Capítulo 78 #2
—Mi padre me dejó en la habitación para ir a responder la llamada.
En ese momento no lo oí, pero ya se lo dijeron todo.
Un coche había atropellado a su mujer en los alrededores de la urbanización y el conductor se había dado a la fuga.
El cuerpo lo había encontrado un vecino que había salido a correr, pero cuando pudo conseguir un teléfono y avisar ya era tarde.
Se habían muerto ahí mismo, sobre el asfalto.
No solo la mujer, sino también el bebé que esperaba.
Mi padre colgó, pero no vino a decirme nada.
Asomado al pasillo, solo oí las botas de su uniforme atravesar la casa, hacia la cocina.
La puerta que se comunicaba con el garaje hacía mucho ruido al abrirla.
También oí el tic, tic, tic que hacía el fluorescente antes de encenderse.
Y sigo teniendo pesadillas con los gritos que le escuché a mi padre en ese momento.
Jota se seca mocos sobre el labio y Uve le pide que pare el coche, no puede seguir conduciendo así como está. Las lágrimas van a acabar nublándole la vista más de lo que ya nubla la visibilidad el vaho que empaña los cristales, como si el coche fuera un ojo gigante que también llorara.
—A mi padre le filtraron rápido que no hubo testigos del accidente ni rastro alguno del coche a la fuga.
Que iba a ser prácticamente imposible encontrar al responsable.
No sé si decidió protegerme porque en el fondo algo me querría, por no manchar su reputación o porque mi madre le habría pedido que lo hiciera, pero mantuvo el secreto poniendo en riesgo toda su carrera militar.
Dijo que era algo que nos llevaríamos a la tumba, él y yo.
Prohibió que lo volviéramos a mencionar, ni siquiera entre nosotros.
Aunque cada vez que bebía me lo acababa recordando todo.
Echándome en cara todo. Su mujer. Su hijo.
Mi hermano. Tampoco es que yo esté cumpliendo ahora con ese pacto de silencio…
—Yo no voy a decir nada —asegura Uve.
—También me decía que ojalá me hubiera muerto yo.
Muchas veces me lo dijo. —Jota modula la voz para repetirlo como si fuera su padre—: «Ojalá te hubieras muerto tú».
Para decirme eso era para lo único para lo que volvía a mirarme a los ojos, algo que dejó de hacer desde la misma noche del accidente.
Si me hubiera muerto yo, él seguiría teniendo a su mujer y a su otro hijo, uno que seguramente habría sido mejor que yo.
Supongo que por eso no podía mirarme a los ojos.
Porque cada vez que me veía se daba cuenta de que seguíamos en la línea temporal equivocada, esa en la que era yo el que estaba vivo y no ellos.
No solo dejó de poder mirarme, dejó de poder tenerme en casa también.
Fue desde el curso siguiente cuando empezó a dejarme en internados.
Para no tenerme cerca… —Jota se exprime los ojos, apretándolos—.
Pero, mira, que le jodan. —Sorbe mocos que acaba tragando y, tras una larga pausa, pregunta—: ¿Qué crees tú que hay después de la muerte, Uve?
En silencio, Uve se encoge de hombros.
—Yo espero que no haya nada —contesta Jota a la pregunta—. Porque si hay un cielo tengo muy claro que no lo merezco. Y, si voy al infierno, lo único que estaré haciendo es cambiar el de esta vida por otro diferente. Y ya estoy cansado de infiernos, Uve. Yo solo quiero dejar de pensar…
Parpadea varias veces y despega por fin la vista de la línea en la carretera, a punto de alcanzar la siguiente intersección. Su expresión es la de quien sale de un trance.
—¿Estás bien? —pregunta Uve.
En el cruce, Jota se guía por la información en los carteles. La incorporación a una nueva carretera, más ancha y con doble línea, zanja definitivamente el flujo hipnótico que la anterior parecía ejercer sobre Jota, quien recupera de pronto su actitud y comportamiento habituales.
—Nos pasa a muchos absurdistas, ¿eh? —dice como si retomara cualquier debate de los suyos—. Pensar que no habrá nada después de la muerte. No te pienses que es solo cosa mía por toda esta movida que te he contado.
A Uve le cuesta creer que se refiera de esa forma, como una movida, a la confesión anterior.
—Menuda chapa te he soltado. Perdóname, tío, pero si a alguien le iba a contar esto alguna vez tenía que ser a ti.
—Jota apoya una mano en la palanca de cambios y se queda mirando a Uve con el otro brazo estirado sobre el volante.
Alarga el contacto visual como si la carretera no requiriera o mereciese atención—.
Eres mi mejor amigo, Uve. Espero que lo sepas.
A Uve se le agolpan respuestas en la boca, al tiempo que sonríe y ahoga las ganas de llorar.
Antes de que pueda pronunciar ninguna, Jota acelera e introduce la quinta marcha, una que apenas ha podido usar en la anterior carretera.
Abre del todo la ventanilla y saca el brazo en busca de intensas sensaciones físicas que lo anclen al momento actual.
Permite que el aire arrecie contra él, que la corriente ventile el coche entero y se lleve consigo los secretos compartidos en ese vehículo convertido en confesionario.
Viéndolo aullar al paisaje en la luna delantera, henchido de júbilo, Uve reconoce al Jota de siempre, pero entiende, por primera vez, por qué se obliga a disfrutar del presente de forma tan radical.
Al cerrar la ventanilla, la radio también reacciona al cambio de dirección y carretera porque sintoniza espontáneamente, sin que Uve haga nada, una emisora informativa en la última posición en la que dejó la aguja del dial.
Los dos escuchan el nombre del colegio.
El locutor anuncia una última hora en el caso.
Jota intenta bajar el volumen, Uve le aparta la mano.
El coche se zarandea con un volantazo.
Uve desea escuchar novedades sobre la mujer del restaurante, descubrir que llegaron a tiempo de salvarle la vida, pero lo que comparte la emisora es el destino al que se dirigen los dos estudiantes fugados.
—¿Cómo lo saben? —pregunta Jota al oír el nombre de la isla—. ¿Cómo pueden saberlo? Es imposible. No se lo hemos dicho a nadie.
A Uve lo delata el gesto involuntario de bajar el volumen.
—Tu tío —deduce Jota—. No me lo puedo creer. Tu tío lo ha contado. Tenías que llamarlo… —Enseguida alberga sospechas incluso más retorcidas—. Porque estabas hablando con tu tío, ¿no? Uve, no me jodas, era tu tío al que llamaste antes, ¿verdad?
—Sí, claro que hablaba con mi tío. Pero él no ha dicho nada. Estoy seguro.
—Pues dime tú entonces cómo se han enterado. —Jota salpica saliva al hablar—. ¡Dime cómo coño se han enterado!
—Yo qué sé. Habrán encontrado alguna pista. —Uve no se atreve a confesar su responsabilidad con lo del folleto—. Se nos ha podido pasar algo.
—No se nos ha pasado nada, Uve.
—O será una deducción. ¿A dónde íbamos a ir si no es a casa de mi tío? —Hace una pausa—. ¿A casa de tu padre?
El silbido entre los dientes de Jota anuncia una carcajada que le explota en la boca.
—Esa ha sido buena. Mi padre estaría encantado de recibirnos, sí.
La risa reduce la tensión entre ambos.
—Mi tío no ha dicho nada —promete Uve con la imperturbable firmeza de quien afirma una verdad—. Él nos está esperando.
Jota mira a Uve y a la carretera.
A la carretera y a Uve.
—Pues se va a quedar esperando porque ya no podemos ir.
Desvía el coche al arcén y pisa el freno.