Capítulo 43
Árbitro: La figura que impone orden, incluso cuando nadie lo quiere.
Henry
—¿Viste la cara de Jenkins cuando anunciaron al ganador? —pregunta Mark, riendo, recordando el momento en que dijeron mi nombre.
Asiento con una sonrisa, pero mi mente está en otro sitio.
De vez en cuando, lanzo una mirada en dirección a Amber. Está al otro lado de la sala, rodeada de otras futbolistas, riendo y gesticulando. No importa cuántas veces la vea, siempre consigue captar mi atención.
Mark continúa hablando de los discursos y de los momentos más destacados de la noche, pero mis pensamientos vuelven una y otra vez hacia Amber. Aún no sé cómo lo hace, pero logra distraerme con solo una mirada.
Desde que la gala se ha dado por finalizada, hemos ido todos a un reservado, dentro del propio auditorio. Es una sala privada que habíamos reservado solo para nosotros. Un espacio exclusivo para los jugadores y jugadoras, donde podemos relajarnos sin la presión de las cámaras.
Hay un catering dispuesto al fondo, con bandejas de comida, de las que algunos van picoteando.
Justo cuando estoy a punto de responder a mi compañero de equipo, siento una mano firme en mi codo. Me giro y veo a Asher con expresión seria.
—Tienes que venir —me dice en voz baja, sin más explicaciones.
—Ahora nos vemos —comenta Mark, guiñándome un ojo.
Asher y yo salimos del reservado y andamos por diferentes pasillos hasta una sala. Lo primero que me llama la atención es que hay un chico de seguridad en la puerta.
—Creo que sería mejor que te encargaras tú —dice, y el tono en su voz confirma lo que temo.
Mi corazón se acelera y una sensación de incomodidad empieza a formarse en mi estómago. Sé de qué puede tratarse, aunque, con todas mis fuerzas, espero que no sea eso.
Antes de que pueda procesar lo que sucede, escucho el sonido inconfundible de unos tacones acercándose por el pasillo. Me giro y la veo. Amber.
—Llévate a tu hermana de aquí —le digo a Asher. Mi voz es baja pero firme.
No puedo dejar que Amber entre en esto. Ahora no.
Asher asiente, pero no dice nada.
Antes de entrar en la sala, me giro un momento y los observo.
Amber parece estar confundida y, aunque Asher intenta guiarla hacia el otro lado, puedo ver cómo se resiste.
No entiende nada, claro. La incomodidad en su rostro es evidente y puedo imaginar las preguntas que deben estar acumulándose en su cabeza.
Está molesta porque, en el fondo, no puedes obligar a alguien a simplemente apartarse.
Sin dar más oportunidades a la situación, abro la puerta y la cierro detrás de mí.
—¿Te parece normal que traten así a tu padre? ¡Voy a denunciaros! —grita.
Me giro con lentitud y ahí está él, mi padre, perfectamente vestido, como siempre.
Lleva un traje oscuro, impecable, hecho a medida, que contrasta con el desorden que suele traer a mi vida.
Es un hombre que sabe cómo presentarse. Alguien que entiende la importancia de la apariencia, pero eso nunca ha sido suficiente para ocultar lo que hay detrás de esa fachada.
—No vas a denunciar a nadie —le digo con firmeza, sin titubear, mirándole directamente a los ojos.
Su boca se tuerce en una mueca de desprecio, pero en el fondo sé que estas amenazas vacías no van a ninguna parte. No tiene poder aquí y lo sabe tanto como yo.
—¿Por qué has venido?
—¿No puedo venir a felicitar a mi hijo? —Se acerca a mí y apoya las manos en mis hombros—. ¡Eres el mejor jugador, Henry!
—Con un mensaje me hubiera bastado. Además, sabes que tienen la orden de que si te ven…
—¿Por eso estoy aquí? ¿Has ordenado encerrar a tu propio padre? —Presiona los dedos en mi piel.
—No estás en la cárcel. No exageres.
Reduzco la importancia a la situación, porque sí, desde hace años aviso al personal de seguridad que mi padre no tiene entrada a ningún evento o recinto en el que me encuentre.
De manera disimulada, quito sus manos y me muevo por la sala.
—¿Sabes lo que va a significar ese premio, hijo? —Le miro con desdén—. ¡Vas a tener los patrocinadores que quieras! Es un punto de inflexión en tu carrera.
—No quiero más patrocinadores, ni dinero, ni nada. Quiero jugar al fútbol.
—Siempre has sido tan…
—Ojalá hubiéramos venido sin ti, papá.
—Sé que no lo estás diciendo en serio, y que esto es por la mierda que te ha metido tu madre en la cabeza —espeta. Sus ojos están llenos de rabia.
—Sabes que lo mejor es que no nos vean juntos. ¡Joder! —Elevo mi voz—. ¡Todo fue por tu culpa!
Se queda callado. Tan callado que, después de mi grito, la sala se vuelve fría e incómoda.
—No me obligues a decirles a los de seguridad que…
—No lo haré, hijo.
¿Por qué tengo la sensación de que ahora intenta darme pena? Le tendría que odiar. Ni siquiera tendría que dirigirle la palabra. Sin embargo, lo veo así e incluso me parece vulnerable. ¿Por qué es capaz de que sienta mil emociones a la vez?
—Gracias por felicitarme por el premio —digo, con una voz más calmada.
—Dale recuerdos a mamá —indica con la voz más suave, como si se aferrara a esa conexión familiar.
En ese momento, me envuelve en un abrazo.
Su colonia, un aroma a madera y especias, me transporta a momentos alegres de mi infancia.
Recuerdo aquellos sábados por la mañana, en los que preparar el desayuno juntos se volvió un ritual.
Era nuestro momento de reír, de soñar y de empezar el día con buen pie.
O cuando nos dio por decorar la casa con flores para el día de Año Nuevo.
Me pregunto si aún queda algo de ese padre que conocía.
Abro la puerta y le indico al de seguridad que todo está bien.
—Podéis acompañarle a la salida.
El personal de seguridad no necesita más palabras para seguir las indicaciones, entrando en la habitación.
Cuando mi padre nota que lo tocan por el codo, se zarandea.
Resoplo, porque no deseo ningún espectáculo más.
En cambio, enseguida me doy cuenta de que lo único que pretende es despedirse de mí. Sus manos están encima de mis hombros, me desea suerte y me pellizca la mejilla.
—No necesito que me cojáis. No voy a intentar nada. —Escucho que dice, al salir por la puerta.
Me siento un mal hijo, una persona horrible, pero sé que tiene que existir esta distancia entre ambos y que tengo que priorizarme.