Capítulo 61
La volea: Golpear sin dejar que el balón toque el suelo. Decisiones rápidas que no permiten dudas, solo acción inmediata.
Amber
—¿En serio?
—No iba a pagar el montaje.
Elevo los hombros para evidenciar mi firmeza, a pesar de que el hecho de que esté en pijama no ofrezca mucha seriedad.
La imagen de estar en casa, con el pelo desordenado, el pijama viejo y unas zapatillas que ya ni recuerdo de dónde salieron, contrasta un poco con lo que quiero transmitir.
Pero, en fin, siempre he sido más de ser directa que de preocuparme por la apariencia.
—Claro, mucho mejor eso que casi a las nueve de la noche estar sin sofá.
—Creía que iba a ser más fácil.
No estaba planeado que alguien viera el sofá sin montar. Más que nada, porque yo sola he amueblado todo el piso sin problemas. Es solo que… necesito días para ello. No contaba con que alguien viniera el mismo día que me han traído el sofá.
Sigo mirando cómo se agacha para leer las instrucciones, o al menos eso parece, porque no estoy muy segura de que las esté entendiendo. La situación, que al principio me parecía un desastre, empieza a tomar un giro más… confortable.
—Quizás hasta me vengas bien. —Toco su hombro derecho, mientras Henry está de cuclillas leyendo las instrucciones. O al menos, mirándolas.
—¿Estás queriendo usar mi cuerpo para esto?
—Mmm… ¿Sí?
—Estoy reventado. —Resopla, sentándose en el suelo.
—El entrenamiento, ¿eh? —Me siento a su lado y balanceo mi cuerpo contra el de él.
—¿Sabes lo que sí podemos hacer? —Le miro, expectante—. Empezar a hacer la cena.
No es que estemos en una relación. No exactamente.
Pero estos momentos de compartir el mismo espacio, sin palabras, sin explicaciones, me hacen pensar en lo que está pasando entre nosotros.
No es simple. No es claro, pero es real.
Es raro, pero me gusta. La tensión que a veces siento en el aire se disuelve cuando estoy cerca de él.
—Veo que te has autoinvitado.
—No sabía que necesitara invitación —bromea. Se levanta del suelo y se limpia la parte trasera del pantalón—. Dime qué empresa es. —Lo miro sin entender a qué se refiere, y señala el sofá—. Lo pagaré yo.
—No vas a pagarme nada. —La respuesta sale de mi boca más brusca de lo que pretendía, pero me da igual. El tema del dinero siempre ha sido un punto sensible. Siempre he sido independiente, y siempre he manejado todo por mi cuenta.
—¿Cuánto es, Amber?
—Si hace falta, me voy a quedar despierta toda la noche para montarlo.
—Mi tono sigue firme, aunque, por dentro, una parte de mí sabe que, si lo hiciera, acabaría agotada, y probablemente al borde de un colapso emocional.
Pero no puedo evitarlo. No puedo permitir que alguien pague por algo que debería ser solo mío.
—Amber…
—Tengo dinero. Soy futbolista también, ¿recuerdas? Tengo un piso, unas plantas que se me mueren porque…
—Amber… —repite—. No es caridad, te lo aseguro. Si lo fuera, extendería un maldito cheque. Yo dormí en ese sofá. —Señala el nuevo, pero sé a lo que se refiere—. Considéralo una inversión. Voy a pasar muchas horas aquí, y mi espalda vale millones, ¿sabes?
Sus palabras son ligeras, pero hay algo en ellas que me hace sentir que no todo se reduce a un simple favor.
No está aquí solo para ayudar con el sofá.
No es solo un gesto amable o un favor por algo que hizo en el pasado.
Hay algo más entre nosotros. Algo que ya no se puede ignorar, aunque aún no tengamos claro qué es. Algo que sigue creciendo entre ambos.
—¿Qué has hecho, una planificación semanal o qué? —Me río.
—Si te soy sincero, no me importa tanto el sofá. Lo que realmente me importa es… —Hace una pausa, como si pensara en cómo decirlo. Y, aunque no termina la frase, sé que se refiere a nosotros—. En serio, Amber. Déjame ayudar.
Miro el sofá, que sigue sin montar, y me doy cuenta de que, al final, no se trata solo del sofá.
Se trata de nosotros, de cómo todo lo que no entendemos sigue siendo parte de esta extraña conexión.
De cómo Henry está aquí, sin preguntar nada más, solo para ser parte de mi vida en este momento en que más lo necesito.
—Solo esta vez.
Henry asiente, con una sonrisa amplia y se dirige a la cocina, listo para preparar la cena.
Es raro tenerlo aquí, en este contexto. No como el chico con quien firmé un contrato; no como alguien con quien debía fingir una relación para los demás. Ahora es simplemente Henry, en mi casa, moviéndose con una facilidad que me desconcierta y, al mismo tiempo, me reconforta.
Mientras lo observo, entiendo que, por más enredado que sea todo esto, no siempre hace falta descifrarlo. A veces basta con compartir el mismo espacio, aunque sea solo por esta noche..