Capítulo 85
El foco de búsqueda deja de iluminarlos cuando el helicóptero abandona la cubierta en busca de algún lugar en el que tomar tierra.
En la re cobrada oscuridad, Uve ve titilar los ojos de Jota, que se niega a aceptar lo que ocurre.
La ventolera sacude su sudadera abierta y el tirador de la cremallera cascabelea en el aire.
—No podemos seguir. —Uve pronuncia las palabras que ambos piensan, las únicas que describen la realidad—. Aquí paramos.
A Jota se le adivinan las ganas de contestar, como ya hizo antes en mitad de la carretera, que ahí no hay nada, que ahí no pueden parar.
De animar a Uve, con un movimiento de barbilla, a seguir adelante, por otro montón de caminos que aún pueden recorrer juntos.
Pero en lo alto de ese faro en ruinas, rodeados por mar, agentes policiales, coches patrulla y un helicóptero, los caminos se han agotado.
—No podemos —niega Uve.
Jota se agarra a las correas de la mochila y gira sobre sí mismo observando el firmamento, como si deseara poder salir volando o esperara encontrar una última señal, invocar un último milagro, que les permita seguir escapando.
Y, aunque Uve sabe que han extinguido todas las opciones, Jota se detiene de pronto y se gira para mirarlo.
Aprieta las correas en los hombros con una inspiración y le dedica una de las medias sonrisas que revelan el nacimiento de una idea.
—Ven —le dice.
Jota se sienta en la esquina de la cubierta más cercana al mar. También es la más alejada de la realidad en la que allí fuera, allí abajo, el helicóptero inicia su descenso a tierra y los agentes se hablan a gritos y pelean contra la verja. Sobre las piernas cruzadas, Jota coloca la mochila.
—Uve, ven.
Uve avanza con paso inseguro, albergando ciertas sospechas sobre lo que Jota podría estar pensando.
Antes de alcanzarlo, el sonido de una cremallera se las confirma.
Cuando llega hasta él, Jota ya tiene el gotero entre las manos.
Acaricia el frasco como si esa fuera la última salida, el milagro que antes buscaba en el firmamento.
—No van a cogernos —dice.
Alza una mirada decidida hacia Uve, que tan solo traga saliva, inmovilizado por el miedo. Jota se muestra decepcionado por su reacción, e insiste en que, al menos él, no dejará que lo cojan.
—Qué va a decir mi padre ahora, que más me echará en cara. Estoy cansado de infiernos, Uve. Y este… —cabecea hacia el bullicio en el exterior—, este va a ser insoportable. —Aprieta el gotero en la mano—. Yo prefiero dejar de pensar.
Uve se sienta frente a Jota.
—Qué más da todo, Uve. Qué sentido tiene nada. —Jota se echa hacia delante para hablarle muy cerca de la cara, en un apasionado susurro—. Mejor así. Lo acabamos ya. En el mejor momento de nuestras vidas.
Uve se frota las manos en el interior del bolsillo de la sudadera.
Nota presión en el pecho y calor alrededor de los ojos.
—No es algo triste. No si lo hacemos juntos. —Jota lo envuelve con el olor de su colonia deportiva—. Como todo últimamente.
Uve sonríe al pensar en cómo Jota ha transformado su existencia aburrida y apagada en una en la que los lagos refulgen como auroras boreales, a los gilipollas se los llama por lo que son y una sola estación puede contener los mejores momentos de toda una vida.
—Es más triste si lo hago solo —añade Jota.
Eleva el frasco entre ellos, ofreciéndole a Uve la única manera de permanecer juntos. Ante su indecisión y falta de respuesta, Jota le pone una mano en la cara. El remolino luminoso que ya una vez encendió el roce fugaz de esa piel le recorre ahora el cuerpo entero a Uve y le retumba en el pecho.
A ese pecho baja Jota la mano.
La mantiene ahí unos segundos, sintiendo lo que ocurre dentro.
—Fuegos artificiales —describe con una sonrisa ladeada.
Uve confirma con un asentimiento.
Tras su gesto, o como si el latido de ese corazón fuera la única respuesta que necesitaba, Jota gira el tapón del frasco.
—No van a cogernos —dice al abrirlo.
