Fuegos artificiales Capítulo 73
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Capítulo 73

Jota termina de cantar la canción.

Tamborilea en el volante las últimas notas de la música y señala la autorradio.

Al terminar la cara, la cinta sale expulsada automáticamente, pero él actúa como si fuera un truco de magia que pudiera controlar.

No se ha olvidado de coger su casete al cambiar de coche.

Tampoco de recuperar el mapa y la caja de galletas surtidas.

Da la vuelta a la cinta para comenzar a escucharla desde el principio.

Las mismas canciones.

Otra vez.

Uve tan solo lo mira de soslayo. Ha mantenido la cara dirigida a la ventanilla desde que salieron del restaurante.

Hace un rato, atravesaron un tramo de carretera bajo una tormenta de gruesos goterones.

Jota lo celebró dando golpes al techo, al ritmo de la música y de los chirridos del limpiaparabrisas, mientras regañaba a Uve por no unirse a la percusión.

Cuando dejaron atrás la lluvia, Jota abrió la ventanilla para inundar el vehículo del aroma a tierra mojada.

Le dijo a Uve que ese aroma era mucho mejor que los olores de fritanga y pañal que los venían acompañando en ese coche desde que se subieron a él.

Jota comienza a tararear la primera canción del casete.

Los anhelos que despertó en Uve esa cinta, cuando la escuchó encerrado en el baño, en el walkman, le provocan ahora una sensación agridulce.

—¿Podemos poner la radio? —pregunta mientras se fija en la línea irregular y mal pintada que serpentea en el arcén—. Cambiar de música un poco.

—¿Radio? ¿Con interrupciones para darnos mierdas de noticias? Tú estás loco.

Uve vuelve a observarlo de reojo.

—Que no me mires así. Mírame a la cara.

La línea del arcén desaparece durante un largo tramo.

—Que me mires a la puta cara —suelta Jota—. ¿O es que no puedes? ¿Por qué no puedes? A ver, que yo me entere.

Uve permanece en silencio, atento a una gota residual de la tormenta que asciende por el borde de la luna delantera.

—¿Qué querías que hiciera, Uve? ¿Dejar que llamara esa señora y que vinieran a por nosotros? ¿Poner fin a todo esto?

Con un movimiento del brazo, abarca el paisaje frente a ellos, una franja interminable de asfalto que se extiende hasta el horizonte entre praderas tintadas de un verde oscurecido por la densa nubosidad. Uve contiene una negación de cabeza.

—Qué más da todo ya… —susurra Jota para sí mismo, palabras que suenan más honestas que todas las anteriores.

A Uve se le humedecen los ojos.

Los cierra y una lágrima se le desborda entre los párpados.

—¿Sabías lo que iba a pasar? —pregunta, aún sin abrirlos.

—¿Cómo?

Uve toma aire. Baja la rueda del volumen y mira a Jota por primera vez desde el restaurante.

—¿Sabías lo que les iba a pasar?

Jota abre la boca para decir algo, pero la cierra enseguida, como si le ofendiera tener que responder a esa pregunta. O hubiera decidido callar una mentira. Dirige los ojos a la carretera y sacude levemente la cabeza en señal de incredulidad.

—¿Lo sabías? —insiste Uve.

Jota chasquea la lengua.

Deja caer los hombros.

—¿Te refieres a lo de los gilipollas?

Uve asiente.

Se produce un nuevo titubeo en la boca de Jota.

—No, Uve, claro que no lo sabía.

Lo mira de lado, chequeando su reacción.

Uve permanece en silencio, dándole opción a seguir hablando.

—Te lo juro, Uve. —Jota extiende los dedos de las manos sin soltar el volante, sujetándolo con las palmas—. Te lo juro por mi madre.

Uve se pregunta si tiene algún valor jurar por alguien que ya está muerto. No recuerda haber visto a Jota nunca tan incomodado por un silencio, él que tan bien sabe usarlos a su favor.

—Ha sido un accidente, Uve. No sé qué ha pasado.

Ya no sé qué mezclé, qué era la segunda cosa que cogí.

O la primera, Uve, yo qué sé. A lo mejor tampoco era lo mismo que toma mi padre.

Y el gotero de la clase de Química podía llevar algo raro.

No lo sé, Uve, no tengo ni puta idea de cómo ha pasado. A lo mejor no tenemos nada que ver.

Tampoco recuerda a Jota tan inseguro con algo ni repitiendo tantas veces su nombre.

—Pero… —comienza a decir Uve— a la señora del restaurante sí sabías lo que le iba a pasar.

—Esto es increíble…

Jota estruja el volante con sonoras inspiraciones de nariz. Maniobra con la palanca de cambios sin razón alguna, dejándola como estaba. Uve sabe que solo quiere avisarle de lo enfadado que está. De que no siga pinchándolo si no quiere verlo estallar.

—Y al rapado —le dice aun así—. También sabías lo que le iba a pasar a él.

