Fuera de contrato Capítulo 1
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Fuera de contrato

Fuera de contrato

Por Ana Cabo

© inepub.com

Capítulo 1

El pase de la muerte: Cuando el favoritismo y las comparaciones amenazan con dejarte en desventaja.

Amber

Nos apretujamos alrededor de la televisión, observando cada movimiento en el campo de juego. Mis compañeras de equipo y yo solemos reunirnos para las finales de las competiciones, por lo que, ver si los Galácticos ganan la Liga o no, no iba a ser la excepción.

—¿Has visto ese pase? ¡Increíble!—exclama Sam con la voz llena de admiración.

Aprieto los dientes y esfuerzo una sonrisa.

—Sí, son buenos.

No he dicho nada que las demás no supieran.

Al fin y al cabo, se juegan ganar el título de la Liga, por lo que es evidente que son buenos.

No dudo de sus habilidades; aun así, me cuesta tragarme sus partidos, lo admito.

No por nada, sino porque la rabia me corroe por dentro al comparar las atenciones y los recursos que reciben frente a lo que nos otorgan al fútbol femenino.

El sonido de una bolsa de papas vacía me saca de mis pensamientos. Sam echa un vistazo dentro de la bolsa con decepción.

—¿No hay más? ¿En serio?—Mira al resto—. ¿Quién cojones se las ha comido todas?

Los ojos azules de Sam, nuestra defensa, se pasean por cada una de nosotras buscando a la culpable.

No tiene ni siquiera que levantarse, puesto que, como no cabíamos en el sofá de dos plazas que tengo, hemos formado un círculo imperfecto alrededor de la televisión.

Es el inconveniente de tener un apartamento modesto, aunque reconfortante.

—Voy a bajar a la tienda—anuncio, levantándome—. ¿Queréis algo más?

—¿Galletas?—pide Alison, nuestra portera.

Es increíble cómo alguien, con el cabello corto y un aire tan desenfadado, puede transformarse en la portera más imbatible de la Liga. Sus reflejos y su lectura de juego son inalcanzables; sin embargo, en este instante parece más centrada en sus galletas.

—Chocolate—exige Mia, mi compañera centrocampista.

—Más papas—reitera Sam.

Tomo nota mental de todas las peticiones y me dirijo a la puerta. A pesar de la antigüedad del edificio, hay un cierto encanto en sus paredes de ladrillo y su diseño clásico.

Salgo al aire fresco de la calle y camino hacia la tienda de la esquina, un pequeño comercio familiar que es nuestra salvación en momentos como este.

—¡Amber!—me saluda Luis, el dueño de la tienda, con una sonrisa—. ¿Lo estáis viendo?—Señala el partido en la pantalla de su televisión. Asiento con la cabeza—. Harrington acaba de marcar un golazo.

Frunzo el ceño, extrañada porque cuando he bajado el marcador todavía iba cero a cero.

Al elevar la vista, me doy cuenta de que, en este período de tiempo, el delantero de los Galácticos ha marcado el primer gol.

La pantalla muestra al portero mientras atrapa el balón con sus manos. No puedo evitar sonreír al verlo.

—Dicen que le van a dar el premio al mejor jugador joven de la Liga.

—¿No me digas?—Me desvío hacia el pasillo para coger primero las papas—. ¿Sabes con quién no pasó eso? Con Alisha—respondo sin que pueda contestar.

Alisha destacó hace dos años en la competencia nacional. Y, aunque me duele decirlo, porque no era de mi equipo, se merecía ese premio.

—Y eso que llevaba dos goles más que ese delantero—afirmo con desdén, refiriéndome a Harrington—. ¿Has cambiado el chocolate de sitio?—pregunto tras mirar en los estantes sin encontrarlo.

—Sí, ahora está en el pasillo dos—responde—. Deberían de cambiar las cosas—añade con relación a la diferencia que existe entre jugadores y jugadoras.

—Sí, deberían.

Cojo lo último que me han pedido y me dirijo hacia la caja. La tienda siempre tiene un aire acogedor, con estantes llenos de productos variados y el sonido de la radio de fondo.

Al llegar al apartamento, empujo la puerta con el pie y entro, cargada de bolsas.

Me sorprendo al ver que somos una más: Alex, extremo izquierdo de la Estrella Negra.

Además de ser una excelente jugadora, se ve obligada a tener otro trabajo —porque, como era de esperar, profesionalizarse en el fútbol femenino sigue siendo una utopía para muchas— en la empresa familiar de su padre, lo que la obliga a dividir su tiempo entre el fútbol y sus responsabilidades familiares.

Y por eso, justo por eso… siempre llega tarde.

—¡Suministros entregados!—anuncio, dejándolos sobre la mesa.

—Te has perdido el golazo—indica Sam, sin apartar la vista de la pantalla.

—Sí, algo me han dicho—respondo, intentando no sonar demasiado desinteresada.

Mis compañeras vitorean mientras se abalanzan sobre las bolsas. Me uno a ellas, tomando una cerveza y volviendo a la silla justo a tiempo para ver otro impresionante pase en el partido.

—¡A ver cuándo das un pase así, Mia!—bromea Sam, con una sonrisa.

Mi compañera de campo levanta las manos en señal de rendición.

—No te puedo dar ese pase si no sabes leer las jugadas.

—¿Perdona?—Carcajea.

—Como oiga una queja de mí, os vais fuera de mi casa—añado, en el mismo tono de guasa que inunda el comedor.

La risa estalla de nuevo entre nosotras y llena la sala de buen humor. La camaradería es lo que nos mantiene unidas, y estos momentos de broma y diversión son tan importantes como cualquier entrenamiento.

Nos acomodamos para ver el resto del partido, mientras los comentarios y las bromas fluyen con facilidad.

Los Galácticos van a ganar, lo sé por la manera en la que están jugando.

Tendría que pasar algo muy improbable para que los otros empezaran a dominar, o tener un golpe de suerte descomunal.

Es frustrante ver cómo se llevan toda la atención mediática, las entrevistas y los titulares.

El año pasado nosotras ganamos la Liga, aunque la repercusión fue prácticamente inexistente.

Ni en las redes sociales ni en la televisión.

Me acuerdo de cómo, después de nuestro triunfo, revisaba las noticias esperando ver algo sobre nosotras, pero todo lo que encontré fueron unas pocas menciones y artículos insignificantes.

La injusticia de la situación me llena de una rabia silenciosa cada vez que lo pienso.

Observo a mis compañeras y no puedo evitar sentir una mezcla de orgullo y frustración.

Nosotras también trabajamos duro, también merecemos ser reconocidas, pero parece que el mundo del fútbol aún no está listo para darnos el lugar que merecemos.

Mientras tanto, seguimos adelante, luchamos por nuestro espacio, porque sabemos que, tarde o temprano, nuestras victorias hablarán por sí solas.