Fuera de contrato Capítulo 32
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Capítulo 32

Marcaje personal: Estar tan cerca que puedes predecir el siguiente movimiento.

Henry

El sonido de la puerta abriéndose de golpe me saca de mi concentración.

Levanto la vista del montón de correos electrónicos que llevaba horas ignorando y, antes de poder reaccionar, Jack, Mark y tres chicas que no reconozco irrumpen en el salón de mi casa, invadiendo mi espacio con una familiaridad irritante.

—¿Qué diablos hacéis aquí? —pregunto, sin poder ocultar mi sorpresa.

—Relájate, campeón —indica Jack con una sonrisa amplia, dejando caer una bolsa llena de cervezas sobre la mesa de centro—. Pensamos que te vendría bien un poco de compañía.

Miro a mi alrededor, observando cómo, en cuestión de segundos, mi casa se ha llenado de gente que no esperaba y, en el caso de las chicas, personas que ni siquiera conozco. La situación pasa de ser tranquila a caótica.

Mark, al notar mi expresión, levanta las manos en un gesto de disculpa.

—Oye, no ha sido idea mía —asegura, señalando a Jack con un gesto de cabeza—. Ya sabes cómo es.

—Lo sé —respondo, suspirando, mientras Jack empieza a rebuscar en la bolsa, sacando latas de cerveza y distribuyéndolas como si estuviera en un bar.

Con su sonrisa despreocupada, hace un gesto hacia las chicas que han ocupado el sofá con una confianza que solo podría venir de alguien como él.

—Ah, cierto, olvidé las presentaciones —dice Jack con entusiasmo—. Harrington, estas son Claire, Sophie y Anne. Chicas, este es Harrington.

Las tres me saludan con sonrisas coquetas y, aunque normalmente podría haberme divertido en una situación así, hoy no es uno de esos días.

—¿Había prensa fuera? —pregunto directamente, cortando cualquier intento de conversación casual.

La pregunta cae como una piedra en el ambiente relajado que Jack intentaba crear.

Mis compañeros se miran entre sí, antes de que Jack se encoja de hombros, sin perder la sonrisa.

—No he visto a nadie. Al menos, no de los que llevan cámaras —responde el que juega de central, como si eso fuera suficiente para calmar mis preocupaciones.

Pero su respuesta no me tranquiliza en absoluto.

La última cosa que necesito ahora es que esto se convierta en otro espectáculo para la prensa.

Ya tengo suficiente con lo que ocurrió anoche, y cualquier nueva aparición en los medios solo complicaría más las cosas.

Siento la tensión en mi mandíbula mientras trato de asimilar la situación, sabiendo que una simple visita de amigos podría convertirse en un circo mediático en cuestión de minutos si alguien decide vender la historia correcta.

Estoy a punto de decir algo más cuando escucho un golpe suave en la puerta. El nudo en el estómago se aprieta y un presentimiento extraño me invade.

—¿Esperabas a alguien? —dice Mark, levantándose para abrir la puerta.

Pero antes de que pueda hacerlo, me adelanto, con una sensación de anticipación que no puedo ignorar. Miro por el videoportero y ahí está. Amber.

El nudo en mi estómago se aprieta aún más al verla en la pantalla y, por un momento, me quedo congelado, procesando la situación. Respiro hondo, intentando mantener la calma, y abro la puerta.

—Amber… —murmuro, sintiendo cómo mi mente se llena de un millón de pensamientos contradictorios.

—¿Interrumpo algo? —pregunta con tranquilidad.

Antes de que pueda responder, escucho a Jack acercarse por detrás.

—Henry, hombre, ¿qué pasa? —exclama, mientras se asoma a la puerta, con una cerveza en la mano y una sonrisa que muestra que está totalmente ajeno a la tensión del momento.

Amber levanta la vista, y sus ojos se encuentran con Jack, seguido de una rápida mirada hacia el interior, donde ve a Mark y a las tres chicas acomodadas en el sofá.

La sorpresa se dibuja en su rostro y puedo ver cómo intenta procesar lo que observa. Esto no es lo que esperaba encontrar al venir aquí y la incomodidad en el aire es palpable.

—No sabía que tenías… compañía —dice Amber. Su voz cambia ligeramente, mientras sus ojos van de Jack a mí, esperando alguna explicación.

Me cago en todo. Esto es exactamente lo que no necesitaba ahora.

—Sí, bueno… —intento explicarme, pero las palabras no salen como quiero.

Las miradas de Amber y Jack sobre mí solo aumentan mi confusión. Estoy atrapado entre querer justificar lo que está pasando y la necesidad de que esto termine lo antes posible.