El grito saturado de un megáfono atruena en lo alto del faro y resquebraja la ilusión de silencio que los envolvía.
—¡Valentín! ¡Valentín, soy yo!
Uve gira la cara hacia la voz de su tío, que le llega desde algún lugar indeterminado allí abajo, allí fuera. Desde el mundo ruidoso en el que las personas tienen nombres reales, y sus actos, verdaderas consecuencias.
—¡Valentín!
—Es mi tío… —susurra.
Parpadea como si acabara de recordar que existe una vida anterior y ajena a Jota.
—Uve. —Jota le mueve la cara hacia él—. Tu tío también te falló. Le pediste que no dijera dónde íbamos y mira… Por él estamos así.
Pero Uve sabe que eso no es cierto. Ver de forma tan clara cómo Jota retuerce la realidad a su antojo, sin conocer la verdad, lo entristece. Se pregunta si acaso es justo lo que ha estado haciendo con él desde que lo conoce.
—Bum —dice Jota—. Bumbum, bum. Bum.
Uve deja que la burbuja de silencio los envuelva de nuevo porque lo único que quiere escuchar son los labios de Jota sonando a fuegos artificiales.
Él sonríe al recuperar su incondicional atención.
Y, como si no quisiera dar tiempo a que se produjeran nuevas distracciones, presiona el gotero para llenarlo y lo saca del frasco.
Lo sitúa entre la cara de ambos, esperando la confirmación de Uve.
El ligero temblor en los dedos desprende una gota sobre sus piernas.
—Vamos, Uve. Lo hacemos. Juntos.
Una idea parece anidar entre los ojos de Jota, que se entornan.
Sin perder tiempo, se lleva el gotero a la boca y lo vacía sobre su lengua, seguramente convencido de que, al final, Uve siempre hará lo mismo que él.
Pero, esta vez, Uve niega con la cabeza.
Por eso, la idea de Jota, a quien siempre le queda un nuevo recurso, no era solo convencerlo por imitación, sino que da otro sorbo largo al frasco, para terminar de llenarse la boca, y es así como le ofrece la mezcla a Uve.
Jota le acerca los labios hasta casi tocar los suyos.
Uve escucha un eco de la voz de Eme preguntándole en el almacén de pirotecnia si darle un beso a Jota era la cosa que más había deseado nunca. A lo que Uve había respondido que sí. La que más.
Y lo sigue siendo.
Uve acepta los labios de Jota porque no existe un mundo ni un tiempo en el que pueda rechazarlos. Durante un instante, le da igual que su primer beso sea también lo último que haga en su vida.
Una sensación desconocida, suave y húmeda le rodea la boca, que empieza a llenarse enseguida de un líquido templado.
De regusto amargo, se le cuela entre los labios sin que pueda evitarlo ni entender qué está ocurriendo exactamente, dónde acaba su boca o empieza la de Jota.
Si ese líquido es saliva o si todos los primeros besos saben tanto a química.
Tampoco está seguro de si eso que le ha acariciado la lengua era la punta de la de Jota, pero la sola idea le infla el pecho hasta cortarle la respiración, y lo que antes sentía como luz ahora no es más que puro fuego que le arde más abajo del ombligo.
El calor se extingue de pronto.
Los fuegos y las luces se apagan en cuanto Jota retira los labios.
Al abrir los ojos, Uve se encuentra con los de Jota, que lo miran fijamente con el absoluto convencimiento, ahora confirmado, de que siempre acabará haciendo lo mismo que él. Jota traga su parte de mezcla de forma sonora, casi como una instrucción. Una orden.
—Lo hemos hecho. —Sus comisuras se curvan hacia abajo a causa del sabor—. La aventura de nuestras vidas.
La efusividad en sus palabras no logra ocultar el instante de pavor que le relampaguea en el rostro.
—Venga —ordena al darse cuenta de que Uve aún no ha tragado—. No está tan malo.
Uve cierra los ojos para escapar del influjo de los de Jota.
Inmediatamente, vuelve a escuchar la voz de su tío.
—¡Valentín! —grita desde el megáfono—. ¡Estoy aquí! ¡Estamos intentando subir!
—Uve.
Jota le posa una mano en la cara.
Se la acaricia con el pulgar.
