Fuegos artificiales Capítulo 72
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Capítulo 72

El inspector posa la mano en el hombro del director, sentado a una mesita de teléfono.

—Pruebe otra vez.

El conserje le acerca su taza y el director le da un sorbo como si el café fuera una infusión de ganas.

—Será mejor que oigan una voz conocida —opina el conserje, a quien el inspector dirige un dedo levantado para que no intervenga.

Los familiares de los dos chicos desaparecidos s on los únicos que faltan por contactar.

Intentos previos durante la mañana, realizados por las autoridades, han resultado fallidos.

El padre de uno de los fugados aún no ha respondido al teléfono.

Tras confirmarse que la madre del otro se encontraba fuera del país, el director facilitó a la policía el número del tío que figura como segundo contacto, número que resultó estar desactualizado.

Si alguno de esos familiares ha procurado comunicarse por su cuenta, las llamadas se habrán perdido entre el montón que no dejan de sonar en los teléfonos de las nueve casas de residentes, en la del director y en los despachos vacíos del colegio.

El director levanta el auricular y va marcando el número que lee en la ficha del chico nuevo, maldiciendo el momento en que aceptaron matricularlo fuera de plazo, con el curso ya iniciado.

Entonces, pareció una perfecta solución para cubrir la baja inesperada de ese otro alumno, el extranjero de apellido larguísimo, que se había vuelto al país de sus padres.

El director se lleva el teléfono a la oreja.

Suspira, con los ojos cerrados, cuando escucha el primer tono.

Muy abiertos, casi sin parpadear, los tiene el hombre sentado en una butaca de cuero junto a una pared decorada con fotos enmarcadas de sí mismo, en las que el rango militar de sus uniformes va ascendiendo.

Lleva ahí sentado desde buena mañana, oyendo el tintineo del cubo de hielo en su vaso hasta que se derrite y lo cambia por otro nuevo.

Y más licor. A ratos, ha encendido la televisión, pero se ha mantenido informado principalmente a través de la radio.

Ni siquiera se ha molestado en avisar de que no acudiría ese día a la base.

A estas horas, ya todos sabrán por qué no se encuentra en su despacho.

Lo imaginarán saliendo de viaje para personarse en el internado de su hijo o marcando teléfonos y llamando a puertas que puedan ayudar a encontrarlo.

Lo verán capaz de movilizar todas sus conexiones, agendas y recursos para colaborar en su búsqueda.

En hangares, pasillos y despachos de la base, muchos destacarán y lamentarán su mala suerte, de nuevo enfrentado a una tragedia. Una casi peor que la anterior.

El teléfono rompe a sonar en una mesa auxiliar junto a la butaca.

Otra vez.

El militar se frota el pulgar con el índice en un lento pero continuo movimiento circular.

Va contando los tonos hasta que se extinguen.

Los molestos timbrazos que llevan tantas horas perforando el silencio le recuerdan a ese otro día en el que los teléfonos no dejaron de sonar en casa.

En algún lugar de ese salón, un retrato familiar muestra a un matrimonio con un hijo.

Los tres descansan una mano en el vientre de la mujer mientras sonríen tanto a la cámara como a un emocionante porvenir.

El teléfono vuelve a sonar.

El militar da un sorbo a su vaso, bajo y ancho, en el que el último hielo se derritió hace rato.

La llamada acaba por interrumpirse, como todas las anteriores que no ha atendido.

El hombre detiene la fricción de los dedos con la decisión tomada.

Antes de que entre otra, levanta el auricular y deja el teléfono descolgado sobre la mesa.

—No tenemos otro número —dice el director, que parece aliviado de esquivar la conversación—. Seguramente esté viniendo, pero vive en el norte.

En cuanto devuelve el teléfono a su horquilla y la presión en las lengüetas libera la línea, el aparato emite un timbrazo, sin que haya soltado siquiera el auricular.

—Será él —indica el inspector.

El director asiente e inspira profundamente antes de responder.

—Señor, acabo de llamarle con motivo de… —Se interrumpe, con el ceño fruncido—. ¿Cómo? Uno de los chicos que… Sí, sí, ¿pero no es usted…?

El conserje intercambia con el inspector miradas interrogativas.

—Ah, el tío de… Sí, en una de las islas, ¿verdad?… ¿Por el prefijo? No sabría decirle cuál…

La mención de un tío y una isla es suficiente información para entender con quién habla.

Un agente al que el conserje todavía no había visto, de llamativa rojez en sus mejillas, atraviesa el salón a tal velocidad que el ruido de sus pasos hace girar los cuellos de la docena de efectivos atareados en el salón. Comienza a hablar al inspector incluso antes de alcanzarlo.

El director huye de las voces, estirando el cable rizado del teléfono y tapándose la oreja libre con un dedo.

La noticia que trae el agente apurado es que los chicos fugados, a quienes se refiere como sospechosos, habrían parado en un restaurante de carretera.

Del que habrían huido en un coche robado a la propietaria tras abandonar ahí mismo el que conducían antes, el de la víctima del almacén de pirotecnia.

—Tenemos la matrícula —dice el inspector sin que sea una pregunta.

—La tenemos —confirma el agente—. Pero la cosa no ha acabado bien. Sumamos una víctima más.

Antes de que el inspector pueda reaccionar a esa información, otro agente, el del hoyuelo marcado, se sitúa frente a él, con algo más de calma.

—Han empezado a llegar los fúnebres —informa—. Esperarán autorización para levantar.