Capítulo 44
Corte defensivo: Un movimiento que parece simple, pero que es crucial para evitar que todo se desmorone.
Amber
Llevo dos horas con los brazos cruzados y mirando el teléfono por puro aburrimiento.
Lo más normal es que mi postura corporal esté ahuyentando a la gente, o que piensen que soy una persona asocial.
Y no les culpo, porque yo también pensaría así.
La realidad es que no estoy de humor. No llevo bien que alguien me dé indicaciones, y menos si es mi hermano.
¿Quién se cree que es para prohibirme a mí algo?
Durante este tiempo, he pensado en qué no querían que viera, y mi mente ha barajado muchas opciones.
Muchas. Sin embargo, hay una que no para de rondarme la cabeza y es que hay alguna chica, o chicas, dentro de esa habitación.
Eso explicaría por qué Henry ha pedido que me fuera y por qué mi hermano me intenta proteger.
No he sido capaz de calcular cuánto tiempo ha estado él ahí dentro. Así que, no tengo ni idea de lo que ha hecho. Y a mi hermano lo he perdido de vista, después de que me llevara casi a rastras hasta donde estaba la gente.
Mis ojos siguen deslizándose por la pantalla del teléfono, motivada por los estímulos visuales. Estoy tan absorta, que no me percato de que delante de mí tengo la sombra de un hombre.
—¿Amber?
—¿Hum? —verbalizo con pocas ganas de conversar, al darme cuenta de quién es.
—¿Podemos hablar?
—No me tienes que dar explicaciones de nada.
No he levantado la vista ni un segundo, porque sé que, el hacer contacto visual con Henry, podría debilitarme.
—Bueno, te recuerdo que estamos fingiendo ser una pareja.
—¿Y qué pasa?
—Queda un poco raro que estés… —Duda—. ¿Tan rancia conmigo?
—Puedes decir que me duele la cabeza.
De pronto, su mano me sujeta la mandíbula, provocando que nuestras miradas se encuentren. Debería estar perdida ante su mirada oscura, pero hay algo en su iris que se ha vuelto familiar.
—¿Qué prefieres, helado en tarrina o en cono?
La pregunta me descoloca. Tal vez no sea la pregunta en sí, sino que me la haga ahora, en este preciso contexto.
—¿Importa? —cuestiono, restándole importancia a mi respuesta.
—Todo lo que dices me importa.
«Joder, qué bien finge cuando hay gente alrededor».
—Tarrina. Suelo pedirme tarrina.
—Perfecto —dice, antes de cogerme de la muñeca y andar.
Mientras nos alejamos del reservado, me quedo mirando el sitio y a las personas. Creo que nadie se percata de que nos vamos.
—¿Me puedes llevar a casa, Henry?
—Claro. —Se gira—. Pero antes, déjame llevarte a un sitio.
No replico y, en ese instante, mi mente se pregunta dónde está la Amber quisquillosa, que cuestiona todo.
Salimos del sitio sin ningún problema, y no me extraña, porque ir con Henry es como tener ese pase VIP para todo.
Cuando estamos cerca del coche, nuestras manos se separan y lo abre. Él se acomoda en su interior, pero yo me quedo con la puerta abierta, pensativa.
—Deberías entrar otra vez —le digo, con sinceridad, apoyando mi mano en la parte superior del vehículo y agachando la espalda para mirarlo—. Has sido uno de los ganadores. Es tu noche, Henry.
—Y por eso mismo te estoy pidiendo que subas a mi coche, Amber.
—Harrington. —Parece que hemos empezado algún tipo de juego con nuestros nombres y apellidos.
—Prescott.
Resoplo y apoyo la cabeza en el lateral de la puerta, viendo la entrada del establecimiento en el que hace apenas unos minutos estábamos dentro.
Henry sale por la otra puerta y apoya sus dos brazos encima del coche, mirándome.
—Es mi noche, ¿no? —pregunta sin esperar respuesta—. Pues estoy eligiendo ya.
Después de decir eso, se acomoda de nuevo en el asiento del conductor. Esta vez, le hago caso y entro dentro del automóvil.
—¿Estás seguro de que es aquí?
Mi pregunta no es tan descabellada, teniendo en cuenta que estamos frente a un local con las luces apagadas y con todo, aparentemente, cerrado. Sin embargo, por el letrero sé que es una heladería.
—Sí, ahora viene.
—¿Ahora viene? ¿Quién?
—Es lo que tiene avisarle con tan poca antelación.
Henry eleva su brazo para señalar y es cuando veo al inicio de la calle que hay una persona viniendo hacia nosotros con andares rápidos.
—¡¿Acabas de llamar al dueño para que abra la heladería?! —exclamo.
El dueño no solo tiene suficiente con abrir por la mañana y por la tarde, fines de semana, y puedo intuir que, al ser una heladería, abrirá festivos, que ahora también lo hace en mitad de la noche por petición de Henry.
Me parece alucinante que no sea consciente de todo lo que sus privilegios pueden acarrear.
—No es…
—Te crees superior, ¿no? —Resoplo, moviendo los pies, pero sin irme muy lejos—. Dile que se vaya a su casa, por favor. No necesitamos ahora un helado, Henry.
—No es el dueño —consigue decir, al final.
—¿Me estás tomando el pelo?
La persona cada vez está más cerca. Sin embargo, parece haber frenado sus pasos.
—Es un familiar del dueño, Amber. Me debe muchísimos favores y se los cobro así.
—¿Así? —pregunto, porque quiero que salga de su boca.
—Mi asistente acordó con él los días en que puedo venir, mientras la temporada no está en marcha, y así poder venir aquí y tener privacidad.
—¿Tu asistente?
—Se encarga de todos los temas ajenos al fútbol. Él es quien elige hotel, lugar, sitio de eventos…
—Sé lo que es un asistente, Henry.
—Pensé que…
—¡Harrington! —El chico que parece tener treinta y tantos se acerca a él, y le da un apretón de manos—. Menos mal que estaba aquí al lado, ¿sabes? —Se gira para mirarme—. ¿Entramos?
No estoy a favor de esta situación. No me parece coherente utilizar la superioridad social para deseos individuales. Deseos que, probablemente, no sean urgentes.
—Será mejor que me vaya. —Oigo cómo Henry resopla y mi cuerpo da un par de pasos.
—Amber, ¿en serio?
—Deberías disculparte tú por hacer que este chico venga a estas horas…
—No quiero interrumpir esta… conversación, pero él no me obliga a nada.
—Ambos se miran—. Bueno, es cierto que le debemos mucho a Henry —el hecho de que utilice su nombre hace que me detenga—, pero ya es como uno más de nuestra familia.
Quiero decir… Muchas veces viene y ni siquiera come helado.
Por no hablar de las veces que me ha conseguido entradas, firmado…
—No creo que necesite tantos detalles. —Henry sonríe.
—Para mí es como si un amigo me estuviera pidiendo un favor. Así que, ¿por qué no iba a acceder?
Visto desde esa perspectiva… es diferente.
—Está bien. Entramos —acepto, mirándole.
Henry esboza una sonrisa y me coge de la mano, ya que, a pesar de lo que haya dicho esta persona, está claro que no sabe que fingimos y, después de que mi tono fuese hostil, hay que reconstruir las apariencias.
—Vas a flipar con el helado de chocolate.
—Ahora dentro le cuentas cómo conseguiste que esta heladería fuera de las más virales. —Le da a un botón del manojo de llaves que lleva y la verja empieza a subir.