Fuegos artificiales Capítulo 77
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Capítulo 77

Desde que ha empezado a transmitirse por walkie-talkies, o en susurros, de boca a oreja, de hombro a hombro, uniformados o no, la información de que el juez ha autorizado e l levantamiento de los cadáveres, un imponente silencio se ha apoderado de cada estancia en el internado, de cada grupo de personas, de las entradas a las casas y de todo el jardín, en el que de pronto se escucha solo el viento y el crujido de las cortezas en ramas desnudas, como si también a los árboles se les erizara la piel.

Incluso el barullo en la calle exterior se ha ido acallando desde el internado hacia fuera, por efecto de una ola de pesar que ha embestido a los presentes hasta alcanzar al último mirón que estira el cuello de puntillas para no perderse detalle.

El conserje se pregunta si el levantamiento de los cuerpos en una escena del crimen es siempre algo tan solemne o si este caso es excepcional por tratarse de tantas víctimas.

O por tratarse de adolescentes. Niños, como se refieren a ellos la mayoría de los presentes.

Lleva tantas horas despierto, desde que comenzara su turno la noche anterior, que lo que ocurre frente a sus ojos empieza a parecer irreal.

A transcurrir a cámara lenta. A ratos, se asemeja a una pesadilla.

La información del levantamiento le llegó en su garita, filtrada por el conductor de uno de los coches fúnebres, que le preguntó, como si pudiera saberlo, si las camillas rodarían bien por los caminos del jardín.

Justo en eso se fija el conserje ahora que la primera de ellas emerge por la puerta principal de la casa, en si las ruedas van girando bien o no.

Las escucha chirriar contra alguna piedra y cascabelear con el impacto de guijarros, pero la camilla avanza con fluidez empujada por el personal funerario.

Un estremecimiento común, evidenciado por manos que se unen a la altura del corazón, cabezas que se inclinan en señal de respeto y suspiros contenidos, recorre los cuerpos de quienes flanquean el camino hacia los coches fúnebres.

El conserje observa el dolor ajeno para evitar sucumbir al suyo propio, de la misma manera que fija su atención en las ruedas de la camilla para evitar mirar a lo que transporta.

En algún momento, sus ojos lo traicionan y acaban por dirigirse a la bolsa de plástico negro sobre la camilla funeraria.

En su distorsionada y adolorida percepción de la realidad, el plástico negro se traslada a las sábanas y colchas de las camas de los chicos y el conserje se imagina a sí mismo habiendo dado las buenas noches, semana tras semana, año tras año, desde que eran pequeños, no a siete niños, sino a siete bolsas de cadáveres, que han ido creciendo sobre las camas.

Una mujer uniformada debe de intuir los terrores que asolan su mente porque se sitúa junto al conserje y lo rodea con un brazo, haciéndole saber que ahí mismo tiene un hombro en el que poder llorar, si acaso es eso lo que está a punto de hacer.

Ni ella ni el conserje ni ninguno de los asistentes a esa macabra procesión ha tenido tiempo siquiera de procesar los años de vida no vivida que contiene la primera bolsa cuando una segunda camilla emerge por la puerta.

Con otro relieve en negro de juventud cercenada.

Tras la segunda camilla, sale la tercera, con otro cuerpo adolescente que ya no vive más.

Y, después, la cuarta.

Y la quinta.

La sexta.

La séptima.

Varios agentes se persignan a su paso.

El conserje también lo hace, no una, sino siete veces. Y luego sigue haciéndolo y persignándose hasta trece veces. Y, cuando sobrepasa las veinte porque ha sucumbido a una lastimosa compulsión, la mujer uniformada a su lado le coge la mano y se la aprieta con un cariño fuera de todo protocolo.

—Tranquilo —le susurra—. Que Dios los tenga en su gloria.

El conserje asiente mientras se relame las lágrimas que alcanzan las comisuras de sus labios.

Al otro lado del funesto desfile, más adelante, la cara del director se le va apareciendo entre el avance intermitente de las manchas negras. Él asiste a lo que ocurre mordisqueándose el dorso de una mano, elevando la mirada del suelo en instantes de fortaleza.

Hay un momento en el que sus ojos no solo miran a la oscura bolsa mortuoria que acaba de pasar frente a su cara, sino que recaen sobre el movimiento de un operador de cámara, que se echa la máquina al hombro para realizar una panorámica del arco a la entrada del internado, ese en el que puede leerse el nombre del colegio en letras metálicas.

El director parece darse cuenta de que el conserje lo mira, porque los dos hombres intercambian el gesto rotundo, tan melancólico como abatido, de quienes saben que el nombre del colegio jamás podrá distanciarse ya de la tragedia acontecida ese día.

El operador finaliza el paneo y devuelve la cámara al trípode para enfocar a la comitiva fúnebre. Deja el aparato grabando, pero él mismo se da la vuelta para no ver pasar los cadáveres.