Fuera de contrato Capítulo 68
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Capítulo 68

Pitido final: El momento en el que todo termina y solo queda aceptar el resultado.

Amber

No podemos esperar que todo se resuelva por arte de magia. No existe una lámpara de Aladino que nos conceda tres deseos y, de repente, el mundo cambie. A veces, me gustaría que fuera así; que, con solo pedirlo, las cosas se alinearan como queremos.

Pero la verdad es que, aunque pueda soñar con eso, sé que lo único que puedo hacer es lo que está en mis manos.

El campo de fútbol, por ejemplo, es donde tengo el control.

Puedo correr, luchar por cada balón, dar lo mejor de mí para mi equipo y para nosotras.

Pero fuera de ahí, fuera del vestuario, fuera del juego, las diferencias siguen existiendo.

Las que nos dicen que no podemos, las que nos miran con prejuicio, las que nos ponen barreras, y esas no se pueden cambiar solo porque yo lo desee.

Lo que está en mis manos es hacer ruido, dar ejemplo, demostrar que somos fuertes, que merecemos estar aquí, pero nunca voy a tener el poder de cambiar el mundo de un día para otro.

No soy genio, ni mágica, pero soy jugadora y eso, aunque pequeño, es algo que puede dejar huella.

Con cada paso, con cada pase, estoy creando un camino que, tal vez, otras seguirán. Y eso también cuenta.

—He hablado con tu hermano esta mañana —comenta, arrancando el vehículo—. Me ha vuelto a advertir sobre lo nuestro.

La voz de Henry provoca que sea consciente de que estoy en su coche y que acabamos de subir mi maleta en su maletero.

Mi maleta, sí. Después de pasar unos días juntos, decidimos trasladar algunas de mis cosas a su casa.

Más que nada, porque es donde estoy pasando más tiempo, y porque su casa es mucho más grande.

—¿Y qué le has dicho?

Veo cómo mueve la comisura de sus labios, y luego desvía, durante unos segundos, la mirada hacia mí. No estoy preocupada por Asher, porque el otro día volví a presentarme en su casa. Le conté lo que había pasado con Henry y bueno… Aunque lo vi tragar saliva, se alegró por ambos.

—Que todo esto es culpa tuya.

—Culpa mía, ¿eh?

—Si no fueras la única mujer con la que quiero estar, no habría problema.

—Hay otro problema.

—De uno en uno, por favor. —Resopla y luego sonríe.

—Yo tampoco quiero estar con otra persona. De hecho, es que juraría que el que está conduciendo es mi novio —bromeo, y se escucha la risa de ambos.

Estos días han ido mucho mejor de lo que creía, y parece que mi cabeza empieza a entender que él no es responsable de las diferencias que existen en nuestro mundo laboral.

Al final, Henry también juega bajo las mismas reglas, aunque sus logros suenen diferentes a los míos.

Pero eso, por muy injusto que sea, no lo puedo cambiar.

Solo puedo seguir luchando para que un día, él y yo, jugador y jugadora, estemos en un mundo donde, al menos en el fútbol, no haya tanta distancia entre nuestros pasos.

Sin embargo, de vez en cuando, todavía sigo picándole y reclamándole algunas cosas. Me gusta verle cómo desvía la comisura de su labio hacia un lado, o ese tono que utiliza para decirme que estoy equivocada. Y tanto, que lo estaba —nunca se lo voy a reconocer.

—Esto no significa que vayamos a vivir juntos.

—No lo vamos a hacer —resume lo que acabo de decir.

—¿Estás poniendo en duda mis palabras?

—Nunca se me ocurriría eso.

—Henry.

—Prescott, ¿estás intentando negar que te quieres ir a vivir conmigo?

Y, antes de lo que quieras decir: sí, tienes un piso maravilloso, que te puedes permitir perfectamente.

—Sonrío, porque en parte sí que iba a utilizar mi piso como respuesta—.

Vamos a ir a nuestro ritmo, Amber. —Me mira unos segundos—.

Si quieres venirte mañana a vivir, te vienes.

Que quieres hacerlo dentro de tres meses, perfecto.

Dentro de tres años, ahí ya hablaríamos.

—¿Qué pasa dentro de tres años?

—Que ahí ya te lo habré pedido más de quinientas veces. —Sonríe de manera pícara—. Me sorprende que me hayas preguntado por eso, y no algo como, «¿Estás diciendo que vamos a durar tanto?».

Me hace gracia que sepa leerme tan fácil.

Aunque, en esta ocasión, no hubiera hecho esa pregunta.

Más que nada, porque tres años a su lado, no me parece tanto, sino poco.

No sé si, en esos tres años, seré capaz de haber eliminado todas las barreras mentales que tengo; si me acostumbraré a despertarme en su cama o si volveremos a hacerlo en ese borde de la ducha…

Un momento. ¿Por qué estoy pensando en todas esas situaciones?

Dios, Henry, ¿en qué me estás convirtiendo?

Cuando me doy cuenta, está aparcando su coche dentro de su garaje.

Antes de bajarse, me da una palmada en la pierna y yo le sonrío.

—Quizás sea la hora de quitarle la llave a Mark —dice, cerrando el maletero.

Salgo del vehículo para coger la maleta y ambos entramos en su casa.

—Me va a odiar, por eso.

