Fuera de contrato Capítulo 18
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Capítulo 18

El cabezazo: Un remate decisivo que puede cambiar el resultado en el último momento.

Henry

—¿Qué te llevó a empezar a jugar al fútbol? —pregunto, rompiendo el hielo mientras observamos el menú.

—Siempre me ha gustado el fútbol. Mi padre jugaba en un equipo local y solía llevarme a sus partidos. Me enamoré del juego desde que era una niña. Cuando Asher y yo nos hicimos hermanos, jugábamos juntos todo el tiempo.

La sinceridad en su voz me sorprende. Amber parece más tranquila, más abierta, como si la conversación le resultara cómoda. No está tan a la defensiva como de costumbre, y eso me relaja un poco.

—Parece que siempre has estado rodeada de fútbol —comento, observando el menú—. ¿Alguna vez pensaste en hacer otra cosa?

Amber sonríe, y hay un destello de algo más relajado en su mirada.

—La verdad, no. Siempre ha sido mi pasión. No me imagino haciendo otra cosa. ¿Y tú? ¿Siempre quisiste ser futbolista? —me pregunta, girándose ligeramente para observar el restaurante.

Las paredes del establecimiento están adornadas con paneles de madera oscura y cuadros de artistas contemporáneos. La música de fondo invita a mantener una conversación agradable.

—No siempre —admito, sonriendo mientras recuerdo—. De niño estaba convencido de que acabaría siendo electricista, hasta que un balón se cruzó en mi camino y supe que quería ser futbolista. La emoción de correr en el campo, de marcar un gol… era algo que no podía ignorar.

Recuerdo los días en los que mi madre me llevaba al parque.

Siempre ha estado ahí, apoyándome en todo.

A veces, después de trabajar largas horas como asistenta de limpieza, me llevaba al parque y se sentaba en un banco, animándome mientras jugaba con otros niños.

Ella hizo muchos sacrificios para que yo pudiera tener esta oportunidad.

—No recuerdo mucho de Cuba —me sincero—. Solo mi habitación de allí, un parque y algunas imágenes borrosas.

Amber me mira con interés.

—¿Cuándo viniste?

—Tenía unos cinco años. Mi madre decidió que era el momento de buscar una vida mejor para nosotros.

—Debe haber sido difícil para ella, y para ti también.

La conversación se interrumpe cuando el camarero se acerca a nuestra mesa con una sonrisa cordial.

—¿Puedo tomar sus pedidos?

Amber y yo intercambiamos una mirada antes de devolver nuestra atención al menú.

Tras unos segundos, decidimos nuestros platos y el camarero anota todo con rapidez, antes de retirarse.

—Gracias —digo, mientras el camarero se marcha.

Hay un momento de silencio incómodo mientras busco algo de qué hablar, sin saber muy bien por dónde empezar. Miro alrededor del restaurante, mientras mis pensamientos están dispersos.

Amber lleva un vestido azul marino que resalta sus ojos claros. El diseño del vestido es sencillo, pero elegante, con tirantes finos y una falda que cae justo por encima de sus rodillas. El color contrasta con su color de pelo.

—¿Qué ha pasado con esos cinco minutos de quedar, hacer la foto e irnos? —pregunto, curioso.

Ella sonríe de manera ligera antes de responder:

—Quedaría raro que en un restaurante enseguida nos fuéramos, ¿no? Debemos hacer esto creíble.

Desconozco el motivo por el cual mi mente viaja hasta la rueda de prensa del otro día.

Aunque, en realidad, creo que es esa pregunta la que nos ha obligado a estar ahora mismo uno enfrente del otro.

Sin embargo, cada vez que la recuerdo, me hierve la sangre.

No sé en qué cabeza cabe preguntar a un profesional sobre su vida amorosa.

—Llevas razón. —Dejo el teléfono boca abajo encima de la mesa—. ¿Qué prefieres, pasar esta noche conmigo o estar lesionada la siguiente temporada?

—No me gusta ninguna opción.

—¿Tanto cuesta decir la verdad? Dudo mucho que quieras estar lesionada. Además, no soy tan mala compañía.

—Solo digo que hay peores cosas que soportar que una cena contigo, Harrington.

—Ah, ¿sí? —pregunto, alzando una ceja—. Entonces, ¿qué opción te parecería peor?

—Compartir cama contigo —responde, mirándome directamente a los ojos.

