Capítulo 34
La línea del gol: El límite donde todo puede cambiar.
Henry
Estoy firmando camisetas sin parar. Cada vez que un niño se acerca con la suya en la mano, me agacho con una sonrisa y estampo mi firma en la tela.
He perdido la cuenta de cuántas llevo y de cuántas fotos me he hecho en la última hora.
Es parte del trabajo y, aunque puede llegar a ser agotador, ver las caras de los niños llenos de entusiasmo lo hace más llevadero.
Pero, entre cada firma y sonrisa, mi atención sigue desviándose hacia el otro lado del campo.
Amber está rodeada de un grupo de niñas que no la pierden de vista, mirándola como si fuera su heroína.
Habla con ellas, gesticulando y riendo, completamente entregada al momento.
Hay algo en la forma en que se mueve, en cómo conecta con ellas, que no puedo ignorar, aunque debería.
Cada vez que alzo la vista de una camiseta, mis ojos inevitablemente terminan en su dirección.
Un niño me llama la atención para otra firma, y vuelvo a lo que estaba haciendo, pero parte de mi mente sigue anclada en Amber, observando de reojo cómo interactúa con las niñas. Mientras me preparo para la siguiente foto, Tony me da un suave codazo, recordándome lo que viene a continuación.
—Recuerda que después de esto, Amber y tú tenéis que hacer el saque de honor para el partido —me dice, manteniendo su tono bajo pero firme.
Asiento, aunque mi mente sigue aún parcialmente distraída. El saque de honor es una parte importante del evento, ya que es una oportunidad más para mostrar la unidad y la igualdad que promovemos con este proyecto.
Al fin, termino de firmar la última camiseta y sonrío para una foto más. Luego, me dirijo a los niños y niñas que se han quedado esperando cerca, levantando la voz para que todos me escuchen.
—Si alguien se ha quedado sin firma, no os preocupéis. Os firmo después del partido, ¿vale? —digo, ganándome algunas sonrisas y asentimientos de agradecimiento.
Con eso, me dirijo hacia el centro del campo, listo para el saque de honor junto a Amber.
Esta, al parecer, ya está esperando.
Nos encontramos en el círculo central y cuando nuestras miradas se cruzan, compartimos una breve sonrisa. El bullicio alrededor nuestro se calma momentáneamente mientras nos preparamos para el saque.
—¿Listos? —pregunta el árbitro, sosteniendo el balón en sus manos.
—Listos —respondo, y Amber asiente a su lado.
El balón cae al suelo y ambos lo tocamos al mismo tiempo, lanzándolo hacia delante con suavidad para dar inicio al partido. Los niños y niñas corren de inmediato tras la pelota.
Nos retiramos hacia las gradas, donde Tony y algunos otros organizadores ya nos esperan.
Tenemos asientos reservados en primera fila, y es imposible ignorar las miradas que sentimos sobre nosotros.
Las cámaras no han dejado de seguirnos, y soy consciente de que cada movimiento que hacemos está siendo observado y analizado.
Nos sentamos uno al lado del otro. Las butacas son cómodas, pero la tensión sigue presente. En medio del bullicio del partido, me inclino un poco hacia Amber, manteniendo un tono casual.
Mientras el alboroto del partido nos rodea, saco el teléfono del bolsillo y le envío un mensaje rápido a Mark.
Henry:
Ya ha empezado el partido.
Mark:
¡Pasadlo genial!
Yo estoy en el mejor sitio del mundo: lejos de las cámaras.
No me envidies demasiado.
Sonrío ante la respuesta de Mark y guardo el móvil, volviendo mi atención al campo.
—Están dándolo todo —comento, refiriéndome al partido.
—Sí, tienen una energía envidiable —responde, con una pequeña sonrisa—. Me recuerda a mis primeros días jugando, cuando todo era por pura diversión.
La conversación fluye de manera natural y, por un momento, parece que la tensión se disipa un poco, aunque no del todo.
