Capítulo 83
El todoterreno que va vigilando la carretera de la costa frena de pronto a un l ado del arcén.
El agente que va de copiloto le ha pedido a quien conduce que se detenga un segundo.
Son compañeros de patrulla desde hace dos años, y buenos amigos de un tiempo para acá, desde que uno sirviera de psicólogo al otro durante un divorcio lastimoso.
—Creo que he visto otro. —El copiloto abre la puerta—. No me parece muy normal ya.
Camina de vuelta varios metros y se agacha para recoger lo que cree que ha visto desde la ventanilla.
Es lo que pensaba: un billete arrugado que alguien ha perdido o tirado al suelo.
No es que pretenda quedárselo ni que le llame la atención por tratarse de uno de valor alto, sino que es el tercer billete que ve sin dueño en el último cuarto de hora.
Los dos anteriores rodaron por delante de los faros del todoterreno y los agentes se limitaron a verlos alzar el vuelo, arrastrados por el aire.
—Mira. —Termina de alisar el billete y se lo muestra a su compañero—. Este ha sido más fácil de coger. Estaba ahí, hecho una bola. Y espérate tú que…
Cree identificar otro papel sospechoso más adelante, en el área iluminada por los faros del vehículo.
Antes de recogerlo, se da cuenta de que también es un billete.
Dos pasos más adelante, encuentra otro, arrugado como una hoja de cuaderno que alguien desecha en la papelera.
En las proximidades, enganchado entre dos tallos de cardos secos, recoge uno más, este liso y sin dobleces.
El agente se gira sobre sí mismo tratando de buscar un origen, o imaginar una explicación, pero no hay nada en este solitario trecho de carretera. Tan solo el faro precintado, en ruinas, al final del brazo de tierra.
—No me digas que son todo billetes —comenta su compañero con la cabeza fuera de la ventanilla—. Cuidado, que se los queda tu exmujer también.
El helicóptero sobrevuela el lugar en el que se ha producido el accidente de la furgoneta blanca. El foco de búsqueda revisa campos y caminos rurales sin realizar hallazgos de interés.
—¿Billetes tirados al suelo? —La inspectora reacciona a la información que le llega por radio—. ¿En mitad de la nada?
El tío de Uve la escucha hablar, pero no cae inmediatamente. Solo oye una parte de las conversaciones que la inspectora ha ido encadenando por radio, así que le resulta complicado seguir el hilo. Lo único que quiere escuchar es que alguien ha encontrado a su sobrino y eso no ha ocurrido aún.
—Sí, la mujer del almacén de pirotecnia dijo algo de un dinero —continúa la inspectora—. Pero todo el mundo lleva billetes encima, puede ser cualquier cosa.
El tío de Uve se sobresalta al caer en la cuenta.
Se echa hacia delante todo lo que le permite el arnés de seguridad.
—Pregúnteles por el número de serie.
El agente sentado a su lado le recuerda, con un dedo, que debe presionar el botón para hablar.
—Pregúnteles por el número de serie —repite, impaciente.
La inspectora levanta una mano para que no interrumpa, pero él lo vuelve a decir. Dos veces más. Ella, sin dejar de hablar, se encoge de hombros hacia él como preguntándole qué tiene eso que ver.
—Por favor. Creí que me traían por si podía ayudar. Pídales el número de serie de los billetes —insiste—. Sin letras.
La inspectora solicita dicha información a través de la radio
—Cinco…, cuatro…, uno…, nueve… —repite según le van diciendo—, uno…, cuatro…, cinco.
El tío de Uve lo va escribiendo con el índice en su pantalón: 5419145.
Piensa en el folleto que su sobrino dejó a propósito en el restaurante.
—Otro —avisa la inspectora—: uno, seis, seis, tres, seis, seis, uno.
Al visualizar un segundo número capicúa, 1663661, al tío de Uve se le humedecen los ojos.
—Es él —dice—. Están ahí.
La inspectora entona órdenes firmes al piloto y a la radio.
El helicóptero gira sobre su eje para cambiar de rumbo.