Fuegos artificiales Capítulo 80 #2
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Capítulo 80 #2

Atrapado por el cinturón, Uve alarga el brazo hasta tocar la espalda de Jota. El sudor de su nuca le humedece el cuello de la camiseta y la sudadera. Entre los olores a quemado y gasolina, Uve percibe un tenue rastro del olor de su colonia.

—¡Jota! —consigue gritar.

—Buah, qué flipe —exclama él. A pesar del aparatoso incidente, y como si fuera la única opción posible, le pregunta a Uve—: Tú estás bien, ¿no?

Jota se desenvuelve con habilidad y sale del coche antes de que Uve se haya recuperado del susto. Le abre su puerta y lo ayuda a quitarse el cinturón.

—Si es que al final es mejor no ponérselo —le dice—. No sabes la de gente que se queda atrapada en coches que se queman por el maldito cinturón.

Aunque Uve sentía haber caído al fondo de un precipicio, comprueba al salir del vehículo que tan solo se han estampado en el terraplén de una cuneta, a escasos metros del paso a nivel.

—Lo siento, tío. —Jota se sacude y pellizca restos de espigas en la ropa—. En el último segundo vi que no pasaba ni de coña.

Manteniendo el equilibrio con los pies hundidos en el terraplén, abre una de las puertas traseras y saca las mochilas. Le entrega la suya a Uve.

—Estamos sin coche, eso sí. —Señala las ruedas traseras que han quedado flotando en el aire. Con un guiño, añade—: Bueno, hasta que consigamos otro. A ver la furgoneta de este.

En el lado opuesto de la carretera, una nube de vapor anuncia algún desastre, pero Jota supera la cuneta sin miedo a asomarse. Tras una exclamación de asombro, urge a Uve a que suba a mirar.

La furgoneta ha quedado volcada al otro lado del campo, con las cuatro ruedas hacia el cielo. Por la distancia a la que se encuentra, debe de haber dado dos o tres vueltas completas.

—No…

Uve se teme lo peor sobre el conductor, no quiere sumar otra víctima a su huida.

Un lastimoso gruñido anuncia la aparición del hombre en la cuneta.

Empujándose únicamente con los brazos, la escala hasta desplomarse de agotamiento en el asfalto.

En el proceso de arrastrarse por el campo, ha perdido el mono y hasta las botas, porque solo lleva camiseta y calzoncillos.

Tira de la pierna izquierda, que parece colgar, suelta y retorcida, por debajo de la rodilla.

Profiere con ello un grito de dolor que manda a volar a un grupo de pájaros entre las espigas.

—Pero si sois críos… —dice al verlos—. ¿Qué estáis haciendo?

Uve da un paso atrás, negando con la cabeza.

Jota da otro hacia delante.

—Tú vuelve a llamarme crío —amenaza al hombre.

—No sigáis —añade él, entre muecas de dolor.

—Te has querido hacer el héroe y mira lo que te ha pasado. Si es que quién te mandaba perseguirnos.

—Parad ya. No os compliquéis más la vida.

Uve observa la devastación a su alrededor. Los dos vehículos destrozados. La pierna retorcida de un hombre que podría haberse matado y elevar a nueve, o a diez, el número de muertes relacionadas con su huida.

—Jota…

—¿Qué quieres, Uve? —El tono en el que lo pregunta y la manera en que ladea la cabeza evidencian que ya teme lo que va a decir.

—No… No seguimos.

—No sigáis —secunda el hombre en el suelo, que escupe saliva sangrienta—. Os queda mucha vida por delante. Habéis matado a gente, pero sois solo críos. No os va a pasar nada.

—Me vuelves a llamar crío —advierte Jota al tiempo que eleva su zapatilla sobre la rodilla del hombre— y termino yo mismo de destrozarte la pierna.

Uve teme otra pérdida de papeles de Jota.

Como cuando se encaró con el rapado por primera vez.

O cuando quiso destrozarle el coche a patadas o le disparó una bengala a la cara.

Como cuando le pegó a Barro en el comedor y lo empujó contra la pared o le puso un cúter en el cuello.

Como cuando destrozó el teléfono del restaurante.

Y como cada una de las veces que ha añadido una solución mortal al líquido que iban a beber otras personas.

Uve siempre ha pensado que el Jota de los ataques era la excepción, las tormentas de una persona en calma, pero ahora se pregunta si no será al revés, si el Jota en calma no es más que la excepción de su alma atormentada.

—Jota… —Uve desearía poder callarse porque es él mismo quien más ganas tiene de escapar, atravesar juntos el país, cruzar el mar con Jota—. Paramos. Aquí nos quedamos. ¿Dónde más vamos a ir?

Jota lo mira como si hubiera dicho algo fuera de toda lógica.

—¿Aquí? —pregunta con el ceño fruncido.

El hombre a sus pies se tapa la cara con un suspiro de alivio al ver desaparecer la amenaza de la zapatilla sobre la pierna cuando Jota se acerca a Uve.

—Aquí no hay nada, Uve. Aquí no nos paramos. —Ofrece la mano abierta al tiempo que señala al frente con la barbilla, hacia el montón de caminos que aún pueden recorrer juntos si quieren—. No van a cogernos.

Uve recuerda cuando fue él quien quiso ofrecerle la mano a Jota, para guiarlo hacia el lago helado.

Cómo se aguantó las ganas estrujando el interior de su bolsillo.

Esa mano que tanto deseó agarrar la tiene ahora frente a él.

Es una de hombre, casi de adulto. La misma mano que, con tan solo rozar la suya en los escalones del jardín, originó en su interior un prodigioso remolino que sintió que podría salírsele por los ojos en forma de luz.

—Vamos a brillar. —Uve agarra la mano con fuerza.

—Vamos a explotar —responde Jota.

El mundo es una bandera tricolor de cielo, asfalto y campo.

—¡No sigáis! —les grita el hombre en el suelo.

Comienzan a caminar siguiendo el trazado de la carretera.

Cruzan a pie el paso a nivel.

—Tenemos que salir de este camino —dice Jota—. El humo va a atraer la atención de alguien.

Sus manos se separan cuando salta la cuneta hacia el campo.

Uve salta también.

Avanza elevando las rodillas entre las altas hierbas, como cuando salieron a pie del almacén de pirotecnia.

Los saltamontes huyen de sus pisadas, le rozan los dedos de las manos al brincar.

Y, aunque Uve camina convencido detrás de Jota, suelta de su hombro uno de los tirantes de la mochila para ladearla sobre un costado.

Sus manos buscan algo en el compartimento delantero.

Saca un billete y deja que el aire se lo lleve flotando.

Hace lo mismo con varios billetes, que echan a volar detrás de él.