torcieron, tendemos más a encerrarnos en nosotros mismos que a exponernos. Sobre todo yo. Sobre todo con los hombres y las citas.

Frente a mí, Niko devora su hamburguesa, completamente ajeno a mi momento de iluminación. No he tenido un novio de verdad en seis años. No he tenido una cita de verdad en cuatro meses. No he tenido sexo en seis semanas.

Y sentado al otro lado de la mesa tengo a un futbolista adorablemente engreído, nacido para el pecado, que se muda a otro país la semana que viene.

¿Por qué estoy tocándole las narices y poniéndome borde cuando podría abrazar lo que me está ofreciendo?

La oportunidad de pasar un fin de semana divertido en la ciudad con un hombre del que se rumorea que es un dios entre las sábanas.

Un hombre al que, con toda probabilidad, no volveré a ver fuera de obligaciones profesionales y contractuales.

Inhalo y pronuncio dos palabras que suelen costarme.

—Gracias.

Y, como si hubiera oído el cambio en mi tono, Niko levanta la vista.

—De nada. Cuéntame más de ti y de tu vida en Nueva York. Parece que la disfrutas.

—La disfruto —respondo con sinceridad, cogiendo mi hamburguesa—. Me mudé a Valencia para estar más cerca de mi hermano hace unos años. No mucho después de que muriera nuestra madre…

El dolor le cruza la expresión y me descoloca la profundidad de su compasión.

—Lo siento mucho, Bianca.

Inclino la cabeza en agradecimiento e intento explicarme.

—Estuvo enferma mucho tiempo. Después de que muriera, yo estaba fatal, así que me mudé a España y pasé más o menos un año allí.

Pero echaba de menos la ciudad. Echaba de menos sentir que tenía un propósito, una dirección.

Cuando URBN Move me ofreció unas prácticas, aproveché la oportunidad sin pensármelo. De eso hace un año y medio.

—Y ahora llevas el cotarro.

Suelto una risita.

—Ni de lejos. Pero siento que Chris me dio una oportunidad real de demostrar lo que valía.

—Chris es buen tío.

—Y buen jefe. Un gran mentor. Tengo suerte.

—Estoy seguro de que él piensa lo mismo.

Me sonrojo ante el elogio de Niko.

—Eso espero. Por ahora, me encanta mi trabajo, me encanta mi vida en Nueva York. Tengo muchos amigos de la infancia que siguen viviendo aquí, así que la vuelta ha sido fácil.

—Eso está bien. Por mucho que me emocione la oportunidad con el Stuttgart y lo agradecido que esté, me pone nervioso la transición.

—Niko juguetea con sus patatas. Cuando se encuentra con mis ojos, noto su sinceridad.

Me pregunto si siente lo mismo que yo. Como si un fin de semana sin ataduras permitiera una vulnerabilidad que no existiría si nuestros caminos fueran a cruzarse otra vez.

De una forma extraña, la limitación de nuestro tiempo juntos fomenta la libertad. Es emocionante… sorprendentemente.

—¿Te da miedo no hacer amigos? —bromeo con suavidad.

Esboza una sonrisa torcida, pero luego se le aplana la boca y suspira.

—Un poco. Me da miedo no encajar. Nunca he vivido tan lejos de mi familia.

—¿Toda tu familia está en Chicago?

—La mayor parte de la familia de mi madre. Los padres de mi padre viven en Grecia. Pero mis padres, mi hermano, mi hermana y su familia, y los padres y hermanos de mi madre con sus respectivas familias están todos en Chicago o cerca.

—Esto tiene vibras de Mi gran boda griega.

Niko suelta una carcajada.

—Mi familia podría ser la inspiración de esa película.

—Me habría encantado crecer cerca de mis primos y mis abuelos.

—Creo que lo consideraba inalterable. Vienen a mis partidos, tenemos cenas semanales en casa de mi yaya, pasamos todas las fiestas juntos… Va a ser diferente. Soy el primero que abandona el nido.

—Eso lo entiendo. Si tuviera a toda mi familia en un mismo sitio, me costaría mucho mudarme. Pero es por tu sueño…

—Sí. Y no es solo mi sueño. Toda mi familia ha invertido en mí, en esta oportunidad, desde que era un crío.

Asiento, recordando los sacrificios que hizo mi familia para que Luca pudiera jugar en los niveles más altos del fútbol competitivo.

—Mi padre y Luca volvieron a Italia hace años, mientras mi madre y yo nos quedábamos en Nueva York para que Luca pudiera entrar en una academia.

—No sabía que había jugado en Italia.

—No fue mucho tiempo. Nuestro padre murió poco después de que Luca se mudara a una academia en España…

—Joder, Bianca —dice Niko, con los ojos llenándose de pena. Por mí—. Qué putada. No tenía ni idea.

—Fue hace mucho tiempo.

—Eso no hace que duela menos.

Me remuevo en el asiento, incómoda con lo intensa, con lo real que se está volviendo esta conversación. Casi nunca hablo de mis padres y, en el espacio de diez minutos, se los he mencionado a ambos a Niko.

—Toda la familia hace sacrificios para que alguien pueda dedicarse a un deporte a nivel profesional.

—Sí —coincide, sosteniéndome la mirada—. Así que entiendes lo que está en juego.

—Vas a hacer que se sientan orgullosos, Karas. Stuttgart es un buen traspaso.

Sonríe, pero la sonrisa no le alcanza los ojos.

—Ya veremos.

Arrugo la servilleta que tengo en la mano y miro alrededor del restaurante abarrotado.

—¿Te apetece ir a tomar algo? Conozco un sitio cerca.

A Niko se le iluminan los ojos.

—Pensé que no me lo pedirías nunca, Nueva York.

Niego con la cabeza, levantándome del reservado.

—Es Bianca, Karas. Vamos a pasar un fin de semana juntos. No me pongas motes monos.

—¿O sea que hemos pasado de una noche a un fin de semana?

Le doy un empujón juguetón mientras vamos hacia la salida.

Él levanta las manos en señal de rendición.

—Solo quiero asegurarme de que entiendo lo que está pasando aquí.

—Sabes perfectamente lo que está pasando aquí.

Me coge la mano y entrelaza sus dedos con los míos. Doy un respingo hacia atrás, mirándolo sorprendida.

Él sonríe con naturalidad, como si aquello le resultara tan familiar como respirar, y se lleva el dorso de mi mano a la boca antes de depositar un beso sencillo sobre mi piel.

—Entonces te aviso, Nueva York. Voy a aprovecharlo al máximo.