Capítulo 64
La línea de tres cuartos: Donde las defensas y los ataques se encuentran.
Henry
Es curioso cómo alguien puede volverse parte de tu rutina, de tus días, casi sin darte cuenta.
Te adaptas a su presencia, a los momentos compartidos, como si siempre hubieran estado ahí.
Pero, cuando ya no están, sientes que algo falta en cada rincón, como un espacio vacío que tarda en desvanecerse.
—¿Me puedo beber el zumo? —pregunta Mark, abriendo mi nevera.
—Sí —respondo, con voz débil.
Sé que es una tontería, pero es su zumo. Creo que estoy empezando a delirar, porque llevo más de tres días de silencio. Setenta y dos horas en las que el color naranja de un simple zumo se ha convertido en una tortura visual.
—Si lo quieres, me lo dices, ¿eh? —Eleva el vaso.
Niego con la cabeza. Total, si no se lo bebe él, se pondrá malo.
Me he silenciado el nombre de Amber Prescott en redes, también, porque, visto lo visto, era lo mejor que podía hacer.
Era imposible leer todas esas barbaridades y no escribir, chillar o tener ganas de pegar a alguien.
Al igual que también le he enviado mensajes.
Siendo más específico…, le envié cuatro.
El primer día dos, y luego uno por día.
No quería agobiarla.
Y he evitado la tentación de preguntarle a Asher porque, aunque sean hermanos, creo que tengo que establecer un límite y no acudir a él siempre, cuando el origen sea Amber.
—Estás poniendo una cara extraña. Es como esa cuando te habló Jack.
Hablé con Jack hace un par de días. No sé cuántas veces se ha disculpado por WhatsApp y, luego, un par en persona.
Ya le he dicho, en cada una de las ocasiones, que no pasa nada.
A pesar de que mi primera reacción estaba llena de furia, sé que no fue consciente de lo que hizo.
Jack lo ha tenido siempre fácil, independientemente de lo que hiciera.
—No estoy poniendo ninguna cara —digo, moviendo mi pierna de manera ansiosa.
—O cuando ves todos esos mensajes.
—Cada cosa que dices lo está empeorando, Mark.
Tengo muchos MD por abrir. Mensajes de chicas que quieren consolarme, después de que se enterasen de que Amber y yo ya no estábamos juntos.
Otros que nos acusan de que lo nuestro es falso o que se creen esas películas que se han montado en Internet.
Sin embargo, con solo ver el número de notificaciones, me agobio.
Además de que la única persona que quiero que me conteste, no lo hace.
«Le estás dando su espacio, Henry», me recuerdo.
—¿Has visto las jornadas? —pregunta, mirando el teléfono.
—¿Ha salido ya contra quién jugamos?
—Madre mía, estás fatal, ¿eh? —Gira su móvil para enseñármelo—. ¿En qué mundo vives?
El partido de pretemporada es la siguiente semana, y, por lo que estoy viendo en la pantalla de mi amigo, la Liga ha anunciado ya todos los partidos oficiales de la temporada. No es de extrañar, porque es algo que siempre se sabe con antelación.
—Lo vamos a tener chungo.
—Como siempre.
—Nos tocan Los Rayo y el Racing de Campoverde —verbaliza, como si mis ojos no hubieran leído los mismos equipos que él—. Oye, ¿seguro que estás bien?
—Sí, me bebo ese batido de proteínas y se me pasa —indico, levantándome, para sacar la bolsa de plástico de la proteína.
—¿Seguro?
—Mark, llevas desde ayer en mi casa e incluso has dormido en la otra habitación —le advierto, aunque sé que lo ha hecho porque está preocupado—. Estoy bien, en serio.
—Si tú lo dices…
Echo la proteína en el vaso y luego la mezclo. Cuando cierro el paquete, ejerzo una presión en exceso y ahí sé que le acabo de mentir a mi amigo. Pero es que, no sé ni cómo gestionar esta situación.
En cuanto le doy el primer sorbo al batido, me doy cuenta de que ni siquiera tengo hambre.
Es como si mi cuerpo estuviera en modo automático, funcionando por inercia, sin realmente estar presente.
La verdad es que todo esto me está empezando a superar.
He pasado de la furia a la apatía, de la preocupación a la incertidumbre…
¿Qué hago con todo esto? ¿Cómo puedo seguir en el mismo lugar, mientras la vida sigue moviéndose alrededor de mí, cuando lo único que quiero es saber de Amber, saber si está bien, si está pensándome siquiera?
Mark no me deja pensar mucho en todo esto. Se echa hacia atrás, se tumba en el sofá y pone la televisión sin decir mucho más. Probablemente, también se ha dado cuenta de que ya no soy el mismo. Él sabe que me duele, pero no sabe cómo preguntarme. Nadie sabe cómo preguntarme.
Miro el teléfono de nuevo y veo el número de mensajes no leídos. Casi los siento como una carga que me presiona el pecho, pero, en lugar de abrirlos, me quedo mirando la pantalla vacía, deseando que todo fuera más sencillo. Que todo fuera diferente.
—No sé cómo gestionar todo esto, Mark —confieso en apenas un susurro, sin querer que suene como una queja, pero es lo que siento. La frustración acumulada, la impotencia de no poder cambiar nada.
—¿Qué? —pregunta, claramente sorprendido por la sinceridad en mi voz.
—Esto. Todo. Amber, los mensajes, lo que dicen de nosotros, la presión… —Me paso la mano por la cara, sintiéndome agotado.
—Es normal que te sientas así —responde con tono bajo, como si entendiera lo que está pasando por mi cabeza, aunque nunca lo haya vivido.
—Lo que no comprendo es por qué no puedo dejar de pensar en todo esto —digo, casi para mí mismo, pero sé que Mark me escucha.
—Porque te importa, ¿no?
Me quedo callado un momento, procesando sus palabras.
No quiero que me importe, no quiero estar tan involucrado. No quiero necesitar a Amber de esta manera. Pero lo hago. La necesidad de saber que está bien, la necesidad de escuchar su voz, incluso en medio del caos de las redes sociales, es algo que no puedo ignorar.
—Sí, me importa. —Al final, respiro hondo y dejo escapar una risa amarga—. Pero no sé cómo solucionarlo.
—No lo tienes que solucionar todo ahora, Henry. A veces, lo único que puedes hacer es esperar. —Me siento en el sofá con él—. No te voy a decir que todo se va a resolver solo, pero no tienes que cargar con todo el peso de la culpa.
—Es solo que no puedo dejar de preguntarme si estoy haciendo lo correcto, ¿sabes?
—No siempre se sabe si lo que estás haciendo es lo correcto. A veces, solo tienes que confiar en lo que sientes en ese momento. Y, si Amber te importa, si te hace sentir como nadie más lo ha hecho, entonces eso cuenta más que cualquier duda o error.
Me quedo callado, mirando las paredes de mi apartamento, como si pudieran darme alguna solución.
Pero no hay respuestas fáciles. No las hay, y eso es lo que más me molesta.
Quizás Mark tiene razón en algo: no tengo que solucionarlo todo ahora.
Pero la duda, la preocupación y la necesidad de que Amber esté bien son cosas que no puedo dejar de llevar conmigo.