Capítulo 65
Diagonal: Cambiar de dirección de manera inesperada.
Amber
—¡No vais a llegar, chicas! —grita Alison desde el comedor.
Mi cabeza le ha dado muchas vueltas a la idea de ir, para ver el primer partido de pretemporada oficial de los Galácticos, pero, como habían planeado quedar en casa de Sam todo el equipo, no iba a ser la única que no estuviera.
—Deberías de comprar esas verdes —afirma Alex, mientras coge el bol con las zanahorias que hemos cortado a trocitos—. ¿Cuáles prefieres tú?
Supongo que ahora tengo que dar una respuesta clara, como: las verdes o las azules, porque básicamente son las dos botas de fútbol que nos ha enseñado Sam. Pero sigo intentando procesar que voy a ver a Henry por televisión. El mismo con el que llevo días sin hablar, por mi culpa.
Me hubiera gustado responderle, en serio.
Pero, a veces, la presión externa es tan intensa que necesitamos coger distancia para aclarar nuestras ideas.
Puedo afirmar que, en esta situación, me he priorizado.
No es que Henry no sepa nada de mí. De hecho, me escribió casi todos los días y, al final, lo respondí con un «Estoy bien. Necesito tiempo».
—¡Chicas! —vuelve a gritar Alison, provocando que mi respuesta por lo de las botas ya sea innecesaria.
—Será mejor que vayamos para allá —afirma Sam, mirándome—. ¿Seguro que estás bien?
Abro la boca para responder. Juro que estoy a punto de hacerlo, cuando Mia es la que interrumpe ahora:
—Vale, ¡TENÉIS QUE VER ESTO! —Escuchamos cómo eleva la voz a propósito.
Nos miramos extrañadas y, conforme nos acercamos, cada frase que dicen es más extraña.
—¡Lleva mi NOMbrE! —exclama la portera.
—¡ESTOY FLIPANDO!
—¿Esto está pasando realmente?
Son tantas las voces que se intercalan que es casi imposible distinguir qué dice cada una. Me acerco a la esquina derecha del sofá, sin intención de sentarme, pero sí de ver la televisión.
—¡No te creo! —grita Alex, a mi lado.
Los Galácticos van saliendo de su típico pasillo de vestuarios hacia el campo.
La cámara graba cómo se mueven sus cuerpos, intentando enfocar a todos los jugadores.
Cuando llegan al terreno de juego, se ponen en fila y se giran.
Es ahí cuando me doy cuenta de todo el alboroto anterior.
Cada jugador se ha puesto una de nuestras camisetas.
De NUESTRO EQUIPO. Con los nombres de las jugadoras y sus números en el dorsal.
—¿Sabías algo? —me pregunta Sam, sentándose de manera leve en el sofá, como si estuviera analizando la situación.
Niego con la cabeza.
—No te creo, tía —dice Alison—. ¡Lleva tu dorsal, Amber! ¡Lleva tu puto nombre en la espalda ante millones de personas!
Lo primero que pienso es que se refiere a mi hermano. Sin embargo, la televisión ahora mismo está centrada en Henry y, a su espalda, puedo leer con claridad mi nombre.
Ahora mismo me quiero desmayar de felicidad.
«¿Puede ser este el gesto más bonito que he recibido? Sí, con rotundidad».
Henry gira su cuerpo y señala con sus manos mi nombre.
Mi nombre.
Es él haciendo lo que nunca pensé que haría. Porque Henry no suele hacer este tipo de gestos, mucho menos en público, y eso lo hace aún más especial. Este detalle es más que una sorpresa; es una confirmación de que, en el fondo, siempre hemos sido más que un acuerdo.
—Qué guapa les queda la equipación, ¿eh? —afirma Sam.
La cámara se desvía hacia otros jugadores y yo muevo la cabeza como si pudiera ordenar a ese aparato que se centrase en Henry. Sin embargo, el cambio de perspectiva es motivado porque acaban de sacar… ¿Una pancarta? ¿Estos jugadores han hecho eso?
Enfocan el letrero, donde no solo está el nombre del Estrella Negra, sino el de todos los equipos femeninos nacionales. Debajo de estos han escrito:
Nuestras referentes.
Si antes ya estaba al borde del desmayo, creo que ahora no me falta nada.
—No doy crédito —comenta Sam, levantándose del sofá, motivada.
—¡Tengo ganas de saltar! ¡Os lo juro! —exclama Alison.
Por un segundo, me quedo quieta, intentando procesar lo que sucede.
No solo estoy viendo un gesto de apoyo profesional, sino algo mucho más profundo.
Es algo que va directo a lo que soy y a lo que representamos.
Es un mensaje de respeto, de visibilidad, y siento que, por primera vez, alguien ha decidido reconocer de manera real todo lo que implica ser parte de este equipo.
Este gesto, más que cualquier palabra, me hace sentir que realmente le importo, que entiende y respeta no solo lo que somos, sino también lo que hacemos en el campo.
Es como si, a través de esta simple acción, Henry hubiera logrado conectar con una parte de mí, que ni siquiera sabía que necesitaba ser vista.
Y es, en este instante, observándolo con mi nombre en su espalda, cuando mi corazón se desborda.
—Como no vayas a abrazar a Harrington, ¡voy yo! —exclama Sam—. De hecho, ¿quién llevaba la mía? —pregunta, acercándose al televisor.
A mi alrededor, las chicas se ríen, mirándose unas a otras, celebrando esta muestra de apoyo de una manera que me resulta entrañable y poderosa.
Pero, para mí, este momento es aún más profundo.
Necesito procesarlo y, más aún, necesito verlo a él. No puedo quedarme aquí solo mirando. Así que, antes de que alguien me detenga o empiece a hacerme preguntas, cojo mis cosas, agarrando la chaqueta y el bolso, sin perder el tiempo.
—Chicas, tengo que irme —anuncio con un tono que no admite réplicas.
Salgo de la casa sin mirar atrás, con el corazón latiendo rápido y con una mezcla de nervios y emoción a cada paso. Necesito verlo, decirle cuánto ha significado para mí todo lo que ha hecho.