Capítulo 71 #3
Uve no entiende que Jota siga insistiendo en que le ha puesto muy poco cuando acaban de descubrir que la mezcla en ese gotero es más letal de lo que imaginaban.
Tampoco comprende que considere a esa mujer como el único motivo para detener la escapada, después de lo que han visto en la televisión.
No puede creer que Jota esté ignorando lo que les ha ocurrido a sus compañeros.
—Jota…
—Vienes conmigo o te quedas aquí. Tú decides.
Uve no va a abandonar a su suerte a una mujer inconsciente ni dejar sin compañía a un niño tan pequeño.
—Uve, de verdad, me voy.
Jota aún le concede unos segundos.
Ante su inacción, se dirige a la salida, que abre con las llaves de la mujer.
Desde allí, se voltea para mirarlo.
—Uve —le grita desde el umbral—. Pudiste haber brillado.
El portazo que da sacude la cortina antimoscas.
En el silencio que inunda la estancia tras el golpe, Uve se siente culpable de ser él quien está poniendo fin a la que iba a ser la aventura de sus vidas.
En su cabeza resuenan las explosiones de los fuegos artificiales sobre el lago.
Y las palabras de Jota que convirtieron el latido de su corazón en pirotecnia.
Desde fuera del restaurante, llega el rugido de un motor al arrancar. Uve teme escucharlo marcharse, pero el coche permanece al ralentí, sin moverse.
—¡Mamá! —llama el niño.
Las patas de una silla rechinan contra el suelo.
Antes de que el pequeño baje y se acerque a ese rincón en el que su madre yace entre sillas revueltas, Uve apoya la cabeza de la mujer y va a buscarlo.
Lo encuentra caminando con los brazos en alto hacia la nevera de helados.
Un primer instinto lo impulsa a querer detenerlo, pero acaba por abrirle la puerta transparente.
—¿De qué lo quieres? —le pregunta con la garganta encogida.
—¡Tocolate!
Uve saca una cubeta blanca marcada con una etiqueta industrial de hostelería.
Junto al niño, se sienta en el suelo, sintiendo la vibración de la nevera en el trasero, frente a los cinco litros de helado de chocolate.
En cuanto abre la tapa, el pequeño lleva sus manitas a la mezcla, no del todo blanda aún.
—¡Fío! —exclama.
En el exterior, se revoluciona el motor. Jota ha de estar pisando el pedal sin mover el vehículo, solo para que Uve lo oiga.
Amenazando con irse.
Dándole la oportunidad de regresar junto a él.
El niño se chupa las manos cubiertas de chocolate. Se mancha la cara, la camiseta, un tirante del peto vaquero. Escarba más helado del envase y dedica a Uve una sonrisa tan genuina que él se ve obligado a forzar otra como respuesta.
—Esta riquísimo —le dice al niño, aunque ni siquiera lo ha probado.
Desde fuera llega el crepitar de guijarros bajo las ruedas. El coche maniobra en el aparcamiento, preparando su incorporación a la carretera.
Una profunda sensación de vacío asola a Uve.
No quiere quedarse solo en la penumbra de este desangelado restaurante de carretera mientras Jota se dirige a la costa. Quiere brillar con él.
—No te lo comas todo, ¿eh? —bromea con el niño cuando se levanta.
Desde el rincón llega una sonora expectoración.
—¿Mamá?
—Está bien —dice Uve, como quien entona un deseo—. Se va a poner bien.
El niño sube los bracitos celebrando lo que oye.
El chocolate le gotea hasta los codos.
A través de la ventana cuya persiana subió la mujer, Uve vislumbra el humo que dispersa el tubo de escape en el aparcamiento.
Mira al niño.
Escucha el extraño gorgoteo de la mujer en el rincón.
Se desliza la mochila hacia el pecho.
La abraza pensando en su tío, en sus compañeros.
Con un suspiro resignado, abre una cremallera.
Se despide del niño con un pellizco en la mejilla.
Le ajusta el bolsillo del peto vaquero.
Dos últimos cordones de la cortina antimoscas resbalan por el cuello de Uve al dejarla atrás.
Corre hacia el lugar donde aparcaron el coche, que encuentra parado y con las puertas abiertas.
El ruido de motor proviene del otro, el granate que vieron ahí estacionado al llegar y que Jota ha encendido con la llave de la mujer.
Jota saca un brazo por la ventanilla al tiempo que pisa el pedal para meterle prisa. Nada más subir, Uve percibe rastros de presencia infantil en el vehículo.
—¿Por qué has tardado tanto? —pregunta Jota, que pretende sonar casual.
Uve no responde. Se sube la capucha de la sudadera y mira por la ventanilla.
—Ah, vale, ahora estamos enfadados. Tócate los cojones.
Jota mete primera para salir a la carretera, pero un coche que circula por el carril al que va a acceder lo obliga a esperar.
—¡Vaya casualidad! La carretera más solitaria del mundo y justo cuando voy a salir… —La molestia se convierte en alarma cuando el vehículo accede al área del restaurante—. ¡Hostia!
Las ruedas del coche derrapan con el repentino acelerón.
El habitáculo entero se tambalea al cambiar de tierra a asfalto.
Jota escapa por encima de la velocidad permitida mientras Uve, agarrado a su puerta, se fija en el retrovisor derecho que ahora sí tienen.
Le da tiempo a ver que un hombre se baja del coche y se dirige al restaurante.
Cruza los dedos deseando que, sea quien sea, esté llegando a tiempo de salvar a la mujer para que pueda volver a mordisquear a su hijo como si se lo comiera, sin dejar ni las migas, mientras el niño se ríe a causa de las cosquillas.