Fuera de contrato Capítulo 12
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Capítulo 12

El tiro libre: Una chance para demostrar tu habilidad, si sabes cómo manejarla.

Henry

Es extraño estar aquí, en este coche que no es el mío, y con alguien que apenas conozco, más allá de algunas interacciones forzadas.

—No sabes la cantidad de gente que hay en mi casa —comento, ajustando el cinturón de seguridad—. Al menos ya hay seguridad.

Amber asiente y enciende el motor.

—Pon tu casa en el GPS. No sé dónde vives —dice, pasándome su teléfono.

Tecleo la dirección y se lo devuelvo, sintiendo un nudo en el estómago al pensar en lo que nos espera.

El viaje transcurre en un silencio incómodo, interrumpido solo por las indicaciones del GPS.

Intento distraerme, mirando por la ventana, pero mis pensamientos siguen volviendo a la locura que nos espera al llegar. La presión mediática es real, y no estoy seguro de cómo vamos a manejar esto.

Finalmente, giramos en la esquina de mi calle y veo a lo lejos la multitud de periodistas y cámaras que se han apostado frente a mi casa. Suspiro profundamente, tratando de prepararme.

Amber reduce la velocidad y se detiene frente a la entrada, donde varios guardias de seguridad ya están esperando. Los flashes de las cámaras comienzan a iluminar el coche, incluso antes de que salgamos.

—Bien, aquí vamos —dice Amber, apagando el motor y desabrochando su cinturón de seguridad—. ¿Listo?

—Listo como nunca —respondo, aunque no estoy seguro de creerlo.

Abro la puerta y me bajo, inmediatamente abrumado por el ruido y los gritos de los periodistas. Los guardias de seguridad se colocan a nuestro alrededor, tratando de mantener a la multitud a raya, mientras avanzamos hacia la entrada de la casa.

—¡Henry! ¡Amber! ¡Mirad aquí! —gritan algunos, intentando llamar nuestra atención.

Amber se acerca y me toma de la mano, en un gesto que debería destilar naturalidad, aunque en este instante resulte dolorosamente fingido. Aprecio su esfuerzo y trato de corresponder, sonriendo de manera leve a las cámaras mientras avanzamos.

Cuando alcanzamos la puerta, nos apresuramos a entrar.

Cierro la puerta tras nosotros, bloqueando el ruido y los flashes. Me recuesto contra la puerta, soltando un suspiro de alivio.

—Vaya espectáculo —señala Amber.

Asiento, sabiendo que tiene razón. Nos quedamos ahí parados por un momento, ambos respirando de manera profunda y tratando de procesar la situación. Luego, decido romper el silencio.

—Déjame enseñarte la casa —le digo, haciendo un gesto para que me siga.

Amber asiente y empezamos a caminar por el espacioso vestíbulo. Ella se detiene a admirar los detalles, desde las amplias ventanas hasta los muebles de alta gama. La llevo de manera rápida por las diferentes zonas de la casa.

—Esto es increíble —murmura Amber, mirando a su alrededor con ojos abiertos de par en par. Se detiene frente a una obra de arte contemporánea que cuelga en la pared, examinándola detenidamente—. ¿Cuánto vale todo esto? —pregunta, con su voz llena de curiosidad.

Me encojo de hombros y le lanzo una sonrisa casual. Lo cierto es que no sé si me está preguntando por el cuadro o por la casa.

—Pues no sé, creo que fueron unos… —Dudo por un momento, tratando de recordar la cifra exacta—. Bueno, bastante.

Amber se ríe de manera suave, negando con la cabeza.

—No me sorprende que tengas una casa así. Con todo lo que ganas en los Galácticos, esto debe ser un capricho asequible.

Me sorprende verla de esta manera, impresionada por la vivienda. Tendría que estar acostumbrada a este tipo de cosas. Es futbolista y, además, su hermano es Asher. ¿Acaso no ha ido nunca a su casa?

Amber, como si leyera mis pensamientos, añade:

—No estoy acostumbrada a tanto… dinero. Aunque lo haya visto de cerca por Asher, siempre me impresiona cuánto dinero mueve el fútbol —dice mientras sus dedos recorren con suavidad el borde de una mesa de mármol—.