—Lo dudo. De todas formas, lo hablaré con él, ¿vale? —Asiento.

Mientras Henry camina por la casa, me quedo de pie, con la maleta en la mano, mirando todo con perspectiva. Hay algo en la manera en que se mueve, tan natural, tan segura, que me hace sentir tranquila, como si este fuera el único lugar en el mundo donde puedo soltar todo.

Lo observo mientras pasa junto al sofá, ajusta un cojín, sin siquiera darse cuenta, y sigue hacia la cocina, probablemente buscando algo que hacer, mientras yo me quedo inmóvil, atrapada en mis pensamientos.

Es en estos pequeños gestos, los que seguramente ni siquiera nota, donde veo todo lo que me gusta de él. La forma en que este lugar ya no se siente ajeno, sino como algo compartido, algo nuestro, me hace pensar en cuánto hemos avanzado sin darnos cuenta.

Es sencillo, sí, pero esa sencillez es lo que más me conmueve.

Y, en este instante, lo entiendo.

«Sí, esto es justo lo que quiero».

Epílogo

Dos años después

Henry

La casa está en completo silencio, excepto por el débil sonido de los cubiertos que coloco sobre la mesa. El sol de la tarde entra por las ventanas, iluminando los marcos de fotos que hemos ido llenando con recuerdos de estos últimos dos años.

Termino de preparar la mesa para la cena, pero mi cabeza está en otro lugar. En ella. En lo que acaba de pasar.

Amber está en el estudio, hablando por teléfono, aunque no necesito escuchar la conversación para saber de qué se trata.

Es imposible olvidar su expresión cuando recibió el correo esta mañana.

El brillo en sus ojos y el temblor en sus manos, mientras me lo mostraba.

Me dijo que no quería adelantarse, que todavía no era oficial, pero sé que ese gesto de pura emoción no se lo habría provocado algo insignificante.

El Premio al Talento Deportivo no es cualquier cosa.

Es un reconocimiento que no solo celebra a quienes brillan en el campo, sino también a quienes lo hacen fuera de él.

Amber no solo ha marcado goles y asistencias, sino que ha cambiado vidas.

Su trabajo con jóvenes deportistas, su forma de utilizar su posición para inspirar a otras mujeres y su manera de enfrentarse a la prensa sin perder la autenticidad…

Todo eso es lo que la hace tan especial.

Y, aunque nunca lo diga en voz alta, sé que algo así significa el mundo para ella.

Mientras espero a que termine la llamada, me dejo caer en el sofá, apoyando la cabeza contra el respaldo. Me cuesta creer que hayan pasado dos años desde que decidimos dejar atrás los rumores y vivir nuestra historia como queríamos.

Al principio, fue complicado: la prensa, los comentarios y las dudas.

Pero aquí estamos.

Más fuertes de lo que jamás pensé que seríamos.

Escucho la puerta del estudio abrirse y luego el sonido de sus zapatillas de ir por casa bajando las escaleras.

Amber entra al salón con el teléfono todavía en la mano, aunque su expresión me dice que la llamada ya ha acabado. Tiene los ojos brillantes y, aunque intenta mantener una apariencia tranquila, no puede ocultar la emoción que brota de cada poro de su cuerpo.

—¿Y bien? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—Es oficial —responde, y su voz tiembla un poco—. Me van a dar el premio.

No puedo evitar sonreír, mientras me levanto y cruzo el comedor para abrazarla. La envuelvo entre mis brazos, sosteniéndola como si pudiera transmitirle todo el orgullo que siento.

—Te lo mereces, Prescott. Cada maldito segundo de esto, lo has trabajado y ganado.

Ella se ríe, aunque siento que su respiración se acelera, como si todavía estuviera procesando la noticia.

—Es que… No sé, Henry. Es demasiado.

—No, no lo es. Es justo lo que te mereces.

Amber me mira y, durante un segundo, parece dudar, pero luego suelta una risa suave y se recuesta contra mi pecho.

—Gracias por aguantarme durante todo este tiempo. —Su voz es baja, casi un susurro.

—¿Aguantarte? —Me río, fingiendo incredulidad—. Amber, soy yo quien tiene que agradecerte. Tú eres la razón por la que todo tiene sentido.

Se queda en silencio por un momento y cuando alza la vista, sus ojos están llenos de algo que no necesita palabras.

—Tengo que dar un discurso —dice finalmente, con una mueca—. ¿Puedes creerlo? Un discurso delante de toda esa gente.

—Bueno, siempre puedes improvisar. ¿No es lo que haces mejor?

Suelta una carcajada y el sonido llena toda la casa. Es en estos momentos cuando me doy cuenta de lo afortunado que soy y de lo mucho que ha cambiado mi vida desde que ella llegó.

—No voy a improvisar, Henry. Este premio no es solo mío. Es de todas las personas que me han apoyado, que han creído en mí… —Hace una pausa y me mira con una intensidad que me deja sin aliento—. Incluido tú.

Intento responder, pero se pone de puntillas y me besa, impidiéndolo. Es un gesto suave, pero lleno de significado.

Cuando nos separamos, Amber se sienta en el sofá y hace un movimiento para que me una a ella.

—¿Qué te parece si me ayudas con el discurso?

—¿Yo? —pregunto, arqueando una ceja—. No soy precisamente el mejor para esas cosas.