Capítulo 63
Despeje de emergencia: Cuando todo se complica, a veces lo único que puedes hacer es alejar el peligro.
Amber
Por mi salud mental, he tenido que dejar de leer. Juro que nunca leo este tipo de comentarios, pero, tras recibir un mensaje de Henry, otro de Asher y varios de Sam y Alex, he abierto las redes y ha sido como una avalancha de información.
Firmé el contrato de la farsa, porque prácticamente no tenía ni voz ni voto.
En ese momento, a mucha gente la relación con Henry les pareció tierna, e incluso crearon ese hashtag para continuar shippeándonos .
Algunas personas, desde el primer momento, ya empezaron a criticarme, porque sí, suelen hacerlo hacia el género femenino, pero eran muy pocas.
Sin embargo, en cuanto comenzaron a circular los rumores, las especulaciones y las «pruebas», todo se volvió un caos.
Y ahora… todo se ha desbaratado. Todo ha pasado de ser una broma ligera a convertirse en una pesadilla sin salida.
He leído muchísima información, más de la que debería, y lo que todavía no sé, es cómo hay gente que tiene tanta imaginación. No me doy cuenta de cuándo comencé a engullirlos, uno tras otro, como si, al hacerlo, pudiera encontrar alguna respuesta, alguna pista que me dijera qué hacer con todo esto.
Lo peor de todo, lo que más me jode, es que me he convertido en algo que jamás quise ser.
Me he convertido en Amber Prescott, la novia de Harrington.
No soy la centrocampista que juega en el Estrella Negra.
No soy la jugadora que se gana el respeto en el campo, sino la pieza de un contrato mediático que ahora se ha vuelto más real de lo que debería.
Lo odio.
Y a la vez, me entristece.
La idea de ser reducida a ese rol, de ser vista solo como un accesorio de la imagen pública de Henry, me consume.
De repente, todo lo que he hecho, todo lo que soy como persona, queda opacado por la etiqueta de «novia de».
Y la ironía de todo esto es que no era un amor real, no era algo que haya crecido de manera natural.
Para la gente, todo lo que importa es lo que ven en las fotos, lo que sale en las redes.
¿Y yo? Yo soy solo un personaje más en esa narrativa.
El peso de la frustración es tan grande que se apodera de mi pecho.
No me importa lo que la gente diga sobre Henry o sobre nosotros.
Lo que me está matando por dentro es cómo me estoy viendo a mí misma.
¿Dónde quedó la Amber que comenzó a jugar al fútbol por amor al deporte?
¿Dónde quedó la Amber que podía mirar hacia el futuro sin tener miedo de ser encasillada o reducida a algo que no es?
Todo eso está desapareciendo, y ni siquiera sé cómo detenerlo.
¿Es imposible querer estampar el maldito cojín nuevo contra el suelo y a la vez llorar? Joder, es que hasta el sofá me recuerda a Henry. Incluso cuando no está aquí, su sombra se cierne sobre mí, sobre mi vida.
Hago un ruido fuerte para intentar cerrar mis fosas nasales y que las lágrimas dejen de mezclarse con mi mucosidad, cuando mi teléfono empieza a sonar.
Mi primera reacción es quedarme quieta y no cogerlo. En cambio, cuando veo «Papá» en la pantalla… Tengo que hacerlo.
—Hola, cielo.
Al escuchar su voz, siento una puñalada en mi corazón. No sé cómo explicarlo, pero es como si, al sentirme en terreno seguro, mis barreras se hubieran desplomado. Ya no soy fuerte, ya no tengo control de todo esto. El peso de mis emociones se desborda cuando escucho su tono suave y protector.
—Estás llorando, ¿verdad? —Resoplo y, sin querer, el ruido de mi nariz se cuela por la llamada. Solo espero que no lo haya escuchado—. He hablado con mamá, cariño. Y ahora mismo, estamos preocupados por ti.
—Estoy bien, papá.
—Me lo creeré cuando me lo digas sin llorar. —Escucho una pequeña risa de burla—. Sabes que llorar es sano, y que puedes hacerlo si lo necesitas, pero no queremos que te machaques. —Me alegra escuchar ese plural, porque sé que también está mi madre implicada.
—La gente…
—La gente es cruel. Y todos los que te conocemos o te vemos, sabemos que tú eres Amber Prescott, una jugadora increíble, y no necesitas a nadie para brillar.
¿Me escuchas? —Asiento, aunque no sirve de nada porque no me puede ver—.
No puedes ir de puntillas por tu vida personal para evitar esto. Porque, a veces, es inevitable, cariño.
—Era todo mentira, papá. —Me levanto para coger una servilleta y sonarme. Me quedo apoyada en la encimera—. Henry y yo… Era todo por contrato. Y ahora… —No sé cómo continuar.
Henry y yo no somos pareja. No hemos hablado de nada de eso. Ni siquiera sé en qué punto estábamos. Lo único que sé es que he descubierto al verdadero Henry, y que me encanta. Desearía que no lo hiciera, y seguir teniendo ese estereotipo suyo en mi cabeza, pero… es imposible.
—Sois mayorcitos como para no tener que dar explicaciones, cielo. ¡Como si solo queréis acostaros! —La risa que suelta esta vez es más real—. Tómate el tiempo que necesites, pero quiero que tengas presente que tu familia está aquí, ¿vale? Que sabemos quién y cómo eres.
—Te quiero, papá.
—Y nosotros, cielo.