—No, no hace falta que me expliques —interviene Amber, con un tono que intenta ser ligero, aunque sé que no es más que una fachada—. No quiero molestar.

La incomodidad en su voz es evidente y sé que detrás de su sonrisa forzada, está imaginando lo peor. Después de todo lo que ha pasado, puedo entender por qué.

Estoy harto de las apariencias. Harto de que todo lo que hago parezca malinterpretado, de que cada situación se convierta en un terreno minado. Puedo imaginar perfectamente lo que Amber piensa de mí ahora, y no puedo soportarlo más.

De repente, la decisión se vuelve clara. Me giro hacia Jack, Mark y las tres chicas que aún están acomodadas en el sofá.

—Se acabó. Fuera de aquí —digo, con mi voz más firme de lo que esperaba.

Jack levanta las manos, incrédulo.

—Estás de broma, ¿no? —pregunta, mirándome como si hubiera perdido la cabeza.

—No, no estoy bromeando —respondo, con más convicción—. Necesito que os vayáis. Ahora.

Mark, que hasta ahora había estado observando en silencio, se levanta y le da una palmada a Jack en el hombro.

—Vamos, tío. Henry tiene razón. Ya hemos ocupado suficiente su espacio por hoy —dice de forma calmada pero firme.

Jack mira a Mark y luego a mí, claramente desconcertado por el cambio de tono en la habitación. Finalmente, deja escapar un suspiro y asiente, aunque no sin mostrar su desacuerdo.

—Vale, vale… Lo pillo —dice Jack—. Nos vemos luego, Henry.

Las tres chicas se levantan, claramente incómodas por la situación, y sin decir mucho, se dirigen hacia la puerta, seguidas por Mark y Jack.

En cuestión de minutos, la sala se queda vacía. El ruido y el caos son reemplazados por un silencio incómodo.

Amber sigue en el umbral, mirándome con una mezcla de sorpresa y algo que no puedo identificar del todo.

—Ya está. Se han ido —indico, sin saber realmente qué más añadir. Las palabras se sienten vacías, pero no sé qué más hacer en este momento—. ¿Quieres pasar?

Asiente y da un paso hacia dentro, cruzando la entrada con una expresión que aún refleja cierta incomodidad.

El ambiente entre nosotros sigue cargado de tensión, pero al menos ahora estamos solos.

Mientras camina por la sala, sus ojos recorren el lugar como si buscara algo específico. Al final, se vuelve hacia mí.

—En realidad, he venido para ver si me había dejado el cargador del teléfono. Lo traje el finde y no lo encuentro en casa…

—Sí, claro. Si no lo encuentras, tengo más de cinco cargadores que, bueno, por colaboraciones de…

—Me lo imagino —me interrumpe, con una leve sonrisa que no llega a sus ojos—. Debería ir… Sí, iré a la habitación en la que me quedé.

Amber se gira y se dirige hacia las escaleras sin mirarme. Su espalda está recta y sus pasos son firmes. No puedo evitar sentir un nudo en el estómago mientras la veo alejarse, preguntándome si hay algo más que debería decir o hacer para aliviar la tensión que ha quedado entre nosotros.

Pasados unos minutos, escucho sus pasos descendiendo por las escaleras. Amber aparece de nuevo en el comedor y esta vez con el cargador en la mano.

—Lo encontré —anuncia, levantándolo ligeramente, para mostrármelo.

—No hay problema —respondo con una sonrisa forzada—. Como te dije, si necesitas otro, tengo unos cuantos más.

Ella asiente, guardando el cargador en su bolso.

Por un momento, el silencio se instala otra vez entre nosotros.

—Bueno, será mejor que me vaya.

—Claro, nos vemos pronto.

La acompaño hasta la puerta y, mientras la veo salir, siento que algo dentro de mí se retuerce. No puedo apartar la vista mientras se dirige hacia su coche. La observo arrancar el motor, las luces delanteras iluminan la entrada de la casa, mientras se prepara para irse.

Permanezco ahí, en la puerta, inmóvil, hasta que el vehículo desaparece de mi vista.

Solo entonces cierro la puerta y me quedo un momento en la entrada, intentando procesar lo que acaba de pasar.

El silencio en la casa es ensordecedor, y me doy cuenta de que, sin pensarlo, ya tengo el mando de mi automóvil en la mano.

No sé en qué momento decidí seguirla, o si lo he decidido siquiera, pero aquí estoy, con el mando del coche entre los dedos, como si una parte de mí ya hubiera tomado la decisión antes de que mi mente pudiera alcanzarla.