Capítulo 28
Prueba de resistencia: El momento en que las piernas flaquean y los pulmones arden, pero seguir adelante no es opcional.
Henry
El gimnasio de Mark no es precisamente un lugar para los débiles.
Está montado en lo que antes era su garaje, pero ahora parece más un santuario del fitness que un espacio improvisado.
Las paredes están pintadas de un gris oscuro, decoradas con pósteres de figuras legendarias del deporte, y los espejos cubren casi todo el lado izquierdo, reflejando cada movimiento, cada gota de sudor.
En una esquina hay una pequeña nevera con agua y bebidas isotónicas, junto a un altavoz que siempre tiene música a todo volumen, aunque ahora suena algo más relajado porque ninguno de los dos tiene energía para más estímulos.
El suelo es de goma negra, diseñado para absorber el impacto de las pesas que, a juzgar por el estruendo que acaban de hacer las de Mark, están cumpliendo su función. Hay barras, discos, mancuernas y una cinta de correr que apenas usamos porque para eso ya tenemos el campo de fútbol.
Mark se recuesta contra el respaldo del banco, todavía jadeando, con su camiseta empapada de sudor. Su pelo, normalmente bien peinado, está ahora pegado a su frente. Parece agotado, aunque intenta mantener su actitud de siempre.
—Dime que hemos terminado ya —jadea, con esa mezcla de exasperación y súplica que solo él puede manejar.
—¿Qué pasa? ¿El gran Mark no aguanta una sesión? —bromeo, aunque mis propios brazos están al borde del colapso. Lo último que quiero es que note que yo también estoy al límite.
—No empieces, Henry —indica, moviendo la cabeza con fastidio y lanzándome una mirada que no deja lugar a dudas—. Estoy convencido de que haces esto solo para matarme.
—¿Te vas a quejar todo el día o vamos a seguir?
Me mira un segundo, y sé que está a punto de soltar algo sarcástico, pero al final solo se recuesta contra el respaldo del banco.
—Sabes que te odio, ¿verdad?
—Sí, pero sigues llamándome para entrenar y para estar en tu casa —respondo, encogiéndome de hombros mientras me siento en el banco frente a él.
El silencio se instala entre nosotros por un momento, roto solo por nuestras respiraciones pesadas y el leve zumbido del altavoz. Mark finalmente se inclina hacia delante, agarrando la toalla que tiene en el suelo para secarse el sudor.
—¿Ahora qué? —pregunta, aunque su tono sugiere que preferiría cualquier cosa menos otra serie de ejercicios.
—Podríamos terminar con algo más ligero —le digo, señalando la cuerda para saltar en la esquina del gimnasio.
Resopla, pero no comenta nada. En lugar de eso, me lanza una mirada de esas que dicen que está esperando que suelte lo que realmente tengo en la cabeza.
—Vale, ¿qué pasa? —pregunta. Directo, como siempre—. Llevas todo el entrenamiento con esa cara de que estás pensando demasiado.
—Estoy preocupado por no llegar físicamente bien.
Me lanza una de esas miradas largas, de las que atraviesan cualquier excusa. Luego, como si no pudiera contenerlo, se echa a reír, un sonido profundo y genuino que resuena en el gimnasio.
—¿Estás preocupado por no llegar físicamente bien? —suelta entre risas, con una incredulidad evidente—. Por favor, Henry. Si tú no estás en forma, ¿qué nos queda al resto?
—Te hablo en serio —indico, aunque mi tono no logra sonar tan firme como quería. Paso una mano por la nuca, incómodo—. Este año quiero hacerlo perfecto, sin errores. No solo para mí, sino también para todo el equipo.
Mi amigo se seca el sudor de la frente con una toalla, pero su sonrisa sigue ahí, medio divertida, medio comprensiva.
—¿Es Amber? —pregunta, directo al grano.
—No sé de qué hablas.
Una risa corta y cargada de sarcasmo llena el gimnasio.
—Claro que lo sabes. Me apuesto lo que quieras, a que todavía estás pensando en el casi beso.
Mi mandíbula se tensa, porque claro que estoy pensando en eso. Llevo días pensando en eso.
Quería besarla, no voy a mentirme a mí mismo.
Desde el momento en que propuse la idea, mi cabeza ya había decidido que lo iba a hacer, que iba a cruzar esa línea sin mirar atrás.
Pero, cuando llegó el momento…, algo en mí se detuvo.
Ella dijo que sí, que estaba de acuerdo, pero no quería ponerla en una situación que luego pudiera arrepentirse o sentirse incómoda.
Elegí la mejilla. Fue un acto de respeto disfrazado de cobardía pura. Porque claro que quería besarla, pero no deseaba que fuera bajo esas condiciones. No, cuando hay una nube de paparazzi al acecho.
—Habrá otro momento, seguro. Al fin y al cabo, sois novios, ¿no?
Sus palabras me sacan de mis pensamientos, no obstante, antes de responderle, cojo la toalla del banco y se la lanzo directo a la cara.
Es más que evidente que no le he contado ese acercamiento que tuvimos en mi casa. Ni tampoco el motivo por el que le llamé desesperado.
—Eres idiota, ¿lo sabías? —digo, negando con la cabeza mientras se ríe, quitándose la toalla y tirándola al suelo como si no hubiera pasado nada.
—Solo digo la verdad, amigo. No te enfades conmigo porque tú no te atreviste a dar el paso.
—No fue cuestión de no atreverme —respondo, cruzando los brazos—. Fue cuestión de hacer las cosas bien.
—Claro, claro. —Mark rueda los ojos con teatralidad—. Hacer las cosas bien. Seguro que te repetirás eso unas cien veces más esta noche antes de dormir.
—Mejor que estar pensando en cómo sobrevivir a este entrenamiento —le suelto, dándole un empujón ligero en el hombro.
—¿Sabes? —dice, levantándose para coger los discos de la barra—. Creo que deberías relajarte un poco. En serio. No todo tiene que ser tan complicado.
—Te recuerdo que mañana jugamos juntos.
—Créeme que estoy deseando ver eso .
El partido de mañana ha sido una iniciativa por parte de Football For All.
Han seleccionado a jugadores de los Galácticos y jugadoras del Estrella Negra, ya que somos la cara visible de su proyecto.
Es una buena iniciativa, la verdad, pero la idea de estar en el campo junto a ella, con toda la atención que seguro que estará puesta en nosotros, añade un nivel de presión extra que no necesito.
—Sabes que no todos los partidos son sobre tu vida personal, ¿verdad? —continúa Mark, interrumpiendo mis pensamientos.
—¿Sabes que no todos los comentarios tuyos tienen que ser sobre Amber?
—Va a ser divertido verte correr detrás de ella cuando te deje atrás con el balón.
—Jugamos en el mismo equipo, capullo.
—Eso lo hace aún mejor —dice ajustando la barra. Me levanto para ayudarle con el peso—. Podré verte intentando impresionarla.
Suelto un resoplido, pero una pequeña sonrisa se asoma en mi rostro.
—Bueno, al menos trata de no quedar mal delante de ella.
—No te preocupes, intentaré no hacerte pasar vergüenza.
Aunque no lo digo en voz alta, jugar en el mismo equipo que Amber, compartir el campo con ella como compañeros, se me hace extraño. Es como que el tema me gusta, pero, a la vez, no estoy acostumbrado a ello. Supongo que todavía tengo que procesar la idea.