Capítulo 52
Estado de gracia: El momento en el que todo parece ir a tu favor.
Henry
No me importa su manera de pensar. De hecho, es una de las cualidades que me gustan de ella. Lo que sí me molesta es que quiera estar metiéndome todo el rato en un saco de personas que no soy yo. Quizás ella no se da cuenta, pero suele hacerlo.
—Y bien, ¿quién va a mantener la boca ocupada?
Juro que no era una propuesta para nada. Aunque no voy a negar que ya me estoy imaginando mi polla en su boca. Al igual que creo que llevo mucho rato con casi toda la sangre de mi cuerpo ahí .
Amber se desabrocha el pantalón y apoya su mano en mi pecho para quitarse los vaqueros. Me quedo embobado por la manera en la que el body presiona su cuerpo. Me había imaginado cómo sería desnuda, pero creo que me he quedado corto. Muy corto.
Después de eso, empieza a besar mi cuello. Su lengua va lamiendo mi cuerpo, hasta llegar a la altura de mis pantalones. No aguanto más. No sé qué he hecho en otra vida para tener que soportar esta penitencia, porque ahora mismo mi único pensamiento es estar dentro de ella.
Cuando me muerde justo en la tira del calzoncillo, mis dedos se deslizan por su pelo y llevo su cabeza hacia atrás. Aprovecho esa distancia para quitarme el vaquero, lanzándolo directamente al suelo. Con un movimiento rápido, elevo el cuerpo de Amber, colocándola a horcajadas.
La ropa que llevamos es demasiado fina. Tanto que enseguida veo en el rostro de Amber que acaba de notar lo hinchada que la tengo.
Llevo su cuerpo hasta el estante de mármol que no utilizo para absolutamente nada, pero que ahora le veo una utilidad magnífica.
Sonrío al imaginarme las veces que podríamos hacerlo así.
—¿Cuántos culos has apoyado aquí? —pregunta, nada más su cuerpo toca el mármol.
La voy a silenciar a besos, sí. Será la mejor opción, si no quiero que siga pensando en estereotipos o en cualquier cosa que la pueda alejar de mí. Ella parece que nota un cambio en mi expresión, porque enseguida añade:
—Vale, prefiero que no me lo digas, o si eso luego, porque si no vamos a acabar discutiendo.
—De todas formas, diga lo que diga, no me ibas a creer, ¿verdad? —Asiente—. Mejor discutimos sobre quién va a correrse primero.
Presiono mi cintura contra la de ella, y oigo cómo gime.
Mis dedos se deslizan con suavidad por sus muslos, para luego desabrochar los pequeños botones de su body .
Elevo la vista para mirarla, y la beso. Mientras lo hago, mi mano empieza a jugar con su cuerpo.
Enseguida noto lo mojada que está, y no, no es por el agua de la ducha.
Mis dedos juegan con su clítoris, mientras ella gime a pocos centímetros de mi boca.
—Lo estabas deseando —susurro.
Ella arquea su espalda. Lo primero que pienso es que lo hace porque quizás así está más cómoda y siente más placer. Sin embargo, cuando alarga su mano hasta mi pene, sé que mi pensamiento ha sido erróneo. Con su mano y por encima de la ropa interior, presiona mi polla.
—Necesito que estés…
—Lo sé —me dice al oído, murmurando.
Estoy diciendo obviedades, porque ya ha podido intuir lo que hay debajo y lo grande que es.
No lo estoy diciendo porque tenga el ego muy alto —que adoro mi ego—, es porque no sería la primera vez que veo cómo una chica, tras bajarme los pantalones, abre los ojos de par en par.
Por no hablar de que, en los vestuarios, muchas veces vamos desnudos, por lo que, bueno, sabemos lo que cada uno tiene.
Este mismo año, tras ganar la Liga, mientras Jack grababa un vídeo, apareció el culo de Ramírez de gratis.
Cuando me quito el calzoncillo, su mirada va directa hacia mi pene. Luego, no sé si, de manera consciente o no, se muerde el labio. Ese gesto me acaba de poner demasiado. Rodeo mi miembro con mi mano, y la muevo de arriba abajo.
—También podías pedírmelo.
—Es toda tuya.
A partir de ese momento, jugamos con nuestros cuerpos. Más bien, ella juega con el mío y yo con el suyo. Hasta que llegamos al límite, porque, si seguimos así, al menos yo, voy a correrme antes de entrar.
—Amber —jadeo su nombre—, ¿y si me lo pongo?