Mientras hablamos de las jugadas y de cómo algunos de los niños ya muestran un gran talento, no puedo evitar notar que seguimos siendo el centro de atención, con las cámaras apuntando hacia nosotros de vez en cuando.
Después de un rato, me inclino un poco más hacia Amber, manteniendo el tono casual. Me cubro la boca con la mano, asegurándome de que las cámaras no puedan captar lo que voy a decir.
—Sabes… —murmuro—. Si queremos hacer esto más convincente, podría apoyar mi mano en tu pierna.
Amber asiente.
Acerco mi mano de manera lenta y la coloco sobre su pierna, manteniendo un contacto que, a simple vista, parece natural.
Pero, mientras lo hago, mi mente empieza a divagar, recordando la forma en que sus labios se sentían contra los míos durante ese beso que no debería haber sido más que una actuación.
La suavidad de su piel, el calor de su cuerpo junto al mío…
Es como si esos recuerdos se estuvieran reproduciendo en mi cabeza, una y otra vez, sin que pudiera detenerlos.
«Piensa en el partido, Henry. El portero. La pelota. Esa falta».
Me obligo a concentrarme en el juego que se desarrolla frente a nosotros y en los gritos de los niños. En cualquier cosa que pueda distraerme de los pensamientos que se apoderan de mí.
—¿Qué te parece si hacemos una foto? —pregunta, con una sonrisa ligera—. Así etiquetamos a Football for All en redes y mostramos lo bien que va el evento.
Su propuesta me saca de mis pensamientos.
—Buena idea —respondo, asintiendo, mientras retiro mi mano de su pierna y saco el teléfono del bolsillo—. Vamos a darle un poco de visibilidad al proyecto.
Amber se acerca un poco más y ambos sonreímos mientras preparo la cámara. Pero, mientras ajusto el ángulo, una idea me cruza por la mente.
—¿Qué te parece si me das un beso en la mejilla para la foto? —propongo con una sonrisa que intenta ser despreocupada—. Así podemos poner una del partido y otra más personal. Seguro que eso llama la atención en redes.
Amber me mira por un segundo, evaluando la propuesta, antes de asentir con una sonrisa suave. Se inclina hacia mí y, justo antes de que tome la foto, siento el ligero roce de sus labios en mi mejilla.
Presiono el botón, capturando el momento y, al ver la imagen en la pantalla, no puedo evitar pensar en lo natural que parece. Es como si fuera algo más que una simple pose.
Ella coge mi móvil para subir las fotos y, mientras lo hace, no puedo evitar observarla un poco más de lo necesario.
—¿Llevas más tatuajes en las manos? —pregunto, casi sin darme cuenta.
—No, solo este. —Intenta elevar la mano, moviendo todo el teléfono—. Tengo dos. El otro está…
—En la parte del costado, ¿no? —digo, antes de que termine su frase—. Te lo vi cuando te bañaste en mi casa.
Me lanza una mirada rápida y, por un momento, parece sorprendida de que lo haya notado.
—Sí, exacto —indica con un tono más bajo. Es como si también lo recordara.
En el instante en el que el ambiente entre nosotros empieza a relajarse, escucho el sonido del teléfono de Amber vibrando en su bolso. Ella lo saca y me muestra el nombre que aparece en la pantalla. Es Asher.
No me parece extraño que la llame, ya que, por cómo es Asher, intuyo que se ha activado las notificaciones, tanto de mi cuenta como de la de su hermana, para cada publicación. Así que estoy seguro de que sabe que estamos juntos.
Amber se levanta y se distancia un par de metros de mí. Al rato, mi agente se me acerca.
—Henry —me dice en voz baja, captando mi atención—, después del partido, tenemos que hablar sobre los eventos que quedan en la agenda.
Asiento, aunque mi mente sigue dividida entre la conversación que Amber está teniendo y las palabras de Tony.
La llamada de Asher solo añade más peso a la situación y, aunque intento enfocarme en lo que Tony está diciendo, no puedo evitar que mi atención siga volviendo a Amber, ahora a unos metros de distancia, con su teléfono pegado a la oreja.