Fuera de Juego (Amor en Valencia 3)
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1 Niko
niko
—Llegas tarde —murmura una morena explosiva cuando entro con paso tranquilo en el lugar de la sesión de fotos, una nave industrial reconvertida en estudio creativo.
Varias zonas del enorme espacio están ya preparadas con muebles —un sillón orejero, un sofá de cuero, taburetes de distintas alturas— y decoradas con atrezo. Los focos se agrupan en racimos y hay percheros con ropa deportiva a la vista, marcados con el tema de cada look: lifestyle, deportivo, lujo.
Aprieto los labios, disfrutando de la energía que impregna el lugar. La música suena de fondo, distintos equipos trabajan juntos, concentrados pero charlando con cordialidad, y un zumbido de actividad vibra por todo el set.
—Pero he traído dónuts —respondo, tendiéndole las cajas apiladas. Apenas me llega a la barbilla, pero el brillo de su mirada habla de una severidad que me da ganas de sonreír. Solo por divertirme, añado—: Hay uno con virutas de colores.
Entorna los ojos, aunque las comisuras se le curvan con un gesto juguetón.
—¿Tengo pinta de mujer a la que le gustan las virutas de colores?
Me tomo un segundo para considerar la pregunta, aunque ya sé la respuesta.
Ni de coña. Pero aprovecho para echarme un poco hacia atrás y estudiar a la belleza que tengo delante.
Lleva el pelo oscuro apartado de la cara, medio recogido con una pinza, medio cayéndole sobre los hombros. Unos auriculares le rodean el cuello.
Es menuda, aunque con curvas, y viste unos pantalones negros anchos que le cuelgan bajos en las caderas, un top corto gris y unas zapatillas de colores que parecen haber costado una fortuna.
Pero es su cara la que me deja clavado. Unos ojos oscuros, negros y peligrosos, me miran bajo unas cejas pobladas. Frunce la boca —teñida de rojo por el pintalabios— y arquea una ceja.
Me río entre dientes.
—No. —Niego con la cabeza—. Desde luego no tienes pinta de mujer a la que le gustan las virutas de colores.
Inclina la cabeza, satisfecha.
Pero soy incapaz de mantener la boca cerrada. Joder, nunca he sabido hacerlo. No cuando la oportunidad de pinchar y bromear está justo… aquí.
—Hay uno con glaseado de espresso o de caramelo salado. Mucho más de tu rollo.
Niega con la cabeza, aunque un brillo de diversión se enciende en sus ojos.
—Me quedo con el de espresso. —Equilibra las cajas apiladas sobre una palma mientras me tiende la otra mano—. Bianca DiBlanco. Junior brand manager. Hoy seré quien se encargue de ti.
Me muerdo la comisura al estrechar la mano de Bianca con la mía. Su piel está cálida; lleva las uñas cortas, cuidadas y pintadas de un morado oscuro. Aunque recuerdo su nombre de la cadena de correos que mi agente, Callie Gutierrez, envió para confirmar la sesión de hoy, no lo dejo que se note.
—Niko Karas.
—Encantada. —Se gira hacia una de las zonas preparadas.
Me pongo a caminar a su lado mientras me suelta información sobre la sesión de hoy.
—Tengo en mente streetwear mezclado con athleisure de lujo.
Queremos sacar fotos de lifestyle, fotos de acción y algunas con un punto más cañero.
—Se detiene para señalar un fondo negro salpicado de pintura y grafiti—.
Los looks de hoy son sobre todo negros, mate y con un aire más sombrío, pero voy a incorporar toques de neón.
Si en cualquier momento te sientes incómodo o tienes alguna pregunta, dilo.
—Me mira de reojo, como si estuviera evaluando si soy capaz de hacerlo.
—Sin problema.
—Genial. —Vuelve a colocarse los auriculares, que hasta ahora le colgaban del cuello—. Voy a presentarte al fotógrafo y al director creativo. Después te pasaremos por maquillaje y vestuario.
—Suena bien.
Bianca gira sobre sus talones y, mientras la sigo por aquel espacio inmenso, reparo en lo eficiente que es.
Sin esfuerzo, además. Los dónuts han acabado sobre una mesa donde también hay fruta, sándwiches de desayuno y café.
Están planchando con vapor los percheros de ropa, probando luces y ajustando el atrezo.
Aunque Bianca es meticulosa, con ojo para los detalles, da indicaciones con una calidez que deja ver lo unido que está su equipo.
—Tenemos que ver el logo con claridad —le murmura a alguien y, luego, a otra persona—: Estos cordones deberían ser morados.
—Niko, me alegro de que hayas podido venir —dice un hombre con voz jovial.
Me giro y reconozco a Chris Stevens, el director creativo de URBN Move y el hombre al que tengo que dar las gracias, además de a Callie, por ayudarme a conseguir este patrocinio.
