Fuera de contrato Capítulo 26
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Capítulo 26

Saque inicial: El comienzo de algo nuevo, lleno de potencial.

Henry

La película está llegando a uno de esos momentos emocionales, una de esas escenas en las que Disney sabe que toca el corazón del espectador.

Sin embargo, lo que me llama la atención ahora no es la película, sino Amber.

Cuando la música suave empieza a sonar, la veo secarse los ojos con el dorso de la mano.

—¿Estás llorando? —pregunto, tratando de sonar más curioso que burlón.

—No —responde de inmediato; demasiado rápido para ser convincente.

—Amber, te estoy viendo —insisto, inclinándome un poco hacia ella, intentando captar su mirada.

Ella se vuelve hacia mí. Su rostro muestra una mezcla de molestia y vergüenza, y sus ojos brillan más de lo habitual.

—Joder, ¿no podías mirar hacia otro lado?

No puedo evitar sonreír por su reacción. Hay algo genuino en verla así, algo que la hace parecer más humana, más accesible. Sin embargo, sé que insistir en ello podría hacerla sentir incómoda, así que decido no presionarla más. Solo me acomodo de nuevo en mi butaca, dejando que el momento pase.

—Vale, vale. No he visto nada.

El silencio se instala entre nosotros por un momento, mientras la película sigue su curso. Entonces, Amber rompe el silencio, aún mirando la pantalla.

—¿Cómo puede alguien ser tan leal, incluso después de todo lo que ha pasado? —pregunta en voz baja, refiriéndose claramente a la relación entre Hiro y Baymax.

Su pregunta me toma un poco por sorpresa. No porque no sea válida, sino porque no esperaba que se abriera de esa manera. Hay algo en su tono, una especie de vulnerabilidad que no le había escuchado antes.

—Supongo que es porque la lealtad verdadera no depende de las circunstancias, sino de los lazos que se crean —respondo, sin apartar la vista de la pantalla.

En lugar de continuar hablando del tema, Amber cambia de manera abrupta.

—¿Todavía hay periodistas?

La pregunta me saca momentáneamente de la película, obligándome a volver al presente.

—Algunos, pero no tantos como antes.

Ella asiente, aunque no parece del todo convencida.

El sonido de la puerta al cerrarse resuena en la noche mientras recojo las bolsas de comida que acabamos de recibir.

He aprovechado que venía el repartidor para mirar si todavía tenía gente en la puerta.

Por suerte, parece que la mayoría de los periodistas se han cansado de esperar sin obtener nada nuevo. Solo queda un par de ellos.

Suspiro, aliviado por la relativa calma que se ha instalado afuera. Aunque no es la libertad total, al menos puedo sentir que las cosas están empezando a volver a la normalidad, o al menos a algo que se le asemeje.

—¿Comemos aquí dentro o prefieres fuera? —pregunta Amber mientras me sigue hacia la cocina.

—Vamos fuera, a la terraza —respondo sin pensarlo dos veces.

Siempre me ha encantado salir a la terraza en las noches de verano. Hay algo en la combinación de la luz de la luna reflejándose en el agua de la piscina y la brisa cálida que hace que todo parezca un poco más tranquilo, más soportable.

La terraza es mi lugar de escape, un rincón donde puedo respirar profundo y dejar que el silencio de la noche me envuelva.

—Hace una noche perfecta para estar afuera —comento, desatando las bolsas y sacando las hamburguesas.

—Sí, la verdad es que sí —afirma Amber, y su mirada recorre la escena con una expresión de calma que no había visto en ella—. A veces es fácil olvidar que, incluso en medio de todo el caos, hay momentos así.

Nos sumimos en un cómodo silencio mientras empezamos a comer.

El primer bocado de la hamburguesa es pura satisfacción, y no puedo evitar dejar escapar un pequeño suspiro de alivio. Amber me lanza una mirada divertida, notando mi reacción.

—Me estaba muriendo de hambre. —Sonrío, y veo cómo sus labios dibujan una sonrisa.

La conversación se queda en segundo plano mientras seguimos comiendo, disfrutando de la comida y de la tranquilidad que nos rodea. El sonido del agua, el aire fresco y la luz suave de la piscina crean una atmósfera casi irreal, un respiro necesario en medio de la tormenta que ha sido todo esto.

—¿Te has detenido a pensar cómo hemos terminado en una situación como esta? —pregunta Amber de repente, con tono reflexivo mientras mira la piscina.

—Todo el tiempo —respondo con sinceridad.