Uve aprieta la garganta para no tragar.
—Tu tío nos falló —susurra Jota—. Por eso ahora nos tomamos esto, los dos. Porque somos nosotros contra todos los demás. Y no nos van a coger.
Uve quiere decir algo, pero no puede hacerlo con la boca llena.
Respira de forma sonora por la nariz.
—Se acaba el tiempo, Uve. No quiero irme mucho antes que tú.
Siente cómo Jota le seca una lágrima que se le desborda entre los párpados.
También nota cómo le acaricia la garganta.
—Vamos.
Uve abre los ojos.
Mirando a los de Jota, abre también los labios.
El líquido le fluye fuera de la boca y se derrama sobre la sudadera, en la que deja manchas húmedas de un gris más oscuro. Enseguida, ladea la cabeza y escupe a un lado. Raspa la garganta y vuelve a escupir.
—Mi tío no contó nada. —Por fin es capaz de decirlo—. Fui yo el que dejó el papel de los barcos en el restaurante. Para que supieran dónde íbamos.
Jota echa la cara hacia atrás, confundido.
—También he ido tirando billetes al suelo desde el accidente —continúa Uve—. Por eso han llegado hasta aquí.
Uve había temido que un gran enfado sucediera a esta confesión, pero Jota escucha y asiente con inesperada calma. Dibuja una triste sonrisa de resignación.
—Ni siquiera tú me quieres tanto.
Sus palabras vacían el pecho de Uve, que niega ante tamaña mentira.
—Si no querías estar conmigo…
—Sí quería, Jota. Claro que quería. Pero no todo lo demás.
Una arcada sacude a Jota, que se tapa la boca para contenerla y volver a tragar.
Uve usa la manga de la sudadera para limpiarse la lengua.
—Lo hice todo yo. —Jota balancea el tronco adelante y atrás—. Diles que lo hice todo yo. Lo del rapado también. Y pídeles perdón de mi parte. A todos.
—Jota, no vas a…
Pero él asiente con una sonrisa.
—He brillado. He hecho mucho ruido. Y he durado poco. —Busca en el suelo a su alrededor un lugar en el que tumbarse—. Esto es lo que quiero ahora. Dejar de pensar.
En los ojos de Jota parece que empezara a formarse una película de hielo, como la del lago en octubre. Ahoga con esfuerzo otra arcada en el pecho.
—Perdóname —dice Uve.
—Está bien así, Uve. —Jota enfrenta un mareo que le mece la cabeza—. No tienes que pedir perdón.
—¡Valentín! ¡Ya subimos!
—A ti te espera tu tío —añade al escucharlo—. A mí…
Jota se desploma de espaldas antes de haber cogido la mochila para usarla como almohada. Uve lo recuerda en una posición parecida, tumbado bocarriba, dibujando con entusiasmo un ángel sobre el vagón del tren.
—Qué miedo, tío. Me da un poco de miedo.
Uve se sienta a su lado para acompañarlo.
Apoya la espalda en uno de los balaustres y acomoda la cabeza de Jota sobre su regazo.
Le retira de la frente el mechón ondulado, que se le ha enredado en las pestañas.
El hielo en sus ojos ya es como el del lago en noviembre.
Las pupilas, tan dilatadas, parecen igual de profundas.
—Bum, bumbum, bum —dice Uve.
—Los oigo.
Jota mira al cielo con unos ojos que no pueden ver nada. Uve eleva la vista a la noche en la que terminan de disiparse las nubes. Solo la luna y las estrellas brillan ahí arriba.
—Cuántos colores —dice Jota.
Cada una de las detonaciones en los labios de Uve han dibujado en el cielo enormes burbujas incandescentes que solo pueden verse reflejadas en los ojos helados de Jota.
Rojas, verdes, amarillas y azules, dejan tras de sí titilantes estelas de chispas.
Uve le describe cometas multicolores, meteoritos centelleantes, palmeras, dalias y sauces de fuego.
Le cuenta a Jota lo impresionante que es el fulgurante crisantemo de pólvora que explota en ese momento y les ilumina hasta las caras con un radiante brillo anaranjado.
Jota asiente al tiempo que se le cierran los ojos.
—Bum —susurra en un último aliento.