Fuegos artificiales Capítulo 84
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Capítulo 84

—A ver si se van las nubes del todo —dice Jota, que sigue convencido de que les aguarda un precioso cielo noctu rno.

Incluso se ha puesto colonia de la mochila porque ha asegurado que la ocasión lo merece.

Para Uve, es imposible que exista un cielo más bonito que el que vieron ellos juntos, tumbados, sobre un lago helado.

Se frota las manos dentro del bolsillo frontal de la sudadera para disimular un frío que empieza a calarlo por dentro.

Es húmedo, diferente al del internado. A Jota no parece afectarle, ni siquiera se ha abrochado la sudadera.

—Es que estamos…

El ruido de un motor y de arena crepitando bajo neumáticos lo interrumpe a mitad de frase. Jota se incorpora para echar un vistazo desde las alturas.

—Hostia. —Se deja caer en cuclillas—. Que vienen.

Gira un dedo en el aire imitando las luces rotativas de un coche patrulla. Después, se lo lleva a los labios pidiendo silencio.

Las ruedas se aproximan por el mismo camino que usaron ellos.

Uve se sienta, se abraza a su mochila.

—Tranquilo, tío —susurra Jota—. Si no se puede ni entrar. Ni de coña se imaginan que estamos aquí.

Uve aprieta con culpa el fajo de billetes en el compartimento delantero.

Al mismo tiempo, en la lejanía, empieza a sonar una sirena, quizá la misma que escucharon desde la carretera. O a lo mejor son dos.

—Tranquilo —repite Jota—. Esas no son por nosotros. Están muy lejos.

El vehículo que se aproxima se detiene en el exterior del faro.

En cuclillas, Jota se mueve hacia ese lado.

Uve lo alcanza a gatas.

Tumbados y protegidos por la base de la barandilla, espían entre los balaustres.

De un todoterreno, bajan dos agentes uniformados de verde.

Enfocan sus linternas a través de la verja.

El sonido del oleaje y las variaciones en la dirección del viento no permiten escuchar todo lo que dicen, pero sí descifrar retazos de la conversación.

Uno de los agentes se muestra convencido de que los chicos andarán ahí dentro.

El otro, que menciona tapiados y precintos, no lo ve tan claro.

A eso le sigue lo que parece un chiste sobre alguna exmujer.

—No estamos aquí —susurra Jota, como si pudiera persuadirlos telepáticamente.

Los agentes aluden a algo que encontraron antes.

Y también ahí mismo. Una pista clara, parece que dicen.

Uve se tensa al entender que se refieren a su rastro de billetes.

Teme la reacción de Jota si se entera de lo que ha hecho.

Quizá pueda decirle que se le cayeron sin querer, pero tampoco quiere mentirle.

Por suerte, ninguno de los agentes menciona explícitamente los billetes, o son de esas palabras que el viento se lleva hacia otro lado.

—Si entran —dice Jota—, no pueden llegar hasta aquí arriba.

Con gestos, le recuerda a Uve que han subido la escalera de madera al segundo piso y se ríe pegando la cara contra el suelo.

Abajo, uno de los agentes le pregunta al otro si no sería buen momento para encender luces y sirena. Asustar a los niñatos para que salgan. Jota chasquea la lengua al escuchar esa palabra.

—Que se vayan ya —dice—. Se van a ir.

—¿Y las otras? —Uve se refiere a las sirenas lejanas cuyo volumen va ascendiendo, como si se acercaran.

Jota niega con la cabeza.

—Aquí estamos a salvo.

Uve lo escucha primero.

Un instante después, Jota tensa el cuello al identificarlo también.

Ya no son solo sirenas lo que se oye a lo lejos, sino un sonido como de metralleta que les llega desde algún rincón en el cielo. Aún tumbado, Jota mueve la cabeza para todos los lados, buscando el origen del ruido. Los dos se miran cuando resulta imposible ignorar que se trata de un helicóptero.

—Hostia puta —dice Jota.

Un descomunal resplandor anuncia la aparición del aparato al tiempo que el ruido del rotor enmudece las palabras de Uve y hace vibrar los cristales rotos del faro.

Varios de los nidos terminan por desmoronarse.

El torbellino que impacta contra la cubierta les llena los ojos de polvo y arenilla, que escupen también de los labios.

Jota se levanta de un salto.

De la muñeca, arrastra a Uve.

El cañón de luz los envuelve y deslumbra hasta hacer invisible el helicóptero.

Se mueven desorientados de una esquina a otra del espacio, sin encontrar la escotilla por la que accedieron, si acaso es eso lo que Jota está buscando.

Las sirenas de los otros vehículos que se aproximan al faro deben de estar alcanzándolo por fin, y sus rotatorias encendiéndose junto a las del todoterreno que llegó primero, porque, aunque las aspas del helicóptero imposibilitan escuchar ninguna otra cosa, múltiples destellos azulados contornean cada uno de los balaustres que ahora aprisionan a Jota y Uve.

Incluso la espuma del mar al que se asoman, valorando si podrían llegar a saltar, refleja el brillo de las luces policiales.

Uve adivina en los ojos de Jota una inédita desesperación y el corazón le duele al imaginárselo rindiéndose. Al aceptar que tendrán que hacerlo. Que la huida acaba aquí.

Jota tira de Uve en una última carrera desesperada por la cubierta, una que no los lleva a ningún sitio.

Tan solo los deja plenamente expuestos al círculo de luz que los atrapa.

Cuando ambos elevan la barbilla dentro del cono luminoso, Uve piensa en dos niños a los que fuera a abducir un platillo volante, y desea que así sea.

Que se los lleven a otro mundo. Uno diferente en el que estén ellos solos.

Uno en el que no exista el pasado ni hayan existido nunca otros compañeros, ni Eme, ni el rapado, ni la dueña amable de un restaurante aún por abrir.

Quizá ese mundo sin pasado pueda ofrecerles el futuro que Uve sabe que no tienen. Que quizá nunca tuvieron. Que dejó de existir en el mismo instante en el que abandonó su habitación, lleno de esperanza, dejando atrás a unos compañeros que creía dormidos, pero que en realidad estaban muertos.

—Uve… —dice Jota con las manos en la cabeza, los ojos muy abiertos.

Por primera vez, también él parece falto de opciones.