Al quitar el teléfono de mi oreja, me quedo unos segundos analizando sus palabras. Luego, cuelgo. Mi padre es de esas personas que, si no cuelga la otra persona, se quedaría toda la tarde en llamada. En definitiva, que nunca cuelga él.
Me acerco al sofá, de nuevo, y cojo el cojín que había lanzado antes. Al tumbarme, me pongo el pañuelo justo en la parte de la sien, para que absorba todas las lágrimas que van cayendo.
Me quedo así, intentando tomarme mi tiempo, como ha dicho mi padre, y tratando de reducir la presión que me oprime el pecho y la cabeza.
Este espacio vacío, esta sensación de estar atrapada entre lo que la gente espera de mí y lo que realmente soy, no desaparecerá de inmediato.
Y, aunque mis padres me han dado algo de consuelo, el dolor no se va con palabras.
Solo el tiempo podrá ayudarme a encontrar algo de paz, o, al menos, la suficiente para poder seguir adelante sin ahogarme en lo que otros piensan de mí.
Cuando abro los ojos, no sé qué está sonando, pero es tan molesto que ha hecho que mi cuerpo reaccione. Después de que mi cerebro vaya despertándose, sé que es el timbre.
Me levanto por inercia y giro el pomo.
—Estás peor de lo que creía.
—Gracias —le espeto, abriendo la puerta y dejándole entrar. Es absurdo negarle la entrada a Asher.
Me dirijo hacia el sofá, tirando mi cuerpo sobre él, como si no pesara nada.
Escucho que la puerta principal de casa se cierra, y mi hermano se queda de pie, con los brazos cruzados.
—No tengo la cabeza para chapas. Además, he hablado con papá ya.
—Lo sé, me ha enviado un mensaje.
—Genial —ironizo con mi cara pegada al sofá.
—¿Qué vas a hacer? ¿Quedarte ahí tirada? ¿Machacándote por unos comentarios de gente que no sabe nada?
—Es mi reputación, Asher. Como tú nunca has tenido que…
—No —me corta—. Nunca he vivido eso. Pero sí recuerdo estar a tu lado.
¿Te acuerdas cuándo jugábamos en el parque?
—Asiento, con la vibración de mi garganta—.
¿Cuántas veces venía alguien y se reía de ti?
Porque decían que no sabías ni dar dos toques con la pelota.
¿Cuántas veces les callaste la boca, Amber?
O no, mejor, ¿cuántas veces no te dejaban jugar al fútbol con ellos?
Sé que se refiere a sus amigos, porque, durante una época, mi hermano no se despegaba de su grupo de iguales.
En dos ocasiones, no me dejaron jugar con ellos, y me tuve que quedar en la grada… viéndolos. A la tercera, me planté. Y también fue gracias a que Asher presionó a sus amigos —no me lo ha confirmado nunca, pero lo sé—, y porque él mismo me motivó a hacerlo.
—No es lo mismo.
—Me da igual la edad, el contexto o lo que sea, porque la cuestión en sí es la misma.
Y sabes que, si sales con Henry, o yo qué sé lo que hagáis, eso no te define como jugadora, hermanita.
Eso solo dice que podrías tener mejor gusto, la verdad.
—Sonríe y afloja sus brazos, dejándolos en una postura menos rígida y autoritaria.
—Has hablado con él, ¿no?
—Sí. —Se acerca para sentarse—. ¿Quieres mi respuesta como su compañero o que haga de hermano mayor?
—Compañero, por favor.
Entonces me cuenta lo del vestuario, la rueda de prensa y el enfrentamiento entre Jack y Henry.
—Lo ha hecho sin pensar, Amber —justifica a Jack. O a ambos. No lo sé.
—No sé si puedo…
—No quiero saber cómo continúa esa frase, porque sí que puedes. Eres Amber Prescott. Lo único que tienes que hacer es aclararte. ¿Qué quieres tú?
Lo miro, intentando descifrar a qué se refiere con esa pregunta, porque, por querer, quiero muchas cosas. Como, por ejemplo: que no exista esta desigualdad entre futbolistas de diferentes géneros, tener el mismo o la mitad del salario que tiene mi hermano, que las guerras del mun…
—Amber —vuelvo al presente—, ¿qué quieres tú?
Tanto si quieres hacer caso omiso, como si quieres emitir un comunicado, es tu decisión.
Al igual que si necesitas distanciarte de Henry, hablar con él o aclarar lo que sea que tengáis.
Tú eres la que elige qué camino escoger.
—Resoplo, porque en este momento mi cabeza no puede pensar más—.
Y ahora, déjame un poco más de hueco —se queja, presionando su cuerpo contra el mío—, que quieres ocupar todo tú, joder.
—Es mi sofá.
—Es mi sofá. —Pone una voz estridente.
—¿Me estás intentando imitar? Porque no tengo esa voz ni de coña.
—No tienes huevos para imitarme.
—No, no los tengo —reprocho—. Porque tengo ovarios, gilipollas.
—¿Acabas de insultar a tu hermano en la cara? —Sonrío, mientras afirmo con la cabeza. Asher se ríe y agarra el mando—. Genial, ahora te voy a torturar viendo Centurión .
Para mucha gente, que alguien aparezca de pronto y te lo presenten como tu hermanastro —término que detesto y evito siempre que puedo— sería algo extraño. Incluso podría causarles inquietud. Pero yo no concibo mi vida sin Asher.