Capítulo 30
MVP: Esa persona que no solo brilla en el juego, sino que eleva a todos los que la rodean.
Henry
La miro mientras lleva el vaso a sus labios, observando cómo sus dedos se curvan con delicadeza alrededor del cristal.
El movimiento es casi hipnótico, y mi atención se detiene en el tatuaje de su mano.
Amber lleva un vestido negro ajustado que resalta su figura, sencillo, pero elegante, con un escote en V que no es demasiado pronunciado, pero que atrae la mirada de todos en el restaurante.
Su cabello está suelto, cayendo en suaves ondas sobre sus hombros, y, aunque parece relajada, puedo ver la tensión en su postura, en la forma en que evita mantener el contacto visual durante demasiado tiempo.
Mientras ella sigue bebiendo, mi teléfono vibra en mi bolsillo. Lo saco y veo un mensaje de Mark.
Mark:
¿Mucho postureo o te estás divirtiendo?
Henry:
Postureo al máximo, como siempre.
Estabas mejor en las gradas.
Durante todo el partido, Mark ha estado en las gradas, observándonos desde la distancia.
Mark:
Deberías haberme avisado de la celebración.
Esa levantada… Casi hace que me caiga del asiento.
Amber deja el vaso sobre la mesa y por fin nuestros ojos se encuentran.
Hay algo en su mirada, una mezcla de duda e incomodidad, que refleja lo que yo mismo estoy sintiendo.
La tensión entre nosotros es palpable, como si ambos estuviéramos esperando que el otro diga algo para romperla, pero ninguna palabra parece adecuada.
—Entonces… —digo, rompiendo el silencio con una sonrisa que intento que parezca relajada—, ¿qué te ha parecido el partido?
—Supongo que fue un buen espectáculo para el público.
Tomo un respiro, decidiendo que es el momento de abordar ese tema, puesto que no consigo sacarlo de mi mente.
—Oye, mira, lo de la otra noche…
Pero antes de que pueda continuar, una voz tímida interrumpe nuestra conversación. Un hombre se acerca a nuestra mesa, con una expresión de disculpa en su rostro. Lleva de la mano a una niña de unos ocho años, que mira a Amber con ojos grandes y brillantes.
—Siento mucho molestaros —dice el hombre, claramente un poco nervioso—. No queremos interrumpir, pero es que cuando mi hija te ha visto, se ha emocionado tanto… Eres su jugadora favorita.
La expresión de Amber cambia por completo. La tensión se desvanece de inmediato y su rostro se ilumina con una sonrisa cálida y genuina. Es como si una chispa de alegría hubiera encendido algo dentro de ella.
—¡Oh, claro! —responde Amber, con voz suave y amable, mientras se inclina hacia la niña—. ¿Cómo te llamas?
—Sofía —dice la niña, con timidez, pero con una sonrisa que se va ensanchando a medida que Amber le dedica toda su atención.
—Sofía, es un nombre precioso —comenta Amber, y la niña sonríe aún más—. ¿Te gustaría que nos sacáramos una foto juntas?
La niña asiente con entusiasmo y, antes de que el padre pueda sacar su teléfono, me ofrezco para hacer la foto.
—Dejadme hacerlo a mí —digo, levantándome y tomando el teléfono del padre con una sonrisa—. Así salís los tres en la foto.
El padre asiente agradecido, y mientras preparo la cámara, observo a Amber interactuar con Sofía. La dulzura en su rostro, la atención que le presta a la niña… Tomo la foto, capturando la sonrisa radiante de Sofía y la expresión sincera de alegría en el rostro de Amber.
—Gracias —dice el padre con una sonrisa nerviosa mientras recupera su teléfono—. Esto significa mucho para nosotros.
—Gracias a vosotros —indica Amber, con suavidad y cargada de afecto—. Ha sido un placer conocerte, Sofía.
El padre y su hija se despiden y, mientras se alejan, la sonrisa de Amber permanece.
