Fuegos artificiales Capítulo 82
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Capítulo 82

Uve supera un remonte y agr adece pisar suelo plano.

Jota arrastra las suelas de sus zapatos en el asfalto, se sacude los pantalones.

Han salido a una carretera rural de escaso alumbrado, con apenas unas farolas de las que funcionan la mitad.

—Necesitamos un coche. —Jota mira a un lado y a otro—. Por aquí no va a pasar nadie.

Llevan un buen rato caminando a través del campo y la llegada de la noche amenaza con detener su avance. La cara de Jota empieza a ser poco más que ojos y dientes, a juego con las tres bandas blancas en las mangas de la sudadera.

—¿Sacamos las linternas? —pregunta Uve.

—Sí, claro, para anunciar dónde estamos.

Jota observa los alrededores en busca de alguna guía, alguna señal.

—El mar tiene que estar por ahí.

—¿Para qué nos sirve el mar?

—Para todo, Uve. El mar sirve para todo. El mar es libertad. ¡Vamos!

Arranca en esa dirección con una explosiva carrera mientras grita cosas sobre el mar, los barcos y mensajes en botellas, pero se detiene poco después.

—Estoy agotado, tío —reconoce entre jadeos—. No puedo más.

—¿Te parece ya que llevamos mucho tiempo sin dormir? —Uve mira el reloj de pulsera—. A esta hora estaríamos en el ferry. Podríamos haber ido durmiendo.

—Uve —le dice Jota, repentinamente serio—, no pienses en otras vidas. Estamos solo en esta.

Caminan hasta cruzarse con otra carretera que, como vaticinaba Jota, discurre en paralelo a un tramo de costa.

—Te dije que estábamos cerca.

Lo anuncia como si alcanzar el mar solucionara algo, como si aún pudieran subirse a alguna embarcación que los alejara de sus problemas. Pero el perfil rocoso de esta costa agreste y solitaria, que huele a alga y salitre, dista mucho del puerto urbano al que Uve anhelaba llegar.

El último residuo lumínico del día, que agoniza a un lado del cielo, permite vislumbrar la silueta de una construcción al final de un brazo de tierra.

—¿Es un faro? —pregunta Uve.

Un contorno cupular en lo alto, a pesar de la ausencia de torre, le hace pensar en ello.

—Era —contesta Jota—. Lo veo como en ruinas. —Con un dedo en el aire, recorre el trazado irregular de su fachada, que parece derruida por un flanco. Acaba señalando una baliza luminosa, mucho más simple y en funcionamiento, en otro saliente de la costa—. Y ahí está la culpable.

Como si el faro, o la cercanía al mar, invocara a las sirenas, una policial rompe a aullar en la lejanía.

—No me jodas. —Jota gira el cuello en todas direcciones—. ¿Eso será por nosotros?

Uve da vueltas sobre sí mismo y se suma a la búsqueda de algún resplandor azulado a lo lejos, pero no localizan ninguno.

—Cambio de planes. —Jota señala el faro a oscuras—. Nos escondemos.

Abandonan el asfalto al acceder a un camino de arena que se adentra en el brazo de tierra. Uve camina detrás de Jota y sus manos regresan al bolsillo delantero de la mochila. Suelta al aire algún billete más, pero la mayoría los arruga en el puño antes de dejarlos caer al suelo en forma de bola.

Se topan con una verja que cerca el área de la construcción en desuso.

Jota entrelaza las manos para ofrecer un escalón a Uve.

—Venga, sube —ordena.

En cuanto Uve coloca el pie y engancha los dedos al entramado romboidal de la verja, Jota lo impulsa. Así logra superar el obstáculo con facilidad. Al saltar al otro lado, la mochila se le cae al suelo. Aprovecha para soltar otro billete mientras la recoge y Jota completa su salto.

Juntos rodean la construcción abandonada, una sencilla planta rectangular en dos alturas.

El balaustre que rodea un tercer nivel, el mismo que contiene la cúpula, sugiere el espacio abierto de una terraza o cubierta transitable.

Encuentran tapiados todos los posibles accesos, dos puertas y varias ventanas cuyos contornos estuvieron, en algún tiempo pasado, resaltados con pintura de otro color.

—Por ahí —indica Jota, que siempre se las arregla para encontrar una entrada.

Desliza unas planchas de metal que cubren un boquete abierto en el flanco desprendido de la construcción. La cadena y el candado que las mantiene unidas dejan la holgura justa para que puedan colarse.

En el interior del faro en ruinas, la oscuridad los envuelve.

Jota enciende una linterna, con la mano pegada al foco, para suavizar la luz.

El resplandor cobrizo que resulta entre los dedos les descubre una escalera principal cuyos escalones, desde la mitad hacia arriba, yacen amontonados en el suelo en forma de escombro.

Jota no tarda en encontrar otra, de mano, que logra extender hasta apoyarla en el hueco del piso superior.

Uve asciende primero. Cuando lo hace Jota, tiran juntos de la escalera para subirla con ellos.

Otra escalera, esta de gato, anclada a una pared, les da acceso a una escotilla que los saca a la planta descubierta en lo alto.

—Qué pasada —dice Jota, que se mueve con los brazos extendidos por el espacio abierto—. Podríamos quedarnos a vivir aquí.

Rodea la cúpula del faro, en el centro. Cristales rotos dejan ver en su interior nidos abandonados por varias generaciones de aves. Jota corre a la balaustrada y se asoma hacia el mar, con medio cuerpo fuera. Un brillo intenso tras las nubes que se van disipando revela la posición de la luna.

—Me recuerda al lago. —Jota inspira con ganas—. Tantas posibilidades.

Suelta la mochila en una de las esquinas de la cubierta y la usa como almohada para tumbarse bocarriba, como si verdad quisiera recrear la escena del lago.

—Buah, chaval, de lujo —afirma acomodando el trasero—. Aquí dormimos como reyes sin que nadie nos encuentre.

—¿Aquí fuera? —pregunta Uve—. Nos vamos a morir de frío. Mejor dentro.

—Tú ponte aquí. —Jota da dos toques en el suelo—. Dentro sí que te mueres respirando moho y caca de murciélago. Mira, empiezan a salir las estrellas. Prepárate para ver el cielo nocturno más bonito de tu vida.