Capítulo 66
La táctica sorpresa: El movimiento inesperado que descoloca al rival y cambia el juego.
Henry
Apago el motor y suelto un suspiro, dejando que el silencio del vehículo me envuelva un momento.
El partido de hoy ha sido increíble y el gesto con las camisetas… Bueno, realmente espero que haya significado algo para ellas.
Bajo del coche y cierro la puerta con suavidad, mirando hacia la entrada de la casa, y ahí está. Amber.
Se apoya en la puerta, con una sonrisa que ilumina toda la noche. Está preciosa. Su cabello cae con libertad sobre los hombros y su mirada me sostiene con una intensidad que me deja sin palabras.
Me acerco, sintiendo cómo el pulso me late más fuerte a cada paso, y trato de decir algo; cualquier cosa que no suene estúpida, ahora que la tengo aquí, frente a mí.
—Amber, yo…
Antes de que pueda terminar, ella da un paso hacia mí y, sin previo aviso, sus labios encuentran los míos en un beso que me toma por completo. Siento la suavidad de su boca y cierro los ojos, dejándome llevar. La bolsa de deporte se me cae de la mano, mientras la rodeo con mis brazos.
He pensado mucho en cómo sería volvernos a encontrar, en cómo reaccionaría al verme con su nombre o si vería el partido. Porque, conociéndola, podría haberse negado. No obstante, de todas las veces que he recreado las diferentes escenas, todas se han quedado cortas.
—¿Entramos? —pregunto, elevando mi ceja izquierda.
Amber sonríe y siento que no puedo ser más feliz. Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro; tenerla de nuevo a centímetros es como recibir una descarga eléctrica que solo se calma en un lugar.
Cojo la bolsa de deporte y abro la puerta, cediéndole el paso. No pierdo la oportunidad de memorizar el short marrón de seda, con el lazo en la cintura, y el top corto, palabra de honor blanco.
Una vez dentro, dejo en el suelo la bolsa y veo cómo Amber se queda de pie, quieta.
En un primer momento, tengo miedo de que se arrepienta de lo que acabamos de hacer. Al fin y al cabo, le he dejado su tiempo y su espacio, y desconozco lo que siente o piensa.
—Gracias por lo de hoy —dice con voz dulce—. Habéis ganado y todo. —Me pongo enfrente de ella, pero dejando distancia—. Y gracias por dejarme estos días.
—Por cosas así, no se dan las gracias.
No es un momento incómodo. Más bien, creo que estamos evaluando la situación. Tratamos de hacerlo bien, de ser precavidos.
—¿Puedo…? —le pregunto, elevando mi mano, para intentar acariciarle el rostro. Ella asiente—. ¿Estás ya mejor después de…?
—Sí. —Cierra los ojos.
—¿Has pensado…?
«En nosotros».
—Sí.
Trago saliva, porque no sé cómo sacar la conversación.
—¿Qué prefieres? ¿Repetir lo que ha pasado en la puerta, o sentarnos en el sofá y hablar?
—Vamos a tener que hablar, Henry —lo entiendo—, pero, antes, prefiero que me beses.
Una sonrisa enorme se dibuja en mi rostro.
Mis manos pasan a su cadera y, con un movimiento fuerte, pero delicado, elevo su cuerpo, poniéndolo a horcajadas.
—Veo que me has echado de menos. —Acerca su boca a la mía y luego lleva sus ojos hacia abajo.
Suelto una pequeña carcajada, sin darme cuenta. Sin embargo, no puedo negar lo que es evidente, y es que mi pene la ha echado de menos.
—Espero que no sea lo único.
—Dentro de minutos vas a ver que no.
Mi autocontrol llega a su límite y la beso. En esta ocasión, es un beso más de anhelo. Más para expresar cuánto nos hemos echado de menos.
Sin embargo, ella cambia el ritmo, pidiendo más. Y a mí eso me encanta.
Camino con ella a horcajadas hasta el sofá. A pesar de que mi casa sea grande, y me la conozca de memoria, durante unos segundos, tengo que despegar mi boca de la de Amber, para evitar caerme.
Apoyo su cuerpo en el sofá y me pongo encima de ella.
Siento la presión de sus piernas en mi lumbago.
No quiere que exista una mínima distancia entre ambos.
Y, la verdad, es que yo tampoco. Froto mi entrepierna contra su cuerpo, sabiendo que su ropa fina y mi chándal juegan a mi favor.
Amber gime y rodea con sus manos mi nuca, atrayendo mi rostro hacia el de ella.
Sé que quiere que la vuelva a besar, pero, esta vez, decido besar su cuello.
Mi lengua se desvía por su piel hasta llegar a su clavícula.
Al mismo tiempo, llevo mi mano por dentro del top.
—Podría… —dice, inclinando su espalda y haciendo que ambos cuerpos se toquen más. Hace un simple gesto y enseguida veo su mano en el sujetador—. Ya está.
Mis dedos se cuelan, de nuevo, por su top, notando la calidez de su piel.
—¿Vas a gritar mi nombre esta vez? —le pregunto a mitad del beso.
—Quítate la ropa y lo vemos.
Acato sus órdenes y me pongo de pie.
Me deshago de la camiseta, lanzándola por ahí, y luego me quito el chándal.
—¿Así o quieres más?
Amber lleva su mirada hasta el bulto de mi entrepierna, que es más que notorio.
—Quítatelos.
Obedezco.
Amber clava sus rodillas en el sofá y, con un gesto, me pide que me acerque.
Cuando estoy delante de ella, empieza a besar mi cuerpo.
Con una mano, coge mi pene y lo mueve de arriba a abajo.