El estilo de URBN Move, una mezcla entre ropa deportiva funcional y streetwear aspiracional, es una de las principales razones por las que quería colaborar con ellos.
Adoro sus mallas de compresión para entrenar, casi tanto como comprarme sus zapatillas, coloridas y a la última, en cada lanzamiento de temporada.
Le estrecho la mano con entusiasmo.
—Me alegro de verte, Chris.
—Igualmente —responde—. Cualquier cosa que necesites, avisa a Bianca.
—Ahí viene Lynette —dice Bianca, señalando a la legendaria fotógrafa Lynette Baker.
Lynette me arrastra a una conversación y, por el rabillo del ojo, veo cómo Bianca se mueve por el lugar con una determinación absoluta. Sabe lo que quiere conseguir hoy y está aquí para hacerlo realidad.
Una vez sentado en peluquería y maquillaje, hablando de cualquier cosa mientras la maquilladora me hace unos retoques ligeros, la energía de la nave cambia. Una mezcla de emoción y urgencia vibra en el ambiente, colándose por debajo de cada interacción.
Me visto con unos joggers negros, una camiseta negra sin mangas y recortada, más vanguardista que funcional, y unas zapatillas neón verdes y moradas que son una pasada. Lynette me coloca en una serie de poses y hago lo posible por parecer natural mientras las mantengo.
—Levanta la barbilla. Un poco hacia la izquierda —indica Lynette.
La cámara hace clic y, entonces, Bianca está delante de mí.
—Voy a mover esto para que veamos mejor el logo —explica, alargando la mano para ajustar la caída de la camiseta. Sus uñas rozan mi bíceps mientras recoloca la tela—. Ahí está.
Sus ojos se encuentran con los míos y consigo esbozar una sonrisa ladeada y tranquila.
Pero, por dentro, la sangre me arde. No recuerdo la última vez que una mujer a la que apenas conozco me afectó así.
Bianca no me mira con ojitos ni intenta impresionarme.
Solo está haciendo su trabajo. Con eficiencia.
Parpadea y da un paso atrás.
—Relaja la postura —me recuerda Lynette.
Hago lo que me dice, pero por dentro estoy descolocado. ¿Qué tiene Bianca para sacarme alterarme tanto?
—Tienes talento natural, Niko —grita Chris, y me río.
La cámara hace clic.
—La tengo —dice Lynette—. Podemos pasar a los retratos.
El espacio a mi alrededor cobra vida mientras desmontan el decorado y lo reorganizan. Una estilista se acerca a Bianca, que mira en mi dirección.
—Karas, para los retratos, ¿quieres que esto tenga un aire más de rendimiento deportivo o más lifestyle, algo que te pondrías de verdad para salir?
Inclino la cabeza, fijándome en la carpeta que lleva bajo el brazo. Es puro trabajo, y aun así sus ojos arden.
—Depende de con quién vaya a salir.
Aprieta los labios, como si intentara no reírse.
—Con tus amigos.
—Bueno, si saliera con mis amigos en Chicago, sin duda más lifestyle.
Me destrozarían vivo si pareciera que me estoy esforzando demasiado en destacar.
—Me acerco a ella y a la estilista, alargando la mano entre ambas para tocar un jersey ligero de punto diseñado con piezas de malla que le dan un aire deportivo—.
Pero si estuviera en Nueva York, solo durante un fin de semana, intentando impresionar a una mujer…
Bianca baja la cabeza. Cuando vuelve a alzar el rostro para mirarme, un leve rubor le sube a las mejillas.
—Vamos con Nueva York.
—De acuerdo —acepto.
—Opción tres —le dice Bianca a la estilista.
La estilista se acerca a otro perchero para rebuscar entre las perchas.
—¿Has estado alguna vez en Chicago? —le pregunto a Bianca.
—Unas cuantas veces.
—¿Y?
—No es Nueva York.
—No —convengo—. Es mejor.
Se le abre la boca mientras me mira, indignada.
—Ni de lejos.
—Es mi ciudad. El Chicago que yo podría enseñarte dejaría en ridículo cualquier rollo turístico de la Gran Manzana que pudieras contarme tú.
Bianca niega con la cabeza.
—¿Rollo turístico? Soy de aquí, Karas. Esta es mi ciudad.
La sorpresa me golpea detrás del esternón.
—¿En serio?
—Bueno, más o menos. Nací en Italia, pero mi familia se mudó a Nueva York cuando yo aún era un bebé.
—Igual que yo. Nací en Grecia, pero me mudé a Chicago cuando tenía dos meses.
—Ya. —Suelta el aire, con curiosidad en la mirada—. ¿Vuelves a Grecia a menudo?
Niego con la cabeza.
