Fuera de contrato Capítulo 35
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Capítulo 35

El descanso: Pausa necesaria para retomar la ilusión.

Amber

El bullicio del vestuario es una mezcla de risas, voces emocionadas y el sonido de los flashes de las cámaras.

Los niños y niñas, todavía llenos de energía a pesar del partido, se agrupan a nuestro alrededor, esperando su turno para una foto o un autógrafo.

La emoción en sus ojos es contagiosa, y me encuentro sonriendo más de lo que había previsto.

En un momento, uno de los fotógrafos sugiere que nos tomemos una foto con un grupo de niños, justo en medio del vestuario. Henry se inclina hacia mí, bromeando sobre lo caótico que se ha vuelto el día y, sin pensarlo demasiado, paso un brazo por su espalda para la foto.

Justo cuando las cámaras dejan de parpadear, uno de los niños se acerca de manera tímida, sosteniendo una pequeña camiseta en la que ya se ven varias firmas.

Sus ojos brillan con una mezcla de timidez y emoción, y me mira como si estuviera a punto de pedir un favor que no se atreve a formular en voz alta.

—¿Podéis firmarla los dos?

Henry y yo compartimos una mirada rápida antes de asentir.

Ambos nos agachamos para firmar juntos la camiseta.

Mientras lo hacemos, siento una mezcla de emociones que no esperaba. Algo ha cambiado, algo que no puedo ignorar.

—Gracias —dice el niño con una sonrisa tan amplia que me duele de lo dulce que es.

—De nada, campeón —responde Henry.

El niño se aleja, sosteniendo su camiseta como si fuera un trofeo.

Al ver que se une a sus amigos, algo en mi pecho se aprieta.

Hay una magia inexplicable en cómo los niños ven el mundo, tan puro y lleno de posibilidades.

Es un contraste abrumador con mi propia vida, donde cada paso parece calculado.

Me pregunto en qué momento perdí esa pureza, esa capacidad de soñar sin límites.

Quizás fue cuando entendí que el mundo no siempre premia el esfuerzo, que a veces no importa cuánto trabajes, porque siempre habrá quien dude de ti, quien minimice tus logros.

Henry se endereza junto a mí, observando al grupo con una ligera sonrisa en el rostro.

—¿Siempre te emocionas tanto con estas cosas?

—¿Y tú no? —respondo, arqueando una ceja—. No me digas que no disfrutas de esto.

Él se encoge de hombros, desviando la mirada hacia los niños.

—No es que no lo disfrute —admite—, pero a veces me pregunto si todo esto es suficiente para ellos. Nos ven como héroes, y no sé si cumplimos con ese estándar.

—Creo que no se trata de ser perfectos. Es más sobre mostrarles que pueden ser como nosotros, porque todo es posible si trabajan por ello.

—Tal vez tengas razón —afirma con una pequeña sonrisa que apenas roza sus labios.

Nos llaman para la foto final con todo el grupo.

Me muevo automáticamente hacia el centro, dejando que el organizador nos acomode como piezas en un tablero.

El ruido de los niños sube de volumen mientras el fotógrafo da instrucciones para la imagen.

Una niña pequeña, que no parece tener más de cinco años, se cuela entre nosotros.

Se aferra a la pierna de Henry con una sonrisa tímida, pero deslumbrante.

Él la mira sorprendido, al principio, pero luego le devuelve el gesto, levantándola con cuidado para que pueda estar en la foto.

No sé por qué, pero ver eso hace que algo en mi interior se suavice.

El clic de la cámara nos devuelve al presente y, con un aplauso final, el evento comienza a darse por finalizado. Los niños empiezan a dispersarse.

—Creo que hemos terminado aquí —anuncia uno de los organizadores, acercándose con una sonrisa—. Muchas gracias por vuestra paciencia y tiempo. Ha sido increíble teneros.

Asiento con una sonrisa educada, agradeciendo sus palabras, aunque mi mente ya está lejos, procesando la intensidad del día.

Henry murmura algo que no alcanzo a escuchar del todo.

Mientras ambos se alejan, aprovecho para dejar que el peso de las horas pasadas se asiente en mis hombros.

Los niños, ahora con menos energía, van saliendo del vestuario en grupos pequeños.

Algunos todavía abrazan sus balones firmados, y otros enseñan orgullosos las fotos en las pantallas de los móviles de sus padres.

Hay algo profundamente conmovedor en esta escena; una sencillez que me hace añorar momentos menos complicados.

Miro a Henry, que aún permanece de pie cerca de la puerta, con las manos en los bolsillos y una expresión tranquila en el rostro.

No parece tener prisa por irse. Sus ojos se pierden de manera breve en el grupo de niños que se despiden con efusividad y, por un segundo, me pregunto si está pensando lo mismo que yo: en lo pequeños que éramos cuando el fútbol era solo un sueño, una pasión sencilla, y no una responsabilidad envuelta en expectativas.

El representante de Harrington se acerca para comunicarme que ya tenemos preparado el taxi que nos llevará al hotel. Luego, se desplaza hasta donde está él, y nuestras miradas se encuentran.

Henry asiente mientras sus pasos se acercan a mí.

Ambos salimos del vestuario con su representante, dejando atrás el bullicio.

Tal y como nos había dicho, el taxi nos espera.

Cuando había escuchado la palabra taxi, me había imaginado el típico coche amarillo o blanco. Vamos, lo que se entiende por ese servicio. En cambio, veo un coche negro, con ventanas tipo lámina de espejo, que impide que seamos vistos desde fuera.

Una vez dentro, el vehículo se pone en marcha con un ligero chirrido de las ruedas sobre el asfalto, y, durante los primeros minutos, el único sonido es el suave zumbido del motor.

—¿Alguna vez te cansas de esto? —pregunto, rompiendo el silencio.

—¿De qué exactamente?

—De ser observado. De estar siempre bajo el escrutinio de todos, como si no pudieras permitirte un solo error.

Él se queda pensativo un momento, mirando por la ventana.

—A veces —admite finalmente—. Pero luego pienso en lo que tenía antes de todo esto y… Bueno, sería un imbécil si me quejara demasiado.

Asiento, comprendiendo perfectamente lo que quiere decir. No es fácil ser agradecido cuando el peso de todo parece caer sobre ti, pero a veces recordar de dónde vienes es suficiente para seguir adelante.