Y luego se llenan la boca diciendo que no hay presupuesto para nosotras.

Joder, pues que os recorten a vosotros, ¿no?

La verdad en sus palabras me golpea. Ella tiene razón y sé que la desigualdad salarial en el fútbol es un tema delicado. Cuando vives en tu burbuja, es difícil darte cuenta de que no en todos los deportes, o incluso en el mismo, puede existir un abismo de diferencia.

—Ahora mismo me estás dando mucha rabia. Te lo juro, ¿eh…? —suelta de repente—. Joder, por eso intento no ir a casa de Asher.

Me río y le pregunto:

—¿Te damos rabia por esto? —La miro con una sonrisa divertida.

Amber se encoge de hombros, también sonriendo, pero con un deje de seriedad en sus ojos.

—Es complicado. No es solo la envidia. Es la frustración de saber que estamos haciendo el mismo trabajo, entrenando igual de duro, y, aun así, la diferencia es abismal.

Amber se sienta en el sofá de cuero negro, cruzando las piernas. El movimiento hace que el borde de su top verde cubra su abdomen, que hace un momento mostraba al caminar.

—Creo que, aparte del contrato que hemos firmado, tenemos que hablar de lo que vamos a hacer o algunas normas entre nosotros —comenta, mientras me siento a su lado.

—Estoy de acuerdo —respondo, sabiendo que tiene razón—. ¿Por dónde empezamos?

—Por las relaciones —dice ella directamente—. Si alguno de nosotros empieza a salir con alguien, tenemos que mantenerlo en secreto. Nada de fotos en redes sociales ni salir en público con esa persona. Y si la otra persona no es famosa, mejor ir a su casa.

—De acuerdo —indico, asintiendo—. Lo último que necesitamos es más complicaciones.

—Y las quedadas para las redes sociales pueden ser de cinco minutos. Hacemos la foto y nos vamos. No hace falta estar juntos más tiempo del necesario —añade.

—Y si hay algún evento importante al que tengamos que ir juntos, ¿qué? —cuestiono.

—Nos aseguramos de estar bien coordinados y actuar como una pareja normal. Nada exagerado. Solo lo suficiente para que parezca real —explica Amber.

Afirmo con la cabeza, dejando que sus palabras se asienten. Soy consciente de que la farsa no me resultará difícil. No con una mujer tan atractiva delante. Es fácil imaginarse en una relación con alguien como ella, aunque sea solo una fachada.

—¿Y si nos preguntan cómo nos conocimos o cómo surgió esto? —añado, tratando de pensar en todos los posibles escenarios.

Amber se queda pensativa por un momento, mientras sus dedos juegan con el borde de su top verde.

—Podemos decir que empezamos a hablar en un evento benéfico y que lo hemos mantenido en privado durante un tiempo. Algo sencillo y creíble —sugiere.

—Me parece bien. Suena convincente —acepto.

Nos quedamos en silencio por unos segundos, antes de que me atreva a abordar un tema más delicado.

—Y en cuanto a los besos… —digo, mirando directamente a sus ojos—. ¿Alguna clave para saber si cuento con tu permiso? Lo último que quiero es invadir tu espacio.

Noto cómo Amber desvía la mirada; sus ojos azules recorren la habitación antes de posarse de nuevo en mí. Su mandíbula se tensa y afloja mientras considera la situación, y puedo ver la ligera sombra de una duda en su rostro.

—Podría tocarme el cabello —dice mientras desvía la mirada y juguetea con un mechón de su cabello rubio, enroscándolo entre sus dedos.

—Ahora solo nos queda asegurarnos de que todo esto se vea lo más natural posible —indico, sintiéndome un poco más confiado en nuestra estrategia.

Amber asiente y, por un momento, el ambiente entre nosotros se suaviza.

Nos quedamos en silencio, contemplando las implicaciones de lo que estamos a punto de hacer. No será fácil, pero al menos estamos de acuerdo en las reglas del juego.