Capítulo 27
Zona de contacto: Cuando la distancia se reduce y el impacto es inevitable.
Henry
El aire se ha vuelto sólido, una barrera invisible que vibra entre nosotros. Mis dedos se tensan en el borde de su tumbona, como si fueran lo único que me mantiene anclado a la realidad.
Casi sin darme cuenta, mi otra mano se mueve hacia su rostro.
Mis dedos rozan su mejilla con suavidad, explorando la calidez de su piel.
Es un gesto que no puedo controlar, que no quiero controlar.
Su piel es suave bajo mis dedos, y el ligero temblor que siento en ella solo intensifica la tensión que ya está a punto de desbordarse.
Ella cierra los ojos, como si mi toque fuera lo único que necesitara para desconectarse del mundo. El simple hecho de verla así hace que mi corazón lata aún más fuerte, como si estuviera golpeando contra las paredes de mi pecho, pidiéndome que siga adelante.
Pero entonces, la realidad me golpea. ¿Qué estoy haciendo? Esto no es lo que debería estar pasando. La razón y la emoción se enfrentan en mi mente y, por un momento, me siento completamente perdido, incapaz de decidir qué hacer.
Con un esfuerzo consciente, retiro mi mano de su rostro, aunque cada fibra de mi ser me pide que no lo haga. El aire que se había cargado de electricidad empieza a disiparse.
—Esto… Yo… Debería irme a mi habitación —balbuceo.
Amber abre los ojos, mirándome con una mezcla de sorpresa y algo que no puedo descifrar del todo.
Sus labios se entreabren, como si estuviera a punto de comentar algo, pero las palabras no salen.
Es como si ambos estuviéramos atrapados en una burbuja de incertidumbre, sabiendo que cualquier cosa que digamos ahora podría romper el poco control que hemos logrado mantener.
Me levanto de la tumbona, sintiendo el peso de mi propia indecisión, de lo que casi ocurrió y de lo que todavía podría pasar si me quedo aquí.
Cada paso que doy hacia la puerta parece un esfuerzo monumental, pero sé que es lo correcto.
La distancia entre nosotros se alarga con cada paso y, aunque estoy alejándome físicamente, la tensión sigue atada a mí.
Al fin, llego a mi habitación y cierro la puerta, apoyando la espalda contra ella por un momento. Debería sentirme aliviado, pero, en lugar de eso, una oleada de frustración y confusión me invade.
Camino hacia la cama y me dejo caer en ella, pero la sensación de alivio no llega. Necesito distraerme, necesito algo que me saque de este estado, pero mi mente sigue atrapada en lo que ocurrió en la terraza, en la cercanía, en el toque de su piel bajo mis dedos.
Ahora es cuando necesitaría el puñetero teléfono para hablar con Mark, para que me distraiga con alguna tontería, e incluso para reírnos de algo absurdo. Sin embargo, no tengo esa opción, y la soledad de la habitación parece hacerse más opresiva con cada segundo que pasa.
Me revuelvo en la cama, incapaz de encontrar una posición cómoda.
Me paso una mano por el pelo, intentando aliviar algo de presión.
Me doy cuenta de que no puedo seguir así, y me levanto, decidido a coger el teléfono.
La apuesta ya me da igual. Todo lo que quiero es el maldito teléfono, hablar con Mark y sentir que tengo algún control sobre esta situación que parece estar escapándose de mis manos.
Salgo de la habitación y me dirijo hacia la cocina, mi mente fija en una única idea: recuperar el móvil y olvidarme de todo lo demás.
Sin embargo, al salir veo a Amber, caminando hacia su habitación. Nuestros ojos se encuentran por un segundo, y el tiempo parece detenerse. Pero, antes de que pueda decir algo, ella ya ha cerrado tras de sí.
Mis pies me llevan casi sin pensar hacia su puerta.
Una vez que estoy enfrente de su habitación, me detengo.
Me quedo ahí, inmóvil, y mi mano se eleva con intención de llamar.
Una parte de mí quiere ir a buscar el teléfono, cumplir con lo que había decidido, pero otra parte, la que está más en sintonía con lo que acaba de pasar en la terraza, me dice que tal vez debería hablar con ella.
No sé qué hacer. No sé cuál es la decisión correcta, y el silencio en el pasillo solo parece amplificar mi confusión.
Doy un paso atrás mientras mi mano baja.
Tomo una decisión rápida, para deshacerme de la presión que siento que estoy acumulando, y empiezo a andar hacia la cocina.
Busco la caja donde guardé los teléfonos y cojo el mío.
El tono de llamada suena en mis oídos, y cada pitido parece marcar el tiempo que necesito para alejarme de la confusión que Amber ha dejado en mi mente.
—¿Qué pasa?
Al escuchar su voz, siento que algo en mí se relaja un poco. Esto es lo que necesitaba. Algo sencillo, algo normal, algo que no implique decisiones complicadas o emociones conflictivas.
—Mark, necesito que me distraigas. No me preguntes por qué, solo… háblame de cualquier cosa.
—Puedes coger el tuyo. El mío lo he cogido esta mañana —miento, mientras le señalo la caja encima de la encimera.
Amber me observa por un momento. Sus ojos buscan algo en mi expresión, pero no dice nada. Se dirige hacia la caja, la abre y coge su teléfono. No dice nada. Ni una palabra sobre lo que casi pasó, ni una mención a la tensión que todavía flota en el aire.
«Genial, vuelta a la casilla de salida», pienso.
La frustración burbujea en mi interior, pero la reprimo, sabiendo que no hay nada que pueda hacer en este momento.
Amber siempre ha sido buena en mantener sus barreras, y me doy cuenta de que, al menos por ahora, no voy a romperlas.
La oportunidad de hablar, de aclarar las cosas, se ha desvanecido tan rápido como apareció.