—No me había dado cuenta de cuánto necesitaba algo así —dice en un susurro, mientras su mirada sigue a la pequeña Sofía y a su padre alejarse.
—Momentos como este nos recuerdan por qué empezamos.
Ella asiente, todavía con una pequeña sonrisa en los labios.
Sin embargo, antes de que pueda responder, un sonido agudo y repentino rompe la tranquilidad del momento. Ambos nos quedamos quietos por un segundo, intentando identificar de dónde viene el sonido.
Nos miramos por un instante, confundidos, hasta que un parpadeo de luces rojas en el techo nos da la respuesta.
—¿Es la alarma de incendios? —murmura Amber, con incredulidad en su voz.
Una lluvia artificial y violenta estalla desde el techo, sentenciando nuestra cena al desastre. El restaurante entero se convierte en un caos en cuestión de segundos. La gente se levanta de sus mesas, nerviosa, mientras intentan cubrirse con servilletas y manteles.
—Esto no puede estar pasando —dice, sacudiendo la cabeza mientras el agua sigue cayendo.
—Parece que alguien se olvidó de bajar la temperatura en la cocina —bromeo, tratando de mantener el buen humor mientras ambos nos levantamos de la mesa.
Nos dirigimos hacia la salida junto con el resto de los comensales, todos igual de mojados y confundidos. El agua sigue cayendo a cántaros y, para cuando logramos salir del restaurante, estamos completamente empapados.
Una vez fuera, me giro hacia Amber, que está tratando de escurrir su cabello con las manos. No puedo evitar mirarla y sonreír al ver su aspecto empapado, tan diferente a como lucía hace solo unos minutos. Sin pensarlo mucho, levanto una mano y le aparto un mechón de cabello de la cara.
—Tienes el pelo chupado —digo con una sonrisa, mientras sus ojos se encuentran con los míos.
Ella suelta una risa, medio incrédula, medio divertida, mientras el agua gotea de su cabello y su vestido, pegando la tela a su piel y resaltando cada curva.
Su maquillaje ligero ha empezado a correrse un poco, pero hay algo en la naturalidad de su aspecto ahora, empapada y desarmada, que la hace ver incluso más atractiva.
—Gracias por la observación —responde con sarcasmo.
Mientras seguimos de pie bajo la luz de la calle, me doy cuenta de que la gente de alrededor nos mira.
Algunos con curiosidad, pero otros con sus teléfonos en la mano, probablemente grabando o tomando fotos.
En medio del caos, las cámaras de los paparazzi, que siempre aparecen en los momentos menos oportunos, comienzan a centrar su atención en nosotros.
La chispa en los ojos de Amber se desvanece un poco cuando nota las miradas y los destellos de los flashes, y, por un momento, parece dudar. Sé lo que está pensando: la presión de tener que seguir fingiendo, de tener que continuar con esta actuación.
Me acerco a ella, sin apartar la mirada de sus ojos, y bajo un poco la voz.
—Deberíamos de…
—Puedes besarme —me interrumpe.
Sin decir una palabra más, acerco mis manos a su rostro, acariciando con suavidad su mejilla, antes de inclinarme hacia delante.
Nuestros labios se encuentran en un beso que comienza como parte del guion, pero que toma una vida propia con rapidez.
Hay una urgencia en la forma en que nuestros labios se mueven, una necesidad de conectarse que va más allá de las expectativas de los demás.
Siento cómo sus manos suben a mi nuca, tirando de mí para acercarme más, como si este beso pudiera resolver todo lo que ha estado sin decir entre nosotros.
Cuando nos separamos, nuestras respiraciones están entrecortadas, y la realidad vuelve a golpearnos con la fuerza de los flashes y el murmullo de la multitud que nos rodea. Pero lo que acaba de ocurrir entre nosotros es más real que cualquier otra cosa que hayamos hecho hasta ahora.