Cuando llega a la zona de mi cintura, mueve sus piernas para sentarse, quedando mi pene a la altura de su rostro.
No quiero ni imaginarme su boca alrededor de mi polla, porque, de solo pensarlo, se me pone aún más dura.
Sin más dilación, la coge con la mano y se la lleva a la boca. Siento el movimiento que ejerce alrededor del glande. Gimo como si nunca hubiera experimentado esta sensación. Es como si con ella el nivel de placer siempre fuera a más.
Justo entonces para.
Abro los ojos y la veo sonreír. Esto no pinta bien, y es cuando comprendo que ha querido jugar conmigo, como cuando le realizaba los lentos movimientos de la primera vez. Esos que la torturaban de placer.
—Voy a por los condones. —La cojo de la mandíbula y la beso.
—¿Tienes que subir?
—Por mucho que te extrañe, sí. Los tengo siempre en el baño.
Y, después de aclarar eso, me tapo la entrepierna —sé que es un gesto ridículo, porque, joder, me la acaba de chupar—, pero no voy a correr por toda la casa desnudo.
—Disfruta de las vistas —le digo, mientras me doy un cachete en el culo.
Ella se ríe y yo empiezo a andar con rapidez hasta las escaleras, para luego subir al primer piso e ir al servicio. Una vez dentro, tomo la caja de preservativos y bajo al comedor.
Esperaba verla sentada en el sofá, todavía. Sin embargo, tras bajar las escaleras, me la encuentro de frente y solo lleva un tanga negro. Mi mente empieza a barajar las opciones de quitárselo, pero mis manos son más rápidas y se deslizan por su pecho.
Tiene un cuerpo tan perfecto, que es imposible no admirar cada curva, peca o estría.
La mano de Amber golpea contra mi pecho, para luego coger mi mano y llevarla hasta su vagina. Cuando mis dedos se deslizan por su ropa interior, noto lo húmeda que está.
Sé que no quiere aguantar más y yo tampoco, así que saco la mano y, con un solo gesto, elevo su cuerpo a horcajadas. La llevo de nuevo hasta el sofá, y aprovecho que ella se quita el tanga para ponerme el preservativo.
Después de dejar el envoltorio en la mesa, me giro y Amber se incorpora para besarme. Dejamos que nuestros cuerpos se amolden, conforme nuestros labios siguen jugando.
—Quiero correrme ya —susurra frenando el beso.
—Dudo que vayas a tardar.
Ella sonríe, mientras me golpea de manera suave la mejilla, haciendo que mi rostro se desplace hacia la derecha.
Acerco lo suficiente mi cadera para que mi pene entre con más facilidad y enseguida noto la presión de sus paredes. Desvío mi mano izquierda hacia su boca, dejando que su lengua y sus dientes jueguen con mi dedo. El nivel de excitación que tengo ahora mismo es imposible de soportar.
Mi boca suelta un gruñido incontrolable, mientras muevo mis caderas. Empujo, con alguna fuerza excesiva, fruto de las ganas incontrolables que tengo. El gemido de Amber no me lo pone fácil para controlar mi fuerza.
—Sigue, Henry. —Vuelvo a oír un pequeño gimoteo.
Continúo moviéndome de esa manera, intentando que note el mayor placer posible, pero, por desgracia, y como me conozco, sé que esto no va a durar mucho.
Observo cómo pone los ojos en blanco y cómo sus piernas presionan mi cuerpo.
No reduzco el ritmo de mis movimientos porque sé que está a punto.
La oigo gemir con fuerza y luego me mira con ojos brillantes, como si estuviera deseando más. Modifico mi postura. Sobre todo, el apoyo de mis manos para seguir y no cansarme.
Amber rodea las manos en mi cuello, para acercar mi rostro. Quedamos tan cerca, el uno del otro, que sus labios acarician mi oreja.
—Me pones demasiado, Henry —susurra.
Esa voz. Ese tono. Esa manera de presionar mi cuerpo contra el suyo.
—Te gusta, ¿eh?
Ni siquiera lo hago en tono de pregunta, porque lo sé. Porque, joder, se acaba de correr y todavía sigue gimiendo del placer que siente.
Veo cómo sus tetas suben y bajan por nuestros movimientos, y esa cara de… querer absolutamente todo. ¿Es posible eso? La verdad es que no sé si lo que estoy diciendo tiene sentido.
Cuando noto la presión en mi polla, sé que estoy a punto de estallar. Ese sentimiento de liberación, pero de seguir queriendo más, llega cuando ambos nos mantenemos la mirada. Un gemido se escapa de mi boca y Amber me besa enseguida.
Después, recuesto la cabeza sobre su pecho, y es inevitable que mis labios jueguen con su pezón.
—Henry.
—¿Mmm? —logro articular.
—Si quieres continuar, me parece perfecto. Además, creo que mi pezón en tu boca es la solución para que alguno de los dos esté callado —noto cómo se ríe—, pero primero hay que hacer pipí.
—¿Pipí? —Elevo la cara para mirarla—. ¿Qué edad tenemos para decirlo así?
—¿Perdón? La palabra pipí me parece increíble.
—Increíble, eres tú —suelto y ella se ríe.
—Ves cómo era mejor que tuvieras mi pezón en la boca.
Sonrío, mientras me aparto de su cuerpo, dejándole el suficiente espacio para ir al servicio.
Conforme se levanta, en vez de coger su ropa, toma mi camiseta y se la pone. Es lo suficientemente larga para taparle hasta la parte inferior de su culo. Eso sí, si eleva un poco la mano, hola, cachete.
Me quedo ahí, viéndola desaparecer por el pasillo con mi camiseta puesta, y por fin lo entiendo: Amber Prescott no es un contrato. Es mi puta vida.