Fuegos artificiales Capítulo 78
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Capítulo 78

—Seguro que es un tipo majo tu tío —dice Jota—. Mi padre me mata a través del teléfono si lo llamo.

El intermitente late avisando de un giro a la izquierda.

Tras la carrera has ta el coche a la que Uve no se sumó, Jota aprovechó para hacer pis y consultar el mapa de carreteras.

Los dos se aseguraron de la dirección que deben seguir cuando alcancen este cruce de caminos.

Ningún otro coche se acerca a la solitaria intersección, así que Jota la atraviesa sin respetar las señales.

La inercia del giro lanza a Uve hacia la puerta y sus dedos giran de golpe la rueda de la radio, que ha venido modulando con cuidado, milímetro a milímetro, a la caza de alguna emisora.

—Ahora tengo que empezar otra vez —se queja.

Lleva la aguja del dial al comienzo de la banda.

—Obsesionado con la radio, ¿eh? —Jota le aparta la mano e inserta el casete.

Música sin interferencias inunda el habitáculo hasta que Uve presiona el botón que extrae la cinta.

—Quiero saber qué ha pasado con la mujer del restaurante.

—Ah, ni siquiera buscas música ya —endurece el tono Jota—. Quedamos en que podías usar la radio para poner música, no noticias.

Uve desplaza la aguja por el dial lo más despacio que puede, ajustándola con precisión en cada mínimo rastro de señal. Pasa por sibilantes zumbidos, chasquidos de estática y el eco de algunas voces fantasmales, pero no logra sintonizar ninguna emisora estable.

—Pon la cinta, anda —concluye Jota, como si hubiera ganado una discusión silenciosa.

Uve se rinde contra su asiento.

Escucha la música sin dejar de mirar al cielo.

La opacidad grisácea de la nubosidad comienza a oscurecerse y anunciar el acecho del crepúsculo. Relámpagos dispersos centellean hacia el horizonte.

—Otra vez enfadado —dice Jota.

—Es que no entiendo cómo te puede dar todo igual.

—Es el hombre quien busca sentido a las cosas, Uve. Pero el universo es indiferente. Y he aprendido a ser como el universo.

A Uve, que otras veces se ha quedado impresionado con lo que le parecían profundas disertaciones filosóficas de Jota, esto le suena ahora a palabrería elaborada para eximirse de responsabilidad.

—Estamos arrasando con la vida de otras personas y te da igual. No sabemos si has matado a esa mujer. —Uve señala la luna trasera, hacia el pasado y el restaurante—. Pero tampoco te importa.

A Jota se le humedecen los ojos.

Es la primera vez que ocurre desde que Uve lo conoce.

Valora no decir nada más, pero él también tiene derecho a soltar lo que piensa.

—No entiendo cómo puedes vivir así —añade—. Sin culpa.

Jota niega con la cabeza.

—No sabes nada, Uve. —Se seca los ojos con un gesto fugaz.

—Lo sé porque lo estoy viendo. Te da todo igual. Y no sé cómo lo haces.

Jota aprieta el volante.

También los dientes.

—Porque no es la primera vez —confiesa en un susurro.

—¿Cómo? —pregunta Uve.

Jota lo mira de reojo, calibrando su reacción.

—Tuve que aprender a hacerlo —añade.

La gravedad en el tono y la manera en que echa los hombros hacia delante alertan a Uve.

—¿Qué dices?

—Que ya estoy acostumbrado.

—No… —Uve se acomoda en el asiento—. No entiendo.

Jota fuerza una sonrisa incómoda. Triste y enigmática. Tan singular en él como el brillo de nuevas lágrimas en sus ojos. Se mordisquea los labios en lo que parece un último intento de contener ciertas palabras, que al final acaba pronunciando:

—¿El conductor misterioso que atropelló a mi madre? —entona como una pregunta.

Uve asiente en silencio.

Jota levanta solo un dedo, sin soltar el volante, pero el gesto acarrea el peso de cuando es el brazo entero lo que levanta en clase para confirmar su asistencia.

—Sí —contesta a su propia pregunta—. Era yo.

Uve quiere taparse la boca con las manos, como hizo la mujer del restaurante junto a la pantalla del televisor, pero se contiene agarrándose a los bordes del asiento.

Recapitula en su mente lo que Jota le contó sobre el atropello mortal de su madre, el conductor a la fuga, el hermano de ocho meses que no llegó a nacer.

—¿Cómo quieres que me preocupe por nadie después de eso? —Jota se sorbe la nariz.

—Jota…

—¿Sigues creyendo que vivo sin culpa?

Un relámpago aclara el cielo durante un instante.

—Pero… eras muy pequeño. —Uve recuerda que Jota era solo un niño cuando pasó—. No puede ser.

—Tenía casi trece. Mi padre me enseñó a conducir desde mucho antes.

