Fuegos artificiales Capítulo 75
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Capítulo 75

El zapato grueso del conserje se mueve con sonora cadencia de un extremo a otro de una línea imaginaria. Ha tenido que acortarla para no interrumpir los frenéticos paseos de los presentes en el salón.

—¿De los ferris a esa isla? —se entromete en una conversación del inspector—. Entonces van seguro a casa de su tío.

—Pero si su tío nos ha dicho antes que no sabía nada. —El director señala el teléfono en el que recibió la llamada—. Ni le ha contactado ni le ha respondido las cartas en un tiempo. Si hasta pensaba que su sobrino no quería saber nada más de él por algo que le contó.

El conserje confirmó entonces que la correspondencia era unidireccional desde hacía muchos envíos, y el director corroboró que tampoco él ha recibido ninguna solicitud de llamada por parte del sobrino.

—Cualquiera diría que quieren hacernos saber a dónde se dirigen —opina el director sobre la aparición del folleto.

Descartado ha quedado que el hallazgo sea casual o producto de un descuido de los prófugos.

Meter ese díptico doblado en el bolsillo de un peto vaquero infantil requiere de una clara intencionalidad.

El padre del niño del restaurante también ha negado que el folleto sea suyo o de su malograda mujer.

Y el hecho de que los dos últimos horarios de salida de los ferris estén marcados sugiere una deliberada transmisión de información.

—O quieren confundirnos —puntualiza el inspector la teoría del director—. Plantar una pista falsa. Son críos jugando a ser bandidos, robando coches como si no los fuéramos a encontrar. Y creerán que vamos a picar con algo tan obvio.

El conserje detiene su nervioso caminar.

Esos chicos pueden seguir siendo críos a los ojos de un adulto que los menosprecie, pero él sabe lo inteligentes que son, precisamente ellos dos.

Ni el uno ni el otro creerían de verdad que podrían engañar o complicar una investigación criminal con una pista plantada de forma tan burda.

El conserje recuerda un pensamiento recurrente que ha tenido desde que ambos chicos se hicieran tan amigos: lo poco que pegan y lo mucho que el nuevo, el de la inicial, ha influido en el otro, que incluso ha empezado también a usar su inicial como nombre.

—¿Y si…? —El conserje inicia en voz alta un pensamiento a medio completar, falto de palabras para expresar conceptos, que, sin embargo, sí comprende, sobre manipulación, equilibrios de poder y tóxicas influencias—. ¿Y si uno ha querido soplarnos dónde iban sin que el otro se enterara?