Capítulo 79
El tío de Uve aparta las manos para que la inspectora compruebe el arnés. Ella se asegura de que el cierre central está bloqueado y le ajusta más alguna de todas esas correas.
—¡Gracias! —grita él.
Todavía no se acostumbra a que el rugido de un rotor de helicóptero imposibilita la comunica ción oral.
Incluso ha venido preguntando cosas mientras la inspectora lo guiaba de la mano, desde la puerta de casa, hasta un asiento trasero en la cabina, ensordecidos ambos por el ruido de las aspas en movimiento.
La policía apareció en casa del tío de Uve para proponerle irse con ellos al puerto al que se dirige su sobrino, en la península.
Le revelaron que allí planeaban interceptar a los chicos y le convencieron de que contar con la presencia de algún familiar podría ser de gran valor en una negociación y, seguro, en la posterior detención, que preveían traumática.
Accedió sin pensarlo mientras su novio asentía con vehemencia, como si aprobara por fin alguna de sus decisiones.
Le dieron diez minutos para prepararse antes de que llegara el helicóptero.
A su pareja lo dejaron encargado de atender un posible contacto telefónico del sobrino, acompañado de otro agente.
La corriente de aire del rotor sacude frente a la cara de la inspectora, de mandíbula autoritaria, mechones que han escapado de su pelo recogido en la nuca.
El tío de Uve le calcula una edad parecida a la suya, y celebra ver a una mujer joven en un puesto de mando, algo que apenas ocurría en la década anterior.
La inspectora le muestra un pulgar y cierra la puerta de la cabina.
—¿Me oye mejor aquí?
La voz de ella lo sobresalta en los auriculares del casco.
—Mucho mejor —responde al micrófono que flota delante de su boca.
Otro agente que va sentado detrás, de antebrazos cortos, le muestra un botón que debe pulsar para hablar.
El piloto eleva un pulgar, seguido de la inspectora y del agente.
El tío de Uve replica el gesto.
—Salimos —confirma la inspectora.
El ascenso en vertical le provoca una sensación de montaña rusa en el estómago, una que se suma al montón de nudos, retortijones, vacíos y encogimientos que lleva experimentando a lo largo del día. Las ramas de los pinos, a sus pies, se sacuden como si lo despidieran.
—Gracias otra vez por colaborar —le dice la inspectora al oído—. Al padre del otro muchacho todavía no lo localizamos.
La costa desaparece bajo la cabina del helicóptero y el tío de Uve sobrevuela la inmensidad de un mar que él también cruzó, años atrás, en busca de una vida diferente que siempre existe pero hay que perseguir.