Fuera de contrato Capítulo 45
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Capítulo 45

La prórroga emocional: Cuando el tiempo reglamentario no es suficiente.

Henry

Una vez dentro, Milton, que así es como se llama, enciende las luces y vuelve a cerrar la verja. La sala interior no es muy grande, ya que lo que más utiliza la gente es el jardín que tiene en la parte de atrás.

—¿Quieres mirar los helados? —le pregunto, viendo cómo mira la vitrina—. Yo, mientras tanto, voy allí. —Señalo recto, donde se encuentra la zona exterior.

Suelo quedarme en las mesas de fuera, porque siento que tengo la libertad que necesito, a pesar de que sé que el local está cerrado. Puede sonar como una tontería, pero puedo estar tranquilo, sin pensar en si alguien me reconocerá o viviré cualquier situación similar.

En la mayoría de las ocasiones, Milton se sienta conmigo y conversamos un poco sobre la vida. Sé, por ejemplo, que su padre es mayor y que Milton le presiona para jubilarse, pero el hombre no quiere dejar la heladería. Supongo que, cuando estás acostumbrado a algo, cuesta desligarte.

Al dejar el teléfono encima de la mesa, veo que tengo más de diez notificaciones.

No me asusto, porque no me parece raro, incluso me parecen pocas.

Echo una ojeada por encima y veo que la mayoría son de Jack, de otros compañeros del equipo y un mensaje de Asher.

Asher:

¿Estás con mi hermana?

Henry:

Sí. Estamos en una heladería y luego la llevo a casa.

Todo bien.

Es a la única persona que contesto, porque, de cierta manera, siento que tengo esa responsabilidad de hacerlo.

Cuando escucho sus tacones, bloqueo el móvil y elevo la cabeza. La veo con una tarrina mediana y, si no me falla la vista, ha ido directa al chocolate. Pero no uno normal, sino el que lleva flores de cacao que estallan en el paladar. Está buenísimo.

—Buena elección.

—Gracias. —Sonríe de manera falsa, a propósito—. He encontrado esto también.

Estaba tan embobado mirándola, que no me había percatado de que en la otra mano llevaba unas revistas. Las deja encima de la mesa y no me hace falta mucho para analizar que son sobre mí.

Veo varias fotografías mías y algunos titulares sin sentido.

Y no, no tienen sentido porque no saben casi nada sobre mi vida.

La mayoría se lo inventan a base de rumores.

Un claro ejemplo de ello fue cuando pusieron que había roto la relación con mi madre.

Me reí con ella al teléfono por lo ridículo que era.

¿Tan raro es que una persona que no ha elegido ser famosa quiera pasar desapercibida?

—Aquí, al menos salgo guapo —digo, señalando la parte inferior de la revista.

Amber se sienta y, tras mi comentario, alza una de sus cejas.

—A mí solo me nombran para esto. —Mueve una de las revistas que estaba debajo y la pone arriba.

La fotografía es del día que fuimos al campus de niños y niñas. Arriba de nuestras cabezas está el siguiente titular: «Harrington y su nueva ilusión. ¡Pillados!».

—No tienen ni idea —gruño, mientras coloco la revista de las últimas. Pero no me conformo con eso, porque solo de verlas ahí encima, me molestan. Así que, me levanto y las tiro directamente a la basura—. No sé por qué Milton tiene esto aquí.

—La gente lo lee, Henry. —«Cierto», pienso—. Parezco…

—Ni se te ocurra decirlo. —Puedo intuir lo que piensa—. Eres futbolista, como yo. Eres de las mejores jugadoras, Amber. Ganasteis la puñetera liga el año pasado.

Ella resopla y, a pesar de que acabo de decir lo que pienso, sé que ella no ha creído del todo en mis palabras.

—¿Opinas que toda esta farsa hubiera funcionado sin mí?

—¿Qué?

—Tú eres el famoso… ¿No lo ves? Creo que… con otra chica les hubiera valido igual. Yo solo soy… ¿Un títere?

El helado, ante el calor, empieza a perder su forma y Amber ni siquiera lo ha probado. Cojo su cuchara y, sin ningún pudor, me tomo una cucharada.

—¿Me has pedido permiso…? —cuestiona, aun teniendo su cuchara en mi boca.