Su respuesta me sorprende, aunque intento no mostrarlo. No puedo evitar pensar en cómo sería esa situación, compartiendo cama con Amber. No sería un castigo en absoluto, más bien lo contrario.

—No sabía que me veías como una amenaza, Prescott.

Amber se inclina hacia delante, apoyando los codos en la mesa y estrechando los ojos de manera desafiante.

—¿Una amenaza? Me gusta mantener a raya a los egos inflados.

Me río.

—¿Qué prefieres, futbolistas u otro deporte?

—Alguien con cerebro, gracias.

La luz suave del restaurante se refleja en sus ojos, dándoles un brillo aún más intenso. Amber juega con el borde de su copa de vino, sus dedos se mueven con lentitud, como si estuviera calculando cada palabra antes de decirla.

—Oh, ¿quién ha sido el futbolista que te ha hecho pensar que no tenemos cerebro? Dime, ¿algún ex con problemas de autoestima?

Amber se ríe, y es un sonido ligero y despreocupado que me sorprende.

Justo en ese momento, el camarero aparece con nuestro pedido, interrumpiendo nuestra conversación. Coloca los platos frente a nosotros con una precisión impecable y el aroma delicioso de la comida llena el aire.

—No, solo algunos que creen que su talento en el campo se traduce automáticamente a otras áreas —comenta, mirándome con un brillo en sus ojos.

—Bueno, no se puede ser bueno en todo —replico, tomando un bocado de mi propia comida—. Pero estoy seguro de que hay áreas en las que se aprende mejor conjuntamente.

Amber detiene su tenedor en el aire, mientras una sonrisa lenta y llena de ironía se forma en sus labios. Sus ojos azules destellan con una mezcla de desafío y diversión. No puedo evitar notar cómo su postura se relaja un poco más, como si aceptara el desafío implícito en mis palabras.

—¿Qué prefieres, besarme o perder tu moto en una apuesta?

La pregunta me deja sin palabras por un momento, pero recupero de forma rápida la compostura, esbozando una sonrisa traviesa. La idea de perder mi moto es dolorosa, pero besar a Amber no es en absoluto un sacrificio. Además, su tono desafiante hace que la pregunta sea imposible de ignorar.

—Teniendo en cuenta que tendremos que besarnos en algún momento por el proyecto, es una pregunta un poco trampa, ¿no?

Amber se ríe, y, por un instante, todo parece más relajado, como si hubiésemos encontrado un ritmo en nuestra interacción. Quizás es porque ambos sabemos que todo esto es temporal, y que, más pronto que tarde, esta farsa habrá acabado.

—Puede que tengas razón —admite, tomando un sorbo de su copa de vino—. Pero es divertido ver cómo te las arreglas para esquivar la pregunta.

—No estoy esquivando nada —replico, recostándome en la silla—. La diferencia es que yo te he preguntado por dos cosas que sé que no querías, y tú, bueno, has mencionado una que no me importaría.

—Ya lo entiendo, eres incapaz de tener a una mujer delante y no ligar, ¿verdad? —pregunta sonriendo con ironía.

Me río y sacudo la cabeza, disfrutando del reto que representa Amber. La conversación fluye con una mezcla de sarcasmo y sinceridad que hace que el tiempo pase rápido. A medida que la noche avanza, noto que las barreras entre nosotros se desvanecen poco a poco.

—Deberíamos hacernos una foto. —Cojo mi teléfono—. Ya sabes, para que quede constancia de nuestra «cita».

Amber asiente y se inclina hacia mí, posando con una sonrisa. Tomamos un par de fotos, asegurándonos de capturar el ambiente del restaurante. Luego, revisamos las imágenes y escogemos la mejor para publicar.

—Perfecto —indico mientras subo la foto a Instagram con una leyenda sencilla.

La cena transcurre tranquila, sin sobresaltos. Al pedir la cuenta, dividimos el total sin problemas, demostrando que, aunque finjamos ser pareja, mantenemos cierta independencia.

Nos levantamos de la mesa. Amber alisa su vestido azul marino y yo ajusto mi chaqueta.

Caminamos juntos hacia la salida, con nuestros pasos sincronizados, tratando de mantener la imagen de una pareja relajada y cómoda.

Al acercarnos a la puerta, noto la tensión en su rostro, la forma en que aprieta los labios, y decido inclinarme hacia ella.

—Recuerda, somos una pareja feliz y enamorada —susurro antes de abrir la puerta del restaurante.

Amber asiente ligeramente, y sus labios se curvan en una sonrisa que no alcanza sus ojos.