Capítulo 22
Tiempo extra: Cuando el tiempo regular no es suficiente, y cada segundo cuenta.
Henry
La veo entrar con una maleta roja. Por su expresión, sé que esto no es fácil para ella; hay una mezcla de frustración y resignación que pesa sobre sus hombros casi tan palpable como la maleta que arrastra detrás de sí.
Este fin de semana, por acuerdo mutuo y a sugerencia de quienes manejan nuestras carreras, vamos a compartir mi casa.
En otro momento, me hubiera impuesto, pero siento que acarreo con gran parte de las consecuencias, por lo que acepté lo que me comentó mi representante sin queja alguna.
Además, mi casa es lo suficientemente grande como para no cruzarnos.
A medida que cierra la puerta detrás de ella, echo un vistazo a través de la ventana del salón. En la entrada de mi casa, sigue habiendo periodistas, y más tras el vídeo publicado. Supongo que quieren preguntarme qué tal estoy, si lo he visto y otras mil cuestiones absurdas.
—Puedes dejar tus cosas en la habitación de arriba de la derecha —le comento, mientras ella ya sube las escaleras.
—¿Sabes? A mí esta idea también me hace poca gracia —suelta de pronto, apoyando la maleta en el escalón—. Pero era esto o un puñetero fin de semana de vacaciones. Tú y yo. John casi había comprado los billetes.
—¿Y cuál era el destino? —Amber resopla—. Solo era curiosidad.
—Por favor, dime que tu habitación está a la otra punta de la mía —dice, cogiendo su maleta de nuevo y empezando a andar.
Subo las escaleras y me quedo tras ella, dejándole un espacio prudencial.
—Sí, es la última del pasillo —respondo cuando alcanzamos el segundo piso.
Amber abre la puerta de la habitación y entra sin vacilar. Sin lanzarme siquiera una mirada, coloca su maleta roja a un lado en el suelo, con un gesto mecánico, y comienza a inspeccionar su habitación temporal.
Observo desde el umbral cómo su mirada recorre de manera meticulosa la habitación, evaluando cada detalle: la cama amplia con su edredón de tonos neutros, las cortinas que cuelgan de forma elegante a cada lado de la ventana grande y las obras de arte abstractas que decoran las paredes.
—Santorini. Era Santorini.
—¿Prefieres quedarte en mi casa antes que un viaje a Santorini? Esto sí que no me lo esperaba. —Me apoyo en el marco de la puerta.
—Prefiero que sean dos días antes que una semana. Eso es todo.
Su respuesta es pragmática, cortante.
—Sí, supongo que una semana en Santorini suena como un sueño para la mayoría, pero en nuestras circunstancias… —Hago una pausa, buscando las palabras correctas—. Bueno, entiendo que prefieras minimizar el tiempo que tenemos que pasar fingiendo.
—Exacto. Además, ¿quién necesita el drama adicional de viajar juntos, lidiar con más paparazzi y más especulaciones? Aquí, al menos, podemos controlar el ambiente.
Amber se dirige hacia su maleta, agachándose para abrirla. Lleva un top blanco corto, ceñido y de tirantes, con una falda larga naranja que se ciñe a sus caderas antes de descender en una cascada de tela hasta los tobillos. La falda se mueve con elegancia con cada paso que da.
Decido alejarme de la habitación y dejarle algo de espacio mientras se instala.
Lleva horas sin salir de la habitación. He dudado en subir y preguntar si estaba bien, pero, más o menos, me puedo imaginar cuál sería su respuesta. Quizás, «¿a ti te parece que aquí puedo estar bien?», o «estoy mejor que bien».
Cuando estoy a punto de decidir si subo o no, el timbre de la puerta empieza a sonar. Me dirijo hacia esta, miro por la pantalla para comprobar quién es y decido abrir.
—Asher, hola —lo saludo, sabiendo que ha venido porque sabe que su hermana está aquí.
—Ey, ¿cómo va todo por aquí?
—Manejando las cosas.
—¿Y Amber? ¿Dónde está?
—Está… arriba, en su habitación.
Asher asiente, pasando una mano por su cabello de manera pensativa.
—Creo que voy a subir a verla, si no te importa. Solo quiero asegurarme de que esté bien.
—Por supuesto. —Le indico el camino.
Asher me da una palmada en el hombro agradecido, antes de dirigirse hacia las escaleras.
Aunque en mi interior no estoy completamente cómodo con la idea de tener a Asher también en mi casa, reconozco la necesidad de su visita.
Es su hermano y un compañero de equipo, y sería insensato de mi parte negarle la entrada.
Especialmente, sabiendo cuán protector es con Amber.
Además, no puedo ignorar la sensación de que Asher está aquí no solo para ver cómo está su hermana, sino también para vigilarme.
Lo noto en la forma en que me mira, evaluando y calculando.
Después de un rato, escucho pasos bajando las escaleras. Levanto la vista, esperando ver a Amber, tal vez más tranquila después de la charla con su hermano. Sin embargo, me sorprende ver a ambos, Asher y Amber, descendiendo juntos.
Asher se acerca con una sonrisa que no esperaba.
—Henry, me quedo a cenar, si no te importa. Y, por cierto, ¿dónde podemos ver la temporada de las chicas? Habíamos pensado ver el partido contra las Titanes del Valle, que Amber estuvo impresionante —anuncia, como si ya fuera un hecho decidido.
Su tono es amigable, pero firme, dejando claro que no está realmente preguntando, sino más bien informando de su decisión.
—Veo que no has cotilleado mucho en tu habitación, porque tienes una televisión que se abre desde el techo. Pero podéis verlo aquí en el comedor.
Mi compañero de equipo asiente y ambos se acomodan.
—Estaré en la piscina —digo, intentando sonar lo más desapegado posible.
Me alejo, sintiendo cómo el sonido de la televisión se enciende a mis espaldas. Camino hacia la piscina y, mientras me sumerjo en el agua fresca bajo la luz de la luna, no puedo evitar sentirme como si estuviera exiliado en mi propia casa.
«Estas horas van a ser interminables», pienso mientras nado de un lado a otro de la piscina, tratando de distraerme. La presencia de Amber y Asher en la casa, ocupando los espacios comunes con una facilidad que me sorprende, me hace sentir más como un extraño que como el dueño del lugar.