Fuera de contrato Capítulo 2
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Capítulo 2

Fuera de juego: Avanzas demasiado rápido y te quedas solo, con la esperanza de que alguien te alcance.

Henry

Abro la nevera en busca de algo que me devuelva a la vida. Encuentro una botella de agua y me bebo la mitad de un solo trago. Ganamos la Liga y la celebración fue tan salvaje como esperábamos. Este dolor de cabeza me recuerda de manera constante la fiesta de anoche.

—Buenos días, campeón —dice una voz detrás de mí.

Me giro y veo a Mark, uno de mis compañeros de equipo, apoyado en el marco de la puerta. Su sonrisa burlona no hace nada para aliviar mi dolor de cabeza.

—Buenos días, no tan buenos —respondo, a la vez que me masajeo las sienes.

—Cualquiera diría que eres de los jóvenes del equipo —se burla—. ¿Has dormido algo?

—Un par de horas, tal vez —respondo y me encojo de hombros—. La fiesta fue épica.

Mark es el tipo de jugador que siempre sabe cómo levantar el ánimo del equipo, tanto dentro como fuera del campo.

Me fijo en su cabello oscuro y desordenado, que casa genial con su barba de unos pocos días que le da un toque descuidado.

Todo él contrasta con su trabajo en el campo, ya que es uno de los mejores defensores que he conocido.

Me sirvo una taza de café, me dejo caer en una silla y observo la cocina a mi alrededor.

—Quizás se nos fue un poco de las manos. —Sonríe—. Agradezco que no fuese en ninguna casa. No sé si esta isla hubiera aguantado el peso de tantas personas. —Da un par de golpes.

La isla central está hecha del mismo cuarzo que las encimeras y, pese a que no recuerdo su precio, no tengo intención de comprobar cuántas personas soporta.

—Ni de coña hubieran subido aquí.

—Lo que podíamos hacer es subir las persianas de una vez, y dejar que esta lámpara —mira hacia arriba—, descanse.

Lo positivo de lo que acaba de decir es que ni siquiera me tengo que levantar para ello, porque tengo gran parte de la casa domotizada. Así que pido que las persianas se empiecen a elevar.

—¿Quieres café? —le ofrezco mientras me levanto para dejar la taza en el fregadero.

—No, gracias. Creo que necesito algo más fuerte que el café —bromea. Se sienta frente a mí y me comparte anécdotas de la noche anterior que yo ni recuerdo.

Mientras escucho sus historias, mi mente divaga.

Pienso en el partido de ayer. La manera en que jugamos, en que dominamos el momento del encuentro.

La victoria nos pertenecía desde el pitido inical; lo percibí en cada entrada, en cada gol.

No había manera de que el otro equipo pudiera recuperarse a menos que tuvieran un golpe de suerte increíble.

—Disfruta de la victoria, mientras puedas, colega —afirma, y me toca el pelo con una sonrisa.

Mi cabello, negro como la noche, se queda inmóvil. Uno de los motivos es porque lo llevo bastante corto. De hecho, suelo cortármelo enseguida porque lo tengo rizado.

—Sí, supongo que tienes razón —digo, entre risas—. Por cierto, ¿en qué momento te invité a mi casa?

—No sabía que necesitara una invitación tuya. —Se hace el ofendido.

—¿Y qué pasa si me hubiera traído a alguna chica? —Levanto la ceja.

—Conforme estabas ayer, ya te digo yo que no —se burla—. Por cierto, David está duchándose.

—¿En serio?

Ni siquiera sé de qué chico me habla, porque, siendo Mark, me puedo esperar cualquier cosa.

—Es broma, colega. Relájate, que eres campeón de liga.

Nos reímos juntos y el ambiente se calma.

Es bastante normal que Mark esté en mi casa. Nos llevamos tan bien que ambos tenemos llave de la casa del otro. Nuestra amistad va más allá del fútbol.

Solo llevo una temporada en los Galácticos y, desde el principio, Mark me acogió superbién.

No sé si es porque estamos cerca de edad o qué, pero es con el que mejor me llevo en el equipo.

Desde el primer día, fue el tipo de compañero que te hace sentir como en casa; el que te cubre las espaldas dentro y fuera del campo.

No es fácil ser el chico nuevo en un equipo tan grande, pero Mark hizo que la transición fuera casi imperceptible.

El móvil no deja de sonar sobre la encimera.

Me estiro un poco para verlo y, tras desbloquearlo con el reconocimiento facial, veo que tengo más de diez llamadas de Toni, mi representante.

Ruedo los ojos y suspiro. Antes de hablar con él, necesito recuperarme de esta resaca.

Mark parece que lo nota, porque chista la lengua y me da la solución a casi todos mis problemas.

—Date una ducha, anda.

Me levanto con esfuerzo y me dirijo al cuarto de baño. Las paredes están revestidas de mármol blanco con vetas grises y el suelo de baldosas negras contrasta de manera elegante. Un gran espejo ocupa casi toda una pared, con luces led integradas que proporcionan una iluminación suave y agradable.

La ducha es una obra maestra en sí misma: una cabina de cristal con múltiples cabezales que permiten ajustar la presión y la temperatura del agua al gusto.

Dentro de la cabina, hay un estante de mármol perfecto para dejar productos de baño.

Al lado, una bañera de hidromasaje invita a relajarse, aunque hoy solo necesito algo rápido para despejarme.

Me meto en la ducha y dejo que el agua caliente me ayude a aliviar el dolor de cabeza y el malestar general. Mientras el vapor llena el baño, empiezo a sentirme un poco más humano. La resaca cede y la mente se me aclara poco a poco.

Después de un rato, salgo de la ducha y me envuelvo en una toalla.

Me siento mucho mejor, aunque todavía queda un largo día por delante.

Me miro en el espejo y observo mi reflejo.

Mi piel negra brilla por el agua y el vapor.

Mi cabello corto aún gotea, pero ya vuelve a su forma habitual.

Mis ojos, de un marrón profundo y aún velados por el cansancio, recuperan poco a poco su chispa habitual.