Capítulo 80
Uve pisa la línea central.
Nunca antes ha estado de pie en mitad de una carretera.
Sabe que no se acerca ningún otro coche porque frente a él, detrás de él, se extienden kilómetros de asfalto llano que divisa por completo.
Extiende los brazos y alza la mirada al cielo, cuyo gris dominante empieza a v irar hacia un azul profundo que invita a pensar en la noche.
Uve realiza una honda inspiración que huele a mar, goma de neumático y campo húmedo.
Una apabullante sensación de libertad, la de estar parado en mitad de una carretera con los brazos convertidos en las agujas de su propia brújula, le permite creer que todavía tienen alguna posibilidad de enmendar su escapada.
Un gemido de dolor de Jota resquebraja el momento de calma.
—Hecho —dice.
Se lleva un dedo a la boca para chupar un pequeño corte. Con el destornillador aún en la mano, le muestra a Uve la segunda matrícula arrancada, la trasera.
—Ven. —Se la ofrece en la distancia—. Una cada uno.
Uve cruza el carril hasta el arcén, donde Jota ha detenido el coche. Le entrega la matrícula recién arrancada mientras él sujeta la delantera. Propone lanzarlas al campo, a la vez.
—Lo más fuerte que puedas —indica antes de iniciar la cuenta atrás.
La matrícula de Jota llega más lejos que la de Uve, pero ambas desaparecen de igual forma al hundirse entre la maleza.
—¿Servirá de algo? —pregunta Uve—. El coche sigue siendo el mismo y saben que lo llevamos.
—¿Y qué hacemos, Uve? —Jota deja caer las manos a los lados—. ¿Lo pinto de otro color? ¿Robamos otro en esta carretera llena de coches?
Uve acepta que no tienen más opciones.
—Ahora, si esto es lo que iba a tardar en delatarnos tu tío —continúa Jota—, casi mejor habernos enterado antes, que aún podemos cambiar de planes.
—No ha sido él —repite Uve.
—Lo que tú digas. De momento, matrículas a tomar por culo y cambio total de rumbo.
Jota abre el maletero para lanzar dentro el destornillador y se sacude las manos al cerrarlo.
—Pero… —Uve se interpone en su camino hacia la puerta del conductor— el motivo del viaje era ver a mi tío. Todo esto era para ir a su casa.
Jota vuelve a dejar caer las manos a los lados.
—¿Y qué hacemos, Uve? —repite—. ¿Ir directos al sitio donde sabemos seguro que nos están esperando? ¿Quedarnos aquí hasta que nos encuentren?
Jota se mete al coche esquivando a Uve, que rodea el vehículo por delante. Con la mano en el tirador de la puerta, mira a su alrededor, al vasto paisaje.
Acaba por abrirla y saltar a su asiento.
Jota le dedica dos aplausos antes de arrancar.
En el primer cruce, Jota gira en dirección opuesta a la planeada.
A Uve se le encoge el estómago al dejar atrás el cartel que, en forma de flecha, señala el destino en el que iban a coger el ferry.
Sacude la cabeza para borrar de su mente la escena imaginada del abrazo a sus tíos.
El de siempre y el nuevo. También la del desayuno de los cuatro a la mañana siguiente, en el que su tío podría haberle enseñado, entre tostadas de mantequilla y mermelada, copias de las fotos que sus compañeros le robaron.
Si acaso no existían copias, podrían al menos haber elevado los negativos hacia el cielo soleado de la isla para verlas en pequeño y en colores raros mientras su tío le contaba historias sobre los lugares en los que se encontraban en cada una.
—Iremos a verlo —dice Jota al percibir su pena—. Pero no hoy. No estos días. Iremos cuando la cosa se calme. Yo me sigo muriendo de ganas de conocer la isla.
Uve cambia el cielo soleado de su imaginación por el que oscurece hacia el horizonte y asiente con una leve sonrisa. Jota sube el volumen de la música.
—¿Te acuerdas de cómo bailaste esto, ahí, como un loco, en el almacén? —Imita a Uve con una mano en lo alto—. Lo hemos pasado de puta madre, tío.
Varias canciones más tarde, atraviesan un pueblo parecido a ese en el que usaron la cabina telefónica, pero más habitado. Se ven algunos peatones por la calle principal, que no solo tiene semáforos, sino que además funcionan. Uno en rojo los hace parar y ceder el paso a un par de coches.
—Prefería cuando no había nadie —observa Jota al retomar la marcha—. Justo ahora que llamamos la atención sin las matrículas.
Avisa de que será mejor salirse de esa calle con semáforos y toma la primera bifurcación que se le aparece.
El desvío los conduce a una calle interior del pueblo, de un solo sentido.
Tras la primera curva, una furgoneta blanca, detenida con dos ruedas sobre la acera y las luces de emergencia activadas, los impide pasar.
—No me jodas. —Jota no espera ni tres segundos antes de empezar a pitar.
—Tiene la puerta abierta —observa Uve sobre la del conductor—. Será algo rápido.
—Pues ya va lento. Parar era justo lo que no quería.
Jota baja la ventanilla y palmea el exterior de la carrocería.
Uve le recomienda no llamar tanto la atención.