La verdad es que no pasa un día sin que me lo pregunte. Cómo hemos llegado hasta aquí, a esta extraña convivencia, compartiendo momentos que nunca habría imaginado. Pero, al mismo tiempo, hay algo en esto, que se siente… correcto, de una manera inesperada.

—¿Está buena?

—Buenísima —indico, con una sonrisa sincera, mientras le doy un mordisco más a la hamburguesa.

Ella se ríe. Es un sonido suave y despreocupado que parece romper la tensión acumulada.

Terminamos nuestras hamburguesas en silencio, pero es un silencio cómodo, lleno de pequeñas sonrisas y miradas cómplices. El tipo de silencio que surge cuando dos personas están completamente a gusto en la compañía del otro.

Después de terminar, nos levantamos y, sin necesidad de decir mucho, nos dirigimos a las tumbonas junto a la piscina. Nos recostamos en ellas, dejando que el frescor de la noche nos envuelva.

Amber rompe el silencio después de un rato.

—Antes… he estado mirando tu casa.

Me giro ligeramente hacia ella, arqueando una ceja con un toque de extrañeza.

—¿Mirando? —pregunto, un poco desconcertado.

—Sí, pero no me había fijado en los detalles. Y me he dado cuenta de algo. —Hace una pausa, como si estuviera eligiendo sus palabras con cuidado—. No he visto ninguna foto familiar.

Es cierto que mi casa no está llena de fotos familiares, algo que muchas personas encuentran extraño, pero es una elección que hice hace tiempo.

—Mi madre prefiere mantenerse al margen de todo lo relacionado con el fútbol —le explico, notando cómo mis palabras suenan más frías de lo que pretendía—.

Al final, si alguien viene y ve una foto de ella…

En este mundo, cuanto más te expones, más vulnerable te vuelves.

A mi madre no le gusta la idea de que cualquier persona que entre aquí pueda saber quién es.

Amber asiente, como si comprendiera la lógica detrás de mis palabras. Sabe tan bien como yo lo difícil que puede ser mantener algo de privacidad cuando estás de forma constante bajo la lupa pública.

—Ella me apoya en todo, pero prefiere hacerlo desde la distancia. No es que no quiera estar cerca, sino que necesita esa separación para sentirse segura.

Nos quedamos en silencio por un momento, con el sonido suave del agua y la brisa nocturna llenando el espacio entre nosotros. Amber ha visto un lado de mi vida que no comparto con muchos, y lo ha aceptado sin juzgar, algo que, aunque no lo diga en voz alta, aprecio profundamente.

—¿Qué prefieres, un día de anonimato o un día donde puedas decir absolutamente lo que quieras, sin restricciones?

Amber sonríe. Es un gesto pequeño pero genuino, y parece pensativa durante unos segundos.

—Teniendo en cuenta que soy bastante anónima ya…

—No es cierto, Prescott.

—¿Cuántas veces te paran por la calle a ti? Más de dos, seguro. Yo, en ocasiones, en algunos sitios tengo que seguir enseñando mi DNI —afirma, con una sonrisa que no llega a ocultar del todo su frustración.

—Así que prefiero poder decir lo que me dé la gana.

—Igual así aprenderías a mentir —le respondo, con una risa suave—. ¿Quieres probar a decir una simple verdad?

Se queda pensativa por un momento. Su mirada se desvía hacia la piscina mientras considera sus opciones. Finalmente, se vuelve hacia mí, con una expresión que mezcla sinceridad y algo más, algo que no había visto antes.

—Vale, aquí va una verdad —dice, con su voz un poco más baja. Casi es un susurro—: A veces, cuando estamos así, solos y tranquilos… me doy cuenta de que estar contigo no es tan malo como pensaba.

Sus palabras me toman por sorpresa, pero no lo demuestro.

Me incorporo de manera lenta en mi tumbona, con mis ojos fijos en los suyos, mientras proceso lo que acaba de decir. Hay una honestidad cruda en su confesión, y sé que no fue fácil para ella decirlo.

Sin apartar la vista de su rostro, me acerco a donde está sentada, con mis movimientos cuidadosos pero decididos.

Apoyo una mano en el borde de su tumbona, inclinándome ligeramente hacia ella.

Puedo sentir la tensión en el aire. Es una mezcla de anticipación y algo más profundo; algo que hemos evitado durante todo este tiempo.

Amber no se mueve, pero sus ojos están fijos en los míos.

—No es tan malo, ¿eh? —murmuro. Mi voz es apenas un susurro, mientras me acerco un poco más, dejando que mi mano se mantenga firme en el borde de su tumbona.

Ella no responde de inmediato, pero el ritmo acelerado de su respiración delata que ya no estamos jugando.