Ella sonríe, divertida. Al separarme de su cuerpo, ella cierra las piernas. Salgo de la ducha y abro un cajón de almacenaje. Entre las cosas que guardo, hay preservativos. Abro el envoltorio y me lo pongo.
—Prefiero no preguntar por qué tienes condones ahí.
—Yo tampoco voy a discutir sobre cómo follarte, porque va a ser tal cual estás.
Entro de nuevo en la ducha, y me acerco hasta el estante, colocando las piernas de Amber alrededor de mi cintura. Mientras beso su cuello, pongo la mano en la pared en la que su cabeza está apoyada.
—Espera —dice, mientras coge el body por la parte inferior para quitárselo.
Me muerdo el labio, notando cómo a mi pene le gusta contemplar la escena.
Mi lengua vuelve a su piel, pero esta vez, pudiendo recorrer mucho más su cuerpo.
Sin embargo, en vez de deleitarme en el mismo punto, voy directo a sus pechos.
Joder, son perfectos. ¿Se puede tener el tamaño perfecto?
Porque creo que los he encontrado. Lamo cada parte de su puñetero pezón, para luego, antes de irme, morderlo.
Amber se acerca un poco más a mí y pega sus tetas a mi pecho.
Noto el calor que emite su piel. Estoy tan pendiente de su cuerpo y de su boca, que me cuesta sentir sus dedos alrededor de mi pene.
Creo que con ella tengo tantos estímulos, que soy incapaz de prestar atención a todos ellos. Y eso me duele.
Nuestras caderas se juntan y ella empieza a moverse, pidiendo más. Gruño, porque yo también lo necesito. Con su mano, a su ritmo, va introduciendo mi pene dentro de ella.
Me gustaría describir lo que siento, en este momento exacto, pero es que el placer tiene nublado mi cerebro. Noto la presión de su vagina alrededor de mi polla. Y su cara. Esa cara que pone de placer y que todavía me excita más.
Apoyo la mano detrás de su cuerpo, mientras ella se sujeta al mío, clavándome las uñas en la nuca. Muevo mis caderas de manera lenta, sintiendo el auténtico placer. Ella gime y ese sonido hace que en mi cabeza se encienda un interruptor para aumentar la velocidad de mis movimientos.
—Cuando te corras —susurro en su oído, notando su aliento en mi oreja—, quiero que grites mi nombre.
—¿Y si no me corro?
Me detengo, a propósito. Le miro a la cara y sonrío.
—Amber, sigues mintiendo fatal. —Deslizo de manera lenta mi pene dentro de ella, sabiendo que me va a pedir más—. ¿Vas a negarme que quieres que vaya más rápido o prefieres que siga torturándote?
Enseguida noto cómo sus dientes se clavan en mi hombro. Como respuesta, vuelvo a esos movimientos rápidos y ella gime.
No deseo acabar ya. Quiero que ella se corra antes que yo y, si es necesario, que lo haga más de una vez.
Enredo su pelo en mi mano y tiro de su cabello con delicadeza, provocando que su rostro se incline hacia atrás. Aprovecho para pasar mis labios por su cuello y jugar con mis dientes y lengua.
—Henry…
Es de las pocas veces que, mientras tengo sexo, la otra persona menciona mi nombre, y no mi apellido. Y, joder, ahora dudo de que pueda aguantarme.
Mis manos se desvían a su culo, presionando su cuerpo contra el mío y escuchando el ruido del choque de ambos por el movimiento ejercido.
—Adoro esa puta cara que pones —le digo y ella sonríe. Por supuesto que sabe de lo que le estoy hablando—. Di mi nombre, otra vez.
—Dios, me voy a correr.
Sonrío, porque me encanta escucharlo de su boca. Es precioso y, a la vez, excitante. Segundos después, percibo los espasmos de su cuerpo que van acompañados de un gemido. Verla así es… adictivo.
—Joder, ¿cómo me puedes poner tanto?
Después de darle una breve pausa, ejerce presión sobre mi espalda para que vuelva a moverme.
—¿Qué quieres un 2-0?
—Córrete conmigo, Henry.
Tres palabras ha necesitado para que pierda la poca cordura que me quedaba.
Entro y salgo de una manera más férrea, porque quiero que sienta tanto placer como yo ahora mismo.
Amber vuelve a gemir y, por ese tono y su rostro, sé que ha vuelto a correrse. Yo tampoco tardo en hacerlo. Siento cómo mi cuerpo se libera.
Me quedo un rato más dentro de ella, porque no quiero que este momento se evapore. Joder, creo que tengo un problema, porque aún no la he sacado y ya quiero repetir.