—Cuando era pequeño no. Mis padres trabajaban muchísimo y organizar el viaje era complicado. Aunque estos últimos años… intento ir en verano para visitar a mis abuelos y al resto de la familia. ¿Y tú?
—Me voy a Italia el martes.
—¿El martes?
—Mi hermano se casa y…
La comprensión me atraviesa como una descarga y me maldigo mentalmente por no haber hecho antes la conexión.
—Tu hermano es Luca DiBlanco.
—Sí.
—Y se casa con Carla García.
Vuelve a arquear esa ceja, burlona.
—No te imaginaba leyendo revistas del corazón.
Resoplo.
—Apenas cuenta como cotilleo si es verdad y si hablamos de la boda de la realeza del fútbol europeo.
Bianca se ríe.
—Su boda es lo único de lo que habla el mundo del fútbol estos días —continúo.
—Te mandaré una foto —dice, inexpresiva.
—Solo si sales tú.
Inhala, sorprendida por mi respuesta coqueta. Pero es difícil no coquetear con una mujer como ella. A primera vista parece distante, pero cuanto más observo sus interacciones, más me doy cuenta de que está en modo trabajo extremo.
¿Qué pasaría si lograra sacarla de esa mentalidad? ¿Si pasáramos del trabajo al juego cuando terminara la sesión?
—Kristal tiene listo tu siguiente conjunto —responde.
—Vale, Nueva York.
—Bianca —me corrige.
Pero yo ya voy de camino hacia la estilista.
El resto de la sesión pasa deprisa. Es un torbellino de cambios de ropa, sustituciones de fondos y poses estilizadas. Mantengo la distancia con Bianca, sin querer interferir en el ritmo de la producción.
Pero cuando termina y el equipo de URBN Move empieza a desmontar los sets, me quedo atrás.
Lleno un plato con sándwiches, fruta y un dónut —el de virutas de colores— y charlo con el técnico de iluminación y una becaria de URBN Move.
Aun así, mantengo un ojo puesto en Bianca y me doy cuenta de que va a ser la última empleada en marcharse.
Es una trabajadora incansable y eso me gusta. De hecho, es un valor que mi padre, Baba, que trabajó en dos o tres empleos durante toda mi vida, me inculcó desde pequeño.
No tengas miedo al trabajo duro. No te niegues a arremangarte y abrir la mente. No te contengas ante tu propio potencial.
—Ha estado genial charlar contigo, tío —digo, estrechándole la mano a Ray, el técnico de iluminación.
—Igualmente, Niko. Y gracias por firmar todo ese material para mis sobrinos.
—Cuando quieras —respondo, sincero. Todavía me pilla por sorpresa que alguien me pida un autógrafo.
Recuerdo exactamente cómo era ser un crío, mirar a mis ídolos con admiración y soñar con ir a un partido, llevar su camiseta y tener su firma.
A veces no puedo creer que ese sueño se haya convertido en mi realidad.
Y pronto, a partir de la semana que viene, viviré esa realidad en Europa, jugando para el Club Stuttgart en Alemania.
—Sigues aquí —dice Bianca cuando me giro.
—Te estaba esperando.
—¿Por qué?
Me encojo de hombros.
—He pensado que podrías enseñarme el verdadero Nueva York.
Bianca niega con la cabeza.
—Has pensado mal. Tengo planes.
—¿Ah, sí? —Inclino la cabeza, intentando leer su lenguaje corporal. Tiene los hombros orientados hacia mí y no ha cruzado los brazos sobre el pecho. Me sostiene la mirada y esa sonrisita juguetona le baila en las comisuras…
¿De verdad me está rechazando?
—¿Puedo apuntarme? —pregunto con descaro—. ¿O esos planes son una cita con otro?
Ante eso, se ríe.
—¿Quién ha dicho nada de una cita?
—Me gustaría llevarte a cenar, Bianca. A tu restaurante favorito de la ciudad. ¿Puedes hacerme un hueco en tus planes?
Frunce el ceño y no sé si la he ofendido o la he sorprendido de alguna forma.
—¿Por qué?
—¿Por qué? —repito, intentando no reírme. Cambio el peso de un pie al otro e inclino la cabeza, estudiándola. ¿De verdad no se da cuenta de lo intrigante que es?
Por lo visto, no.
Asiente, cruzándose de brazos. Mierda.
—Porque creo que eres una trabajadora incansable y que te apasiona tu carrera. Evidentemente, eres preciosa, pero eso ya lo sabes. Tu ética de trabajo me impresiona. Me gusta tu energía. Y quiero pasar mi último fin de semana en Estados Unidos con alguien interesante. Cena conmigo.
Vuelve a estudiarme. Me muerdo la lengua, sin querer interrumpir el proceso mental que esté intentando ordenar.
Por fin, suspira.
—Vale.
—Bien. ¿Cuál es tu restaurante favorito?
—Ya lo verás.