Capítulo 86
La trampilla se abre en la cubierta.
La inspectora, seguida de dos agentes armados y con linternas, se acerca a Uve. El calor de la cabeza de Jota abandona su regazo cuando trasladan el cuerpo al suelo. Detrás, a la carrera, apar ece su tío.
—¿Qué has hecho, Valentín? —pregunta en cuanto ve el gotero que sujeta la inspectora.
—No he tomado —contesta Uve—. Yo no he tomado.
La forma en que construye la frase deja claro que el otro joven, sobre quien uno de los agentes ha iniciado maniobras de reanimación, sí lo ha hecho.
—¿Qué es? —La inspectora huele el frasco—. ¿Por qué es tan letal?
—No lo sé —responde Uve—. Es una mezcla.
El tío pide permiso para ayudar a levantarse a su sobrino, pero, aunque la inspectora se lo concede, Uve niega con la cabeza.
—No me voy a ir antes que él.
Señala a Jota con la barbilla. El agente que lo atiende de urgencia le dedica a la inspectora una fatal negación de cabeza, gesto que ella prefiere ignorar.
—Están llegando —dice refiriéndose a las ambulancias ya avisadas—. No tardan.
El permiso que pide ahora el tío de Uve es el de sentarse junto a su sobrino.
La inspectora lo invita a hacerlo.
En cuanto lo tiene a su lado, Uve lo abraza, apretándolo mucho.
—Se pondrá bien —dice su tío.
Pero Uve niega con la cabeza. Sabe lo que ha pasado.
—¿Tú estás bien? —le pregunta entonces.
En la cabina de teléfono, Uve no supo responder a esa pregunta porque le faltaban palabras para describir lo que sentía, pero ahora lo tiene más claro.
—No —contesta con rotundidad.
Su tío le introduce una mano en el bolsillo de la sudadera.
—Pero lo estarás, sobrino querido. —Le aprieta las manos—. Vas a estar bien. Vamos a estar bien.
Uve asiente, aunque no se lo cree.
—¿Qué ha pasado? —pregunta su tío—. ¿Por qué?
De las causas y consecuencias de lo ocurrido, Uve sabe tan poco como de los componentes y efectos de lo que contiene el gotero, así que se encoge de hombros.
—Yo solo quería ir a verte, quería…
Le sobreviene una toma de aire de las que anteceden al llanto, y su tío lo invita a que se recueste sobre su cuello.
—Ya me lo contarás. —Le acaricia el pelo—. Ya hablaremos de todo. Tendremos tiempo. Quiero que vengas a vivir conmigo. Con nosotros.
—Estoy deseando conocerlo —dice Uve.
—Y él a ti. No quiere irse sin conocerte.
—Jota también tenía muchas ganas de visitar la isla…
Uve rompe a llorar en el pecho de su tío, que no le pide que pare ni que se tranquilice ni le dice que ya está. Solo deja que se desahogue sobre él.
—No te he mandado todavía uno de mis cuadros favoritos de Escher —le cuenta como haría en una sus cartas—.
Es uno que muestra a la perfección la intrincada conexión que puede existir entre dos personas, sus almas y sus mentes, hasta convertirlas en una misma cosa, una cinta infinita sin principio ni final.
Se llama Lazo de unión , creo que te gustará verlo. Te lo enseñaré en casa.
Escuchando el arrullo de la voz de su tío, agradeciendo que le hable de esas cosas bonitas que siempre le enseña, Uve se despide del futuro con Jota en el que tanto había pensado, pero que ya no va a existir.
De verdad querría haberlo visto caminando por la playa, con una camisa abierta sobre un pantalón corto vaquero, con el walkman enganchado a una de las trabillas y los auriculares colgados del cuello.
Uve lo imagina alzando los brazos al aire para abrir y cerrar las manos como si fueran explosiones en el cielo, y casi puede escuchar el silbido entre los dientes que anuncia una de sus carcajadas.