A Uve se le encoge el estómago al pensar en lo que han confirmado en la televisión con una imagen cochambrosa del almacén de pirotecnia.

No puede dejar de verse arrodillado tras la barra, vaciando con sus dedos una dosis entera del cuentagotas en la copa que después le entregó al rapado.

Como si pudiera percibir sus temores, Jota le devuelve la mirada a Uve y curva la comisura de los labios.

—Al rapado se lo echaste tú.

La mandíbula inferior de Uve se descuelga.

—Tú me dijiste que lo hiciera. Me dijiste cuánto echar. Yo no sabía que…

—¿No lo sabías? —interrumpe Jota.

—Claro que no.

—¿Seguro?

—No lo sabía.

—Pues entonces ya entiendes cómo me siento yo —concluye Jota—. Yo tampoco lo sabía.

Uve va a decir algo, pero se calla a mitad de palabra.

Los razonamientos de Jota lo confunden. La manera en que lo mira con su media sonrisa lo distrae.

Y el ofrecimiento de no asumir ninguna responsabilidad resulta de lo más tentador.

Quizá esa sea la manera más sencilla de desanudar la desagradable sensación en su estómago.

Uve repasa en su cabeza la cronología de los hechos y acepta que Jota podía no conocer aún los efectos letales de su mezcla en el momento en que lo incitó a echarle más gotas al rapado.

Siempre que fuera verdad que no los conocía desde un principio.

Cosa que Uve no puede saber. A no ser que decida confiar a ciegas en las palabras de Jota.

Igual que Jota confió a ciegas en las suyas cuando le chivó que Barro le había llenado de ácido la bandeja de comida.

Algo que defendió incluso delante del profesor, sin tener tampoco prueba alguna.

—Pero… —Uve no consigue enmudecer sus sospechas—. La mujer del restaurante. Ahí sí lo sabías. Lo acabábamos de ver en la tele.

—Le he puesto poquísimo, Uve. Pensé que no iba ni a funcionar. Esa señora está ya despierta, seguro.

Jota se enerva al percibir el recelo que Uve no logra sacudirse.

—¿Sabes lo que sí sé? —suelta entonces, las manos al volante blancas de la presión—. Que del internado nos hemos escapado porque tú me lo pediste. —Libera una de esas manos para señalar a Uve, muy cerca de la cara—. Tú. Me lo pediste tú. Lo estamos haciendo todo por ti.

El dedo acusatorio de Jota llena de lágrimas los ojos de Uve.

—¿Qué hemos hecho? —pregunta en un baboso susurro, justo antes de que el llanto le explote en la cara.

Uve llora como el niño que todavía es, por mucho que esté escapando por carretera con alguien que se cree muy mayor, aunque tampoco tiene siquiera edad para conducir. Avergonzado, se tapa la cara con las manos, pero es incapaz de contener el escandaloso berrinche.

—Esto sí que no… —dice Jota.

Levanta polvo cuando desvía el coche al arcén. El desnivel entre asfalto y terreno arenoso tambalea el habitáculo hasta que se detienen, con el motor calado.

Uve ve borroso a través de los ojos anegados, pero escucha cerrarse la puerta de Jota. Sus pasos rodean el coche hasta abrir la suya.

—Bájate —le ordena—. Bájate ahora mismo si tan mal te sientes. Yo estoy escapando para disfrutar. Para ser libres. Para brillar y explotar. No para esto. Bájate y que te encuentren aquí. Y cuéntalo todo si así te sientes mejor. Pide perdón a quien creas que tienes que pedírselo. Venga, bájate.

Uve se seca la cara con los puños de la sudadera.

Traga saliva con sabor a polvo.

No se atreve a mirar a Jota.

—¿Te bajas? O te bajo.

Uve no se mueve.

—¿Vas a bajarte?

La nube de polvo se ha desvanecido y el aire del exterior le refresca la cara, lo envuelve de pronto por un olor a campo tan intenso que sabe dulce en los labios.

Jota espera una respuesta que no se produce, pero la inmovilidad y el silencio de Uve empiezan a evidenciar cuál será su decisión. Pasados unos segundos, Jota se agacha.

—¿O prefieres venir conmigo a la isla? —Le gira la cara a Uve para que sus miradas se encuentren—. ¿Eh?

Uve detiene el parpadeo.

—Los futuros Jota y Uve no están en la cárcel, Uve.

Están caminando por la playa. No hemos dejado el internado para acabar en un reformatorio.

Y, si tu tío nos ayuda, en la isla podemos desaparecer.

Nosotros con ellos. Él y su compañero sentimental, su pareja, su novio…

, como se diga. Los cuatro, esperando el verano.

Habrá muchos fuegos artificiales en esa isla en verano.

Seguro. Si allí están todo el día de fiesta.

—Una sonrisa incipiente le asoma a los labios—. Bum, bumbum, bum. Bum.

Con un dedo, le seca una lágrima a Uve.

—¿Qué me dices? ¿Te bajas del coche o te vienes a ver los fuegos artificiales?