Un hombre barrigón, con un mono de trabajo atado a la cintura por las mangas, sale de una casa con bolsas de plástico. El cuidado con el que traslada una de ellas le recuerda a Uve la manera en que el director del internado se lleva sopas o cremas de verdura del comedor a su casa.
El hombre va pidiendo perdón en voz alta.
—Me quito, me quito —añade.
Cuando libera las manos al soltar las bolsas en el asiento del copiloto, muestra una palma a Jota en un saludo de agradecimiento y disculpa.
Solo Uve responde, imitando el gesto. Los ojos del hombre viajan entonces al frontal del coche donde no hay matrícula.
Con gesto extrañado, sube a la furgoneta y cierra la puerta.
—Venga, muévete —dice Jota—. A casita a descansar.
El hombre apaga las luces de emergencia y los faros traseros se iluminan en rojo cuando pisa el freno para arrancar, pero se mantienen encendidos más tiempo de lo esperado.
—¿Qué te pasa ahora? —Jota hace ademán interrogativo con el brazo fuera del coche—. ¿Qué te has olvidado?
Las luces de freno en la furgoneta se apagan.
Se abre la puerta del conductor, de la que emerge una bota de trabajo.
El hombre se baja y aprieta el nudo de mangas en su cintura mientras se aproxima al coche.
La camiseta manchada que lleva debajo del mono no le cubre la tripa entera y va mostrando una franja de carne peluda.
El hombre vuelve a fijarse en la matrícula ausente.
Después, entorna los ojos dirigidos a la luna delantera.
—¿Qué está haciendo? —murmura Uve.
—Nos está mirando.
Como si algún reflejo en el cristal le impidiera ver correctamente el interior del vehículo, el hombre avanza hasta situarse junto a la ventanilla abierta de Jota.
—Sé quiénes sois —dice al verlos con claridad—. Sois esos chicos del…
Con un acelerón, el coche sale embalado hacia atrás.
Jota maniobra en reversa por la calle en curva.
Raspa un lateral de la carrocería contra una farola y arrolla algo que cruje y se rompe bajo las ruedas traseras, pero consigue regresar a la bifurcación.
En la calle principal, retoma la marcha adelante y pisa el pedal sin respetar los semáforos.
Celebra la salida del pueblo dando golpes al volante.
—¡Esto quiero yo! ¡Carreteras solitarias! No puebluchos de mierda.
—Va a llamar a alguien —dice Uve—. Van a saber que estamos aquí.
—¡Y por eso nos piramos! —Jota aumenta la velocidad mientras grita bajo los efectos de la adrenalina. El subidón se le corta en seco cuando descubre algo en el retrovisor interior. Comprueba también los exteriores—. No puede ser.
Uve se gira hacia atrás, entre los asientos.
La furgoneta blanca viene detrás de ellos.
Les dirige continuas ráfagas de luces largas.
—¿Qué coño hace? —La transmisión se queja con un rascado de engranajes cuando Jota se equivoca de marcha—. ¿Qué coño le importamos?
Rectifica el cambio y acelera.
Uve se fija en el rápido ascenso del velocímetro.
—Jota, cuidado.
—¡Díselo al de atrás!
Cada vez que ganan distancia, la furgoneta la recupera.
El hombre debe de estar pisándole a fondo.
Un sonido se impone al del motor revolucionado y los neumáticos contra el asfalto: el silbido de un tren en algún rincón del paisaje. Casi al mismo tiempo, un destello rojo comienza a brillar en la lejanía frente a ellos. Uve lo llama semáforo.
—Es un paso a nivel —corrige Jota, concentrado en la carretera—. Tenemos que llegar antes que el tren.
Uve ni siquiera lo había visto aún, pero uno de mercancías atraviesa el campo frente a ellos desde la izquierda.
Piensa en sí mismo, en Jota, saltando juntos a un tren similar, como polizones, en un tiempo que ahora parece muy lejano, escapando para siempre de una vida a la que, justo como deseaban, nunca van a poder regresar.
—Puedo hacerlo —dice Jota mientras sigue aumentando la velocidad—. Voy a llegar.
Uve se agarra al interior de su puerta. Se abrocha el cinturón de seguridad que no ha usado en todo el viaje. Aunque Jota se fija en la precaución, no suelta las manos del volante.
Detrás, la furgoneta empieza a pitar, pero tampoco aminora.
—Vamos a conseguirlo. —Jota endereza la espalda, estira los brazos.
En apenas un parpadeo, a Uve le parece que el tren se ha hecho gigante.
Tienen la locomotora casi encima.
—¡Imposible! —grita entonces Jota.
Un volantazo hace derrapar al coche y ambos quedan a merced de una fuerza centrífuga que los empuja al asiento.
La luz roja, el cielo y la cara asustada del conductor de la furgoneta pasan como una ráfaga de imágenes frente a Uve antes de que el habitáculo se sacuda, se agite y se detenga.
Una cortina ocre de espigas secas ciega por completo la luna delantera.
El retumbar del tren a su paso ensordece cualquier otro sonido.
Vencido hacia delante, el cinturón sostiene el peso del cuerpo de Uve.
Jota, separado del asiento, abraza el volante, desplomado sobre él.
—Jo… ta… —El intento de grito queda reducido a un susurro estrangulado.