Fuegos artificiales Capítulo 76
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Capítulo 76

De los asientos traseros, donde también van las mochilas, Uve coge la caja de galletas su rtidas. Con el movimiento, tira un sonajero al suelo.

—Qué bien que las cogí, ¿eh? —dice Jota, al volante.

En ambas bandejas, encuentra vacío el hueco en el plástico de las galletas que van envueltas. Elige en su lugar una de las rellenas con crema, de color diferente a cada lado.

—¿Quedan de las de coco?

Uve le pasa la última mientras dirige su mirada a la ventanilla. Absorto en el paisaje, chupa todo el borde de su galleta antes de empezar a mordisquearla.

—¿Qué puedo hacer? —pregunta Jota tras un largo silencio—. Para que estés mejor. Como al principio.

Hace un rato llevaron a cabo otra negociación en la que Uve consiguió que Jota accediera a poner la radio, alguna emisora musical, pero no lograron sintonizar ninguna en esa carretera.

Es una comarcal en la que de vez en cuando tienen que invadir el carril contrario para esquivar enormes baches, maniobra que han podido realizar sin problemas porque apenas circulan vehículos en sentido contrario.

Uve se termina una segunda galleta, se sacude migas del pecho y devuelve la caja a los asientos traseros.

—Quiero hablar con mi tío. Avisarle. No va a decir nada si yo se lo pido.

Jota regresa la atención a la carretera para no responderle.

—Tampoco podrías —argumenta tras unos instantes, refiriéndose a la nada que los rodea.

Pero, cuando atraviesan el siguiente pueblo, apenas un grupúsculo de casas concentradas a ambos lados de la carretera, una cabina telefónica, solitaria, se aparece a la salida de la localidad, cerca del cartel que tacha su nombre.

Uve mira a Jota sin decir nada. Él chasquea la lengua, detiene el coche.

—Llámalo si tantas ganas tienes —suelta antes de salir con un portazo.

Fuera, enciende un cigarrillo y se apoya a fumar en un lateral del maletero.

Uve saca monedas del bolsillo central de la sudadera y baja del coche.

Con ellas en la mano, pasa frente a Jota.

—No tardes —le dice soltando el humo.

Los primeros pasos de Uve hacia la cabina son cortos e inseguros, como si aún esperara que Jota le revocara el permiso, pero, en cuanto se aleja lo suficiente para dejar de oler su tabaco, la emoción de estar a punto de hablar con su tío acelera su marcha sin remilgos.

Encuentra una cabina acristalada sin puerta, maltratada por la intemperie, cubierta de rayones y pegatinas.

Una gruesa guía telefónica desechada en una esquina, empapada y vuelta a secar tras el paso de varias estaciones, ha quedado reducida a pasta de papel.

El lamentable estado de la cabina hace temer a Uve que el teléfono no funcione, pero, en cuanto lo descuelga, un tono ofrece línea con normalidad.

Prepara las monedas, en fila, sobre la repisa metálica.

Así podrá ir añadiendo dinero cuando haga falta.

No sabe cuánto va a durar la llamada. La primera que mete es una de las gruesas.

De memoria, marca el teléfono de su tío, con prefijo incluido.

Deja de respirar para escuchar mejor los tonos.

Antes de que se complete el tercero, su tío responde.

A Uve lo conmueve que pronuncie su nombre, dirigiéndose a él, como si aguardara la llamada.

—¿Eres tú? —pregunta al silencio.

—No me llegaron tus cartas. Me las robaron en el internado. Claro que te hubiera respondido. —Es lo primero que Uve quiere aclarar—. Me alegro de que me lo hayas contado. Tengo muchas ganas de conocerlo.

Al otro lado del teléfono, se produce un golpe amortiguado, como si su tío se lo hubiese apoyado en el pecho. En el auricular se le oye tomar aire, tragar saliva.

—Sobrino querido —continúa cuando se recompone—. ¿Qué está pasando? ¿Cómo estás?

—Estoy… —Uve piensa en la felicidad absoluta que experimentó al gritar de madrugada con Jota, recién escapados del internado.

O al sentir la lluvia sobre el tren y bailar con inédito abandono tras su primer trago de cerveza.

Piensa también en cómo ha sentido que podía morirse en el restaurante de carretera al descubrir lo ocurrido con sus compañeros.

Uve no sabe describir cómo se encuentra, porque nunca ha sentido tanto, ni tan intenso, a la vez, así que simplemente dice—: Estoy bien.

—¿Dónde estás?

Uve mira a su alrededor. En el cartel de salida del pueblo ve el nombre tachado de la localidad, pero se lo calla.

—No lo sé. Es todo como unas láminas que me mandaste. Unas de… de Andrew Wyeth.

Lo recuerda de repente, con facilidad, el nombre que se le ha estado resistiendo en el coche, el del artista a cuya obra le recordaban los paisajes del recorrido, cuadros con colinas y cielos tristes.

—Confío en que sea más como Viento del mar que como Campos de invierno —contesta su tío, a quien se le adivina una leve sonrisa—. Pero prométeme que estás bien. No oigo que estés bien.

—Estoy yendo a tu casa.

Uve se agarra al cable del teléfono, anticipando el regaño. Aprieta los ojos en espera de algún sermón. Por haberse escapado del internado. Por planear ir a visitarlo sin avisarle. Por todo lo demás.

—Ya lo sé —dice su tío en tono sereno—. Ya sé que vienes.