—Es que has pedido uno de los mejores helados —intento bromear.

Ella sonríe.

No suelo coger comida de los demás. Soy el típico que, aunque el plato de mi compañero tenga mejor pinta, no le pregunto si puedo probarlo, porque me conformo con lo que he pedido.

En caso de volver al mismo sitio, probablemente me pida ese plato y ya está.

En cambio, con Amber es diferente. Quiero decir, hemos intercambiado salivas, y no sé, siempre puedo ir a por otra cuchara.

O sea, solo tengo que levantarme y listo.

—¿Quieres otra? —pregunto, por si acaso.

Amber niega con la cabeza y yo, como un estúpido, sonrío.

—¿Está bueno?

—Ya te he dicho que te has pedido uno de los mejores.

Me quito la chaqueta del traje y la dejo en la silla. Luego, me arremango.

Amber se lleva la cuchara a la boca y, por fin, prueba el helado. Sus labios terracota se deslizan por la cuchara que hace un rato tenía en mi boca.

—Al final no nos hemos besado —suelto.

—Cierto. No ha hecho falta, ¿no?

Tiene toda la razón. No ha hecho falta porque yo estaba ahí arriba, ella abajo, al lado de su hermano y, luego, yo he ido a sentarme en el asiento que me habían asignado.

Supongo que la gente se habrá creído que nos hemos besado en el reservado.

Quizás, hasta en el momento en el que hemos desaparecido los dos.

—Lo que has dicho antes…

—¿Me vas a soltar un discurso desde tu postura privilegiada?

En otra ocasión, si fuera otra persona, quizás me lo tomaría de otra manera. Sin embargo, después de decir eso, Amber esboza una pequeña sonrisa y sé que esa frase tiene parte de verdad y de mentira.

—Yo les he dado esa imagen, Amber. Esos cotilleos no van contra ti, sino que yo mismo me he creado esa popularidad.

—¿Tú? —Carcajea con falsedad—. Si casi ni has tenido tiempo en tu carrera como para…

—Lo hice para que hablaran de eso y no de otras cosas. Prefiero que hablen de mis ligues, de cualquier chorrada, antes que, por ejemplo, de mi familia.

—Y ellas…

—Están de acuerdo. Si van a tener algo conmigo, saben que hay una gran probabilidad de que salgan en la tele, revistas, TikTok o lo que sea.

Muchas de ellas es justo lo que buscan. —Trago saliva—.

Cuando llegué a los Galácticos, era el pequeño, la futura estrella…

No tenía, todavía, esa fama. Pero, por motivos de la vida, a tu hermano fue al que se le ocurrió venderme así.

Es una de las consecuencias que tengo asumidas.

—¿Asher?

—Tu hermano tiene contactos. Sabe que… Bueno, le debo mucho, porque prefiero que mi imagen sea esa mierda de la que hablan, a otra que podría acarrearme problemas como futbolista. Tú tienes esa suerte de no salir en esas portadas, de que no hablen de cosas que desconocen.

—La mayor parte del tiempo, somos invisibles, pero, cuando alguna de nosotras empieza a asomar la cabeza…

, se nos echan encima. No has visto todo lo que dicen de mí, ¿no?

—Frunzo el ceño. ¿En las revistas? Llevo años sin leer nada de lo que proviene de ahí—.

En las redes sociales soy como esa garrapata que se pega a la nueva promesa.

—Tengo ganas de dar un puñetazo encima de la mesa.

No, de escribir un puto hilo en esa red social para que se enteren de quién es Amber Prescott—.

No sé lo que estás pensando, pero deja de apretar la mandíbula.

—No estoy apretándola —miento, intentando controlar la rabia—. Es que, ¡llevas años jugando, Amber! Debería darles vergüenza opinar así de una jugadora que…

—Estamos acostumbradas, Henry.

—¡No debería de ser así, joder!

—Harrington —al llamarme por mi apellido, me callo—. ¿Lo recuerdas? Están hablando de mí y soy yo quien decide qué hacer.

—No sé cómo puedes callarte tanto, en serio.

—Creo que, si les contesto, no gano nada, ¿sabes? En cambio, si lo demuestro en el campo, es una manera de callarles la boca.

—Que se preparen para la siguiente temporada, pues.