Capítulo 20
La marea roja: El flujo imparable de comentarios y juicios que te arrastra antes de que puedas reaccionar.
Amber
El sonido de las notificaciones es constante. Intento ignorarlas, concentrarme en los correos que tengo pendientes, pero mi móvil insiste en reclamar mi atención. #HarrBer es tendencia otra vez. Es como si todo el mundo tuviera algo que opinar sobre mi vida, menos yo.
Tomo el teléfono y deslizo para abrir Instagram. Los comentarios siguen llegando sin parar en las fotos de la sesión.
«Parecen tan naturales juntos».
«Por fin una pareja que me da esperanzas».
Y el clásico: «Ella no es suficiente para él».
Respiro hondo. Intento no dejar que las palabras de desconocidos perforen mi piel, pero algunas se quedan ahí, como astillas. No debería importarme, pero lo hace.
Han pasado dos días desde esa llamada. Dos días en los que las palabras de mi madre han ido de un lado a otro en mi cabeza, como un balón que no deja de rebotar en las paredes de mi mente.
«¿Desde cuándo estás con Harrington?». Su tono no era de reproche, ni siquiera de curiosidad.
Era algo más profundo, más desconcertante: una mezcla de orgullo y preocupación.
Y eso me golpeó más fuerte que cualquier otra cosa.
Mi móvil vibra en la mesa, interrumpiendo mi línea de pensamiento. Lo tomo sin abrir los ojos, esperando cualquier cosa menos lo que veo: un mensaje de Henry.
Henry:
¿Estás bien?
El mensaje me sorprende. Mi primer instinto es ignorarlo. Ya tenemos suficiente interacción programada como para añadir conversaciones espontáneas. Pero algo en la brevedad de sus palabras, en esa falta de la arrogancia que suele envolverlo, me hace dudar.
Escribo y borro varias veces antes de enviar:
Amber:
¿Por qué no lo estaría?
La respuesta llega casi de inmediato.
Henry:
Pareces cansada en las fotos de hoy.
No puedo evitar fruncir el ceño. Por supuesto que parezco cansada.
Porque lo estoy. Mi cuerpo está aquí, cumpliendo con entrevistas, sesiones de fotos y entrenamientos, pero mi cabeza está atrapada en las palabras de mi madre, en los comentarios de las redes sociales y en la constante sensación de que estoy perdiendo el control.
Amber:
Dos horas más de sueño y como nueva.
Lo envío antes de pensarlo demasiado, con la esperanza de que acabe ahí. Pero no.
Henry:
Quizás deberías intentar dormir más y preocuparte menos por lo que dicen.
Respiro hondo, sosteniendo el móvil con fuerza. Si fuera tan fácil como apagar un interruptor, ya lo habría hecho.
Amber:
Gracias por el consejo, pero no creo que las notificaciones dejen de sonar pronto.
La burbuja de escritura aparece. Se detiene y reaparece antes de que llegue su respuesta.
Henry:
Siléncialas.
O pásame el marrón a mí; te aseguro que tengo más recursos que un chatbot.
No puedo evitar sonreír, aunque no estoy segura de si lo hace porque realmente quiere ayudar o porque es incapaz de no bromear.
Mi dedo se queda suspendido sobre la pantalla. Por un momento, considero responder algo, pero cambio de opinión. Bloqueo el teléfono y lo dejo boca abajo sobre la mesa, como si eso pudiera apagar también las emociones que me ha provocado.
El apartamento está en silencio, salvo por el débil zumbido del frigorífico en la cocina.
Las luces amarillas del techo proyectan sombras largas y perezosas sobre el suelo, dándole al espacio una sensación de calma que contrasta con el ruido constante de mi cabeza.
Me echo hacia atrás en el sofá y dejo escapar un largo suspiro.
La parte más frustrante es que no puedo desconectarme. Podría silenciar las notificaciones, como ha sugerido Henry, pero no serviría de nada. No se trata solo de lo que dicen los demás. Se trata de lo que esto está empezando a hacerme sentir.
De repente, me pongo de pie, incapaz de quedarme quieta un segundo más.
Camino hacia la cocina y abro la nevera sin saber exactamente qué busco.
Mis ojos recorren los estantes llenos de yogures, botellas de agua y un par de sobras de la cena.
Nada parece especialmente apetecible, pero cojo una botella de agua y la cierro de nuevo.
Bebo un sorbo y camino hacia la ventana. La vista desde aquí no es nada espectacular: solo otro edificio de apartamentos al otro lado de la calle. Pero las luces parpadeantes y el movimiento ocasional de sombras en las ventanas me distraen, aunque sea por un momento.
Pienso en Henry. En la forma en que intenta ser amable, incluso cuando no tiene por qué hacerlo. No lo entiendo. No comprendo si es una estrategia para mantener las apariencias o si, de alguna manera, realmente le importa cómo estoy. Esa idea me desconcierta más de lo que quiero admitir.
Cuando acepté este contrato, lo hice pensando en los beneficios para el proyecto, para el fútbol femenino.
Pero ahora, cada vez que nos piden posar juntos, cada vez que nos hacen preguntas sobre nuestra «relación», es como si el papel que interpreto empezara a mezclarse con la persona que soy. Y eso me aterra.
Dejo la botella en la encimera y vuelvo al sofá, pero no me siento. Camino de un lado a otro del salón, como si el movimiento pudiera ayudarme a ordenar mis pensamientos.
La verdad es que no sé cuánto más puedo soportar esto.
No sé si estoy hecha para este tipo de exposición.
He trabajado toda mi vida para ser reconocida por mi talento en el campo, no por quién soy o no soy fuera de él.
Ahora, parece que todo el mundo está más interesado en mi vida personal que en mi capacidad para pasar el balón o distribuir el juego.
Miro el móvil de reojo, todavía boca abajo sobre la mesa. Sé que si lo desbloqueo habrá más mensajes, más menciones, más fotos. Y sé que, entre ellos, estará el último mensaje de Henry, esperando una respuesta que no pienso darle.
Tal vez, mañana me sienta más capaz de enfrentar todo esto. Pero ahora, en este momento, solo quiero apagar el mundo y recuperar un poco de mí misma.