Capítulo 57
Contragolpe letal: Cuando el ataque es tan fuerte que no hay opción de defensa.
Amber
El pitido inicial suena y de inmediato me lanzo al juego, sintiendo cómo la energía del campo se contagia en cada paso.
Estoy en el centro, controlando el balón, leyendo los movimientos de mis compañeras y anticipando los ataques del rival.
La pretemporada es un desafío, un ensayo general, antes de los verdaderos enfrentamientos, y quiero demostrar que estoy lista para lo que venga.
El balón rueda con rapidez, y el juego se vuelve intenso en cuestión de minutos.
Sam y yo conectamos bien desde el inicio, creando oportunidades y desviando la defensa contraria con pases rápidos y precisos.
Me muevo por el centro del campo, distribuyendo el juego y buscando cualquier hueco por donde lanzar el ataque.
Veo a una de las delanteras desmarcada y, en un segundo, lanzo un pase preciso, justo a sus pies.
Las gradas estallan en gritos y aplausos, mientras ella avanza con el balón, acercándose peligrosamente al área.
El equipo contrario recupera la posesión y, en un instante, cambiamos a defensa.
Sam y yo retrocedemos con rapidez, cada una cubriendo su espacio, pero no podemos evitar el contraataque y el rival consigue un gol.
Resoplo, intentando que la frustración no me nuble. Nos reagrupamos rápido y reanudamos el juego con más determinación. Paso la mano por mi rostro, para secar el sudor, centrada en el balón y en mis compañeras.
A lo largo de la segunda mitad, el partido se vuelve más físico, y el marcador sigue en nuestra contra.
Sin embargo, siento cómo el equipo se niega a darse por vencido.
Es ahí cuando empezamos a crear jugadas más rápidas, provocando el empate en el marcador.
El estadio retumba, y las voces de las gradas nos empujan a seguir, a luchar por ese último gol que puede darnos la victoria.
En los últimos minutos, siento el agotamiento en cada músculo, y, por mucho que nuestro equipo lo intente, el pitido final suena con el empate en el marcador.
Me detengo en medio del campo, las manos en las rodillas, respirando hondo, mientras intento calmar mi pulso acelerado. No hemos conseguido ganar, pero nos hemos dejado el alma en el campo y eso es lo único que importa en este momento.
Las chicas a mi alrededor se agrupan; algunas suspirando y otras lamentando las jugadas que no salieron como esperábamos.
—Buen trabajo, Amber —dice Sam.
—Buen gol, compañera.
Empiezo a caminar hacia el vestuario, sintiendo cómo la adrenalina poco a poco se va disipando. Cuando llegamos a la entrada, Sam me mira con una sonrisa misteriosa en los labios.
—Hay alguien esperándote.
—¿A mí? —pregunto, levantando una ceja.
—Será mejor que entres ahí —responde, señalando con la cabeza hacia una de las puertas donde almacenamos material y equipo vario.
Mis pensamientos se aceleran mientras avanzo hacia la puerta. Empujo la puerta con una mezcla de nervios y curiosidad, sintiendo cómo cada paso hace latir mi corazón un poco más rápido.
Al abrir, me encuentro con una silueta que conozco bastante bien.
Es Henry y está apoyado contra una de las estanterías y con las manos en los bolsillos.
—¿Henry? —Mi voz apenas es un susurro y la sorpresa debe reflejarse en mi rostro, porque este sonríe levemente.
—Tenía que verte.
Me quedo en el umbral, mirándolo, intentando procesar lo que está pasando. Parte de mí quiere preguntarle qué hace aquí y si ha pasado algo. Pero, al mismo tiempo, algo en mí se relaja, como si estuviera deseando verlo.
—No hemos ganado.
—Es el primer partido de la pretemporada.
—Y bueno, ¿qué haces aquí?
—Te lo he dicho.
—Mmm… ¿Me he perdido parte de esa conversación?
Él resopla y se acerca a mí, poniéndome una mano en la cintura.
—Estoy sudada. No he podido…
—Dúchate en mi casa.
—¿Eso es una invitación formal a compartir el agua caliente o solo quieres ahorrar en la factura?—Me he duchado esta mañana, pero, por ti, me ducho las veces que haga falta —bromea.
—Cojo mis cosas y nos vamos. —Lo beso de manera fugaz, dejándole con ganas de más—. Y ahora, al salir, ponte el casco, anda.
—Tu entrenador sabe que estoy aquí. De hecho, me ha dejado pasar él.
—Genial. —Suspiro.
—Te llamo luego, ¿vale, mamá? Ahora me pillas en mal momento —dice, mirándome con una sonrisa.
En ese segundo de tiempo, quita la vista del vaso de naranja que había dejado al lado de la nevera y, sin darse cuenta, lo apoya justo encima de un trapo. El vaso cae al mismo tiempo que él finaliza la llamada.
—Mierda —suelta, observando el suelo—. No queda más zumo.
Sé que lo dice por mí. Desde que mi hermano le informó de que era casi adicta al zumo de naranja, ha tenido provisiones, por si acaso. Supongo que eso me indica que piensa en mí.
—No pasa nada. —Sonrío—. Creo que puedo sobrevivir a un día sin zumo.
Henry me eleva del suelo de la cocina, sin un mínimo de esfuerzo, y me apoya en la otra parte de la encimera.
—Sabes que puedo… ¿Esquivar los cristales, por ejemplo? ¿Llevar zapatillas? No hace falta que…
—No podría perdonarme que esos pies tan famosos tuvieran un corte, por mi culpa. —Sonríe mientras sale a la terraza para coger los productos de limpieza.
No tarda en volver a entrar.
—¿Qué tal tu madre?
—Bien. Bueno… —Levanta la cabeza y apoya su hombro en el palo de la fregona—.
El otro día le tuve que explicar un poco en qué punto estábamos.
O sea, quiero decir —rectifica—, sabía que todo era una farsa, pero, aun así, el comunicado le asustó un poco.
Al final, le tuve que decir que estábamos bien. Que tú y yo…
—¡¿Le dijiste que follamos?!
—No con esas palabras exactas. —Carcajea—. No suelo contarle las intimidades a mi madre, la verdad.
Me parece extraño que Henry siga sin mencionar a su padre. Quiero decir, sé que existe gracias a Asher, si no, no sabría nada. Y, por mucho que parezca que le importo, no sé si es lo suficiente como para abrir esa herida.
—¿Amber?
—Estaba pensando en otra cosa, perdón. ¿Qué decías?
Me doy cuenta de que el suelo vuelve a estar limpio.
Él deja las cosas de limpieza y, cuando vuelve a la cocina, se queda sujeto entre mis piernas. Apoya las manos justo al lado de las mías.
—Me estoy haciendo adicto a ti —susurra, mirándome.
Aprieto las piernas sobre su cuerpo, atrayéndolo un poco más.
—¿En qué pensabas, Prescott?
—Es una cosa familiar… No tiene importancia, en serio.
—Si le estabas dando vueltas, sí la tiene. —Me retira un mechón del rostro—. Pregúntame.
—Me has hablado mucho de tu madre, y, bueno, es una mujer encantadora, que ha criado un hijo…
—¿Perfecto?
Golpeo su hombro, y sonríe.
—Pero no sé si… ¿Tienes algún familiar más?
Es ahí cuando veo cómo presiona la mandíbula y cómo a su nuez le cuesta tragar saliva.