Fuegos artificiales Capítulo 74
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Capítulo 74

La abuela mece a su nieto en brazos, en el aparcamiento de l restaurante.

El pequeño deja escapar un suave gemido de queja.

—Ya, ya. Te duele la tripita, es normal. —Le besa la coronilla—. Ya os vais a que os miren.

El niño todavía huele a chocolate, aunque su abuela lo ha aseado en el lavabo del baño.

El padre lo encontró embadurnado de helado en el suelo, poco antes de darse de bruces con el cuerpo de su esposa, desplomado entre sillas.

Entraba ya alarmado y con el peor de los presentimientos tras haber visto el coche de su mujer saliendo a la fuga, algo que no tenía ningún sentido.

—Ya vienen —dice la abuela.

Los sanitarios que han llegado para atender a su nuera han confirmado que no hay nada que hacer por ella.

Y, aunque el niño parece fuera de peligro porque sus niveles de alerta y constantes vitales no han presentado alteraciones, tanto el padre como los propios sanitarios y los agentes desplazados al lugar opinan que se quedarán todos más tranquilos si lo revisan en un hospital.

Del interior del local sale el padre del niño.

—Nos vamos.

Coge a su hijo de los brazos de la abuela.

—Solo encontré un pijamita en la trastienda —explica ella sobre cómo va vestido el pequeño—. ¿De verdad me tengo que quedar aquí sola?

—No te quedas sola.

—¿Cómo estás tú?

—No lo sé, mamá, no sé cómo estoy.

—No puedes estar tan entero.

—Ahora mismo da igual cómo esté yo.

Le entrega una bolsa de plástico con la ropita del niño, la que ella se dejó olvidada en el aseo tras el baño improvisado.

Antes de que el pequeño se suba a la ambulancia en brazos del padre, la abuela se despide con la mano, como siempre le gusta hacer al niño.

Hoy tan solo la mira con carita triste, sobre el hombro de papá, en el que apoya la mejilla para dormir.

Cuando se marchan, sin saber muy bien qué otra cosa puede hacer, la abuela se acerca a un grifo exterior en la fachada trasera del restaurante.

Si enjuaga la ropita ahora, el chocolate saldrá mucho mejor cuando la meta a la lavadora.

Al sacar el peto vaquero, tan manchado que parece de otro color, nota algo en el bolsillo frontal.

De su interior, extrae el folleto de un servicio de ferris, con rutas y horarios.

Hay dos salidas subrayadas con bolígrafo.

Que ella sepa, ni su hijo ni su nuera tenían planeada ninguna visita a esa isla.

Tampoco se imagina por qué razón guardarían el folleto en el bolsillo del niño.

Con el papel en la mano, se dirige al interior del restaurante en busca de esa agente tan joven y tan amable que le pidió que la avisara si veía, encontraba, sentía o recordaba, así se lo dijo, cualquier cosa extraña o fuera de lugar.