Uve abre los ojos, sorprendido no solo por la calma con la que le habla, sino también por el hecho de que asegure conocer sus intenciones. Ni Jota ni él las han compartido con nadie. A no ser que…

—Me han llamado varias veces del internado —explica su tío—. Han encontrado el folleto de los ferris que vienen a la isla. Lo tenía un niño en la ropa, en un restaurante por el que habéis pasado.

Uve se arrincona en la cabina y protege el teléfono con el cuerpo, como si pudiera así mantener ese secreto dentro del aparato.

—¿Lo metiste tú? —deduce su tío—. ¿Quieres que sepan dónde vais? ¿Que te encuentren?

Uve tampoco sabe responder a esa pregunta, porque tampoco conoce palabras que describan sentimientos tan contradictorios.

Quiere escapar con Jota para siempre, vivir en un coche en la carretera.

En la isla, con su tío, viendo los fuegos artificiales.

Pero también quiere que alguien los encuentre y detenga el rastro de dolor y muerte que van dejando a su paso.

Por eso fueron tan solo sus manos las que metieron el folleto en el peto del niño, sacudidas por una singular racha de viento del tornado de emociones que a la vez lo arrastró de vuelta al segundo coche robado por Jota.

—Quiero verte a ti —responde Uve, porque al menos esto es una verdad incuestionable que sí sabe enunciar.

—¿Es lo que tú quieres?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Nadie te está obligando a hacer nada?

Uve distingue a lo lejos, a través de los rayones en el cristal de la cabina, la silueta de Jota junto al coche.

Ha terminado de fumar y mira al teléfono con las manos en la cintura.

La sudadera que se ha desabrochado muestra la camiseta blanca que lleva debajo.

Su postura rígida contiene el mismo brío y coraje con los que tantas veces lo ha defendido en el internado.

—Dime si tú estás bien y quieres venir a verme —insiste su tío.

—Tío, estoy bien. Quiero ir a verte.

—Entonces, ven. Aquí te espero. ¿A qué hora llegas? —Se corrige enseguida para añadir—: ¿Llegáis?

El plural emociona a Uve, por la confianza sin fisuras que su tío deposita en él. Lejos de imponerse con el previsible regaño de una autoridad adulta, le ofrece apoyo como si quisiera sentarse junto a él en el coche para acompañarlo en el viaje hasta que se encuentren.

—Iremos en alguno de los dos últimos ferris.

Jota viene a paso ligero hacia la cabina. A cierta distancia, empieza a hacer gestos para que cuelgue. Moviendo solo los labios, le recuerda que su tío debe permanecer callado. Subraya el aviso recorriéndose el cuello con un dedo, aunque sonríe después de hacerlo.

—¿Seguro que estás bien? —pregunta su tío, como si hubiera percibido la amenaza.

—Sí, de verdad —responde Uve al tiempo que asiente a Jota.

—Me muero de ganas de verte, sobrino querido.

En cuanto sale de la cabina, Jota pregunta de qué han hablado. Uve no menciona el folleto ni el hecho de que su tío ya supiera a dónde se dirigen. Sí le cuenta que, por fin, ha podido explicarle por qué no recibió las cartas, noticia de la que Jota se alegra.

—Y nos espera en su casa —añade Uve—. No va a decir nada.

—Tu tío es un fenómeno. —Jota celebra con los brazos en alto como cuando alcanzaron el centro del lago—. ¡Nos esperan en la isla!

Aprovecha que tiene las manos en el aire para abrirlas y cerrarlas como si fueran explosiones en el cielo. Comparte una media sonrisa con Uve, que de pronto tiene un millón de palabras para describir lo que siente.

—¡Carrera hasta el coche!

—Ya, claro, porque ganas seguro.

—Siempre rindiéndote antes de tiempo —dice Jota, que echa a correr a traición.

Uve ni se molesta en participar, tan solo camina tras la polvareda que Jota va levantando. El frescor de una súbita brisa vespertina le provoca un escalofrío.

El tío de Uve cuelga el teléfono. Va a marcar otro número enseguida, pero se separa del aparato y se lo piensa frente al ventanal en el salón.

—Te lo han pedido —le recuerda su novio desde el sofá—. Tienes que avisar.

Se queda mirando al mar que su sobrino quiere cruzar más tarde. Vislumbra a lo lejos, a través del ramaje de los pinos, un tramo de la misma costa a la que llegaría en el ferry. Se masajea una mano con el pulgar de la otra.

—Voy a confiar en él —anuncia.

—Va en un coche con otro menor. Uno que parece peligroso. Estamos hablando de nueve…

—Sé lo que ha pasado —interrumpe—. Pero nadie sabe cómo ha ocurrido realmente. Prefiero escucharlo en boca de mi sobrino. Informaré de que está en mi casa en cuanto llegue…

—Si llega.

Esa posibilidad le arrebata el aliento a mitad de frase.

—… pero quiero verlo primero a él —logra completar.

Piensa en todas las veces que hubiera agradecido en su vida el apoyo incondicional de alguien, lo mucho que tardó en encontrarlo.

Lo difícil que es obtener la confianza injustificada e irresponsable de quien no teme equivocarse tanto como uno mismo.

La entrega de quien no pretende guiar, sino solo acompañar, ser dos donde había uno. Sumarse a ciegas.

El tío de Uve se deja caer en el sofá y entrelaza los dedos con los de su novio.

—Vamos a esperar —le dice.

Apenas un momento después, el resplandor azulado y giratorio de luces policiales convierten el salón en un fondo marino.