¿Por qué te crees que he podido llevar estos coches?

—Abre las manos sobre el volante—. Me dejaba practicar en el campo, en el monte, cuando lo acompañaba de caza.

Por eso también sé disparar una escopeta.

Y apunto mejor que con un lanzabengalas.

Uve no ve apropiado sonreír a la mención de lo ocurrido en el almacén de pirotecnia.

—¿Cómo…? —dice en su lugar, sin completar la pregunta.

Jota conduce con la mirada fija en la línea central de la carretera, discontinua y mejor pintada que muchas de las anteriores.

—Una tarde, harto de hacer deberes, no se me ocurrió otra cosa que coger el coche.

Se me puso en las pelotas conducir por la urbanización, por calles normales, no solo en el monte y caminos de cabras.

Mi padre aún tardaría en volver de la base y mi madre había salido a dar un paseo.

Le habían dicho que, en su estado, caminar era bueno para la circulación y el ánimo.

Solía tirarse dos horas fuera, perfectamente, y calculé que me daba tiempo de sobra.

Jota habla como hipnotizado por el blanco intermitente en la carretera, que refulge en el oscuro asfalto y contrasta con el ambiente apagado que impone la amenaza de tormenta.

—¿Sabes qué coche cogí? —pregunta sin mirar a Uve—.

El de mi madre. Lo saqué del garaje marcha atrás y todo.

Y el caso es que lo conduje bien, ¿eh? Era más pequeño que los todoterrenos que me dejaba mi padre, llegaba mejor a todo.

Aunque estaba oscureciendo, la urbanización tenía buenas carreteras y pocos coches, era muy fácil conducir por ahí.

Solo me dio por correr una vez. Era un tramo largo, que unía y daba la vuelta, por fuera, a varias urbanizaciones.

Por eso aproveché para pisarle, era lo último que iba a hacer antes de volver a casa.

Uve se fija en que los cristales se van empañando, pero no dice nada.

—Justo en esa zona no había farolas, y yo iba sin luces —continúa Jota—.

No estaba acostumbrado a ponerlas, en el campo siempre era de día cuando mi padre me dejaba hacer el ganso.

Sentí el impacto al mismo tiempo que creí ver algo delante de mí.

Lo noté en el capó, el cristal, el techo.

Por el retrovisor no vi nada de lo que dejaba atrás y me convencí de que habría sido un animal.

No un perro o un gato, que sabía que no habrían rodado por encima del coche, sino un cervatillo, un jabalí.

Más me valía que fuera algo de eso porque, si no, me iba a meter en un buen marrón.

No pensé en parar ni un segundo, Uve. Incluso si al final era una persona, que me negaba a creerlo, a esa edad me preocupaba más un regaño de mi padre que la vida de alguien.

Me daba más miedo un castigo de meses. Y de verdad pensé que era posible que nunca se enterara de lo que acababa de ocurrir.

Me creí que algo puede dejarse abandonado en la carretera y que nadie lo encuentre nunca.

Me convencí de que salir a conducir el coche de mi madre, tener un percance de ese tipo…

, acabaría siendo solo una travesura más.

Otra macarrada de las que decían que hacía.

Lo que más me preocupaba era que se notara el choque en el frontal del coche.

Que el arreglo fuera muy caro. Solo quería llegar a casa antes de que mi madre regresara del paseo, guardarlo de vuelta en el garaje antes de que pudiera darse cuenta de que lo había cogido.

Lo dejé allí, tal y como lo había encontrado al sacarlo, y volví a mi cuarto a hacer esos deberes que tanto me aburrían.

Al final completé muchos más ejercicios que los que había mandado la profesora.

—Pero tu madre no volvió… —susurra Uve.

—Mi padre notó enseguida que algo no iba bien.

No sé cómo lo hace, se da cuenta de todo.

Él siempre dice que a un militar solo lo engaña otro, y ese otro es un traidor.

En cuanto me saludó en la puerta de mi habitación, me preguntó qué me pasaba.

Todo el susto que había reprimido hasta ese momento se me desbordó delante de él.

A mi padre no le gustaba que llorara, me decía que parecía un crío, y no me dejó explicarme hasta que me controlé.

Le confesé entonces que había cogido el coche de mamá, que había conducido por la urbanización.

Que había atropellado a un animal y no sabía si había destrozado mucho el coche, porque no había querido ni mirarlo.

Intenté restarle importancia diciendo que el coche funcionaba, que me había traído de vuelta a casa sin problema.

Hasta le ofrecí que me quitara la paga los meses que hiciera falta.

Fue en ese momento cuando sonó el teléfono…

—No… —Uve se suelta del asiento para llevarse una mano a la boca.

Jota ni lo mira, sigue mecido por el suave vaivén del coche, ensimismado con la cíclica aparición y desaparición de la línea blanca en la carretera.