Fuera de contrato Capítulo 51
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Capítulo 51

El pase en profundidad: Un envío hacia delante que desafía la distancia.

Amber

—¿Qué prefieres…? —dice a mitad del beso.

—¿No puedes besarme y ya?

—Necesito hacerte esta pregunta. —Siento sus manos frías en mi espalda. Al final, el body no sé si ha sido tan buena elección como creía—. ¿Qué prefieres, lento o duro? Elige bien, porque en uno me vas a rogar y en otro puede que te duela hasta el alma.

Otra, en esta circunstancia, le hubiera contestado o quizás hasta idolatrado. En cambio, empiezo a reírme.

—Henry… —pronuncio su nombre, presionando mi abdomen para no seguir con la risa.

Él me mira, confundido, y aunque trato de mantenerme seria, es imposible.

—Te juro que no sé qué he dicho que sea tan gracioso. —Eleva su ceja izquierda, y nuestros cuerpos toman distancia.

Intento controlar la risa que aún amenaza con salir, pero el recuerdo de cómo lo ha dicho me provoca otra carcajada.

—Has sonado muy modo fuckboy .

Henry frunce el ceño, pero, al instante, una sonrisa divertida asoma en sus labios.

—¿Tengo más modos de esos?

—Solo sé Henry, ¿vale?

—No, ahora necesito que me digas qué modos tengo. O bueno, cuál de ellos quieres elegir. —Se queda mirándome.

Siento cómo mi risa se apaga poco a poco, porque, de alguna manera, lo que hace con esa mirada es retarme. Es como si estuviera jugando a ver hasta dónde puede llevarme, desafiándome a seguirle el juego.

—Creo que, como sigas así, me voy a arrepentir hasta del beso que acabamos de darnos.

Henry frunce el ceño y se ríe. Sí, acaba de salir una risa sonora de su boca.

—Entonces, prefieres que lo dejemos aquí, ¿no? —pregunta, mirándome como si esperara mi reacción. Es como si realmente quisiera saber hasta qué punto me atrevo a seguir.

Su mirada se vuelve más intensa, penetrante, de esas que te atraviesan sin que puedas escapar.

Puedo sentir cómo sus ojos se clavan en los míos.

Intento desviar mi mirada, pero no puedo.

Estoy atrapada y, cuanto más tiempo pasa, más difícil me resulta controlarme.

Él es consciente. Sabe perfectamente el efecto que tiene sobre mí y lo está aprovechando.

—¿Ahora mismo estás en modo «Henry, cállate» o «Henry, fóllame»?

—Vamos a tener un problema, ¿sabes? —Me levanto—. Porque uno de los dos deberá tener la boca ocupada para que esto salga bien.

—No te preocupes, yo me encargo. —Me giro y lo veo esbozar una sonrisa ladina—. Pero yo veo otro pequeño problema.

—Ah, ¿sí? ¿Cuál?

—Este yate no tiene nada cubierto y, como no quieras que la primera persona que pase por el agua te vea desnuda, tenemos que irnos.

—No me importaría lo más mínimo que alguien nos fotografiara. —Estoy de coña, pero, al verlo tragar saliva, creo que no sabe que realmente estoy bromeando, así que, añado—: Vamos a tu casa, ¿no?

Conforme ha cerrado la puerta, Henry me empuja contra ella, con un deseo que no puedo ignorar.

No de manera brusca, pero lo suficiente como para que mi espalda choque con la madera y su boca esté sobre la mía, antes de que pueda respirar.

El beso es intenso, urgente, y siento su cuerpo presionando el mío, como si no pudiera esperar más.

Mis manos suben instintivamente hacia su cuello.

Sus labios se mueven sobre los míos, con una mezcla de necesidad y desafío, y me besa como si quisiera devorarme. Siento sus manos recorrerme con firmeza. Creo que incluso la vuelta en moto nos ha parecido hasta más corta por las ganas de ambos.

Por un momento, Henry para de mover sus labios y deja una separación entre nuestros cuerpos y, con un movimiento rápido, se quita la camiseta de un tirón, dejándola caer al suelo.

—Si sigues así, vas a desnudarte antes de entrar a la habitación —bromeo, intentando mantener el control, aunque mi voz sale entrecortada.

Henry me mira con una sonrisa descarada. Su torso desnudo está apenas a centímetros del mío y sus ojos brillan con una intensidad que me hace estremecer.

—¿Quién ha dicho que vayamos a la cama? —responde, con esa maldita seguridad que siempre lo rodea.

Antes de que pueda contestar, me toma de la mano y me guía hacia las escaleras que llevan al piso de arriba. Subimos con rapidez, casi tropezando en el proceso.

Al llegar arriba, Henry se detiene frente a mí, sin dejar de mirarme con esa mirada que me tiene atrapada.

—Has dicho que querías venir a mi casa —dice, con voz baja y provocativa—. Así que yo pongo las normas aquí.

Su mano toma la mía y, antes de darme cuenta, me lleva al baño. Una vez dentro, abre la puerta de la ducha y me empuja hacia dentro, todavía con la ropa puesta. Mi respiración se acelera mientras lo veo girar el grifo.

—Henry, ¿qué haces? —le pregunto entre risas nerviosas—. No voy a mojar mi ropa. No tiene sentido.

Me quedo mirándolo, sintiendo cómo mi cuerpo se debate entre el impulso de reír y la incredulidad de la situación. Está de pie frente a mí, y, entonces, sin apartar los ojos de los míos, abre el grifo.

—No tienes otra opción, si quieres esto —dice, señalándose a sí mismo. Su cuerpo está mojado bajo la ducha.

Mis ojos se clavan en los de él. No puedo evitar morderme el labio.

Por una parte, mi cabeza me grita que esto es una locura y que no tiene sentido entrar con ropa, si luego nos la vamos a quitar.

Pero entonces está él. Su mirada penetrante, su cuerpo bajo el agua…

Hay algo en él que me atrae como un imán; algo que me dice que, si no hago esto, voy a arrepentirme.

«A la mierda el sentido común», pienso.

Respiro hondo y, antes de darme cuenta, ya he dado el paso.

Me meto bajo la ducha, dejando que el agua me empape de inmediato.

La ropa se pega a mi piel, el frío inicial me sacude, pero es solo un momento.

Lo miro, desafiándolo, y es ahí cuando sigo su mirada.

Y sé que ahora mismo, está agradeciendo que lleve una pieza de ropa que no necesita sujetador, porque mis pezones están evidenciando el frío que he sentido.

Henry mueve la posición del grifo, apartando la vista de mí, por un instante.

—Creo que así ya no tendrás frío. Aunque te aseguro que, dentro de poco, esta temperatura te va a molestar.

—¿Y si lo cierras? Sería mejor que…

—Después de la playa, ¿tú no te duchas o qué? —responde, acercándose a mí. Sus labios empiezan a deslizarse por mi cuello.

—Es que me parece que el agua…

Noto cómo frena sus movimientos.

—La apago, ¿vale? Y como sé lo que estás pensando, no soy de los que malgastan el agua. No soy como esos a los que seguramente odias. Y ahora, ¿podemos volver a lo que estábamos?