Capítulo 71 #2
Uve, que lucha todavía por no desfallecer a causa de la hiperventilación, escucha cómo Jota lo responsabiliza de la huida, sin aliento ni facultades para contradecirlo.
—Déjanos ir —continúa—. No somos tu problema.
Tras la barra, la mujer abre la caja registradora.
Saca unas monedas para hacer la llamada.
Jota se acerca al teléfono antes que ella.
Primero, arranca el auricular con un firme tirón.
Después, coge uno de los taburetes alineados bajo el mostrador y golpea el artefacto con las patas.
Lascas de plástico llueven sobre la barra hasta que la parte delantera del aparato se descuelga de la que va anclada a la pared.
Uve reconoce un acceso de rabia de los que hacen a Jota perder los papeles en un instante.
La mujer protege la carita del niño contra su pecho y, con la mirada, busca algo por todo el salón.
—Eso, tú dime dónde hay otro teléfono, que también te lo destrozo.
—No… No hay otro. No me compensaba ya. —Su cara se relaja como si regresara a una conversación habitual—. Abro solo los fines de semana.
—Pues mejor para todos. Vuelve a la mesa a terminar de comer con tu hijo, por favor, que nosotros nos vamos.
Con repentina docilidad, la mujer obedece y sale de la barra.
Algo ha cambiado en su apostura. Ha perdido tensión, arrojo.
A mitad de camino por el comedor, trastabilla y golpea con el costado las sillas volteadas sobre una mesa.
Al alcanzar esa en la que comían, sienta al niño igual que antes, pero la sencilla labor la obliga a dar dos pasitos hacia atrás para no perder el equilibro.
Una revelación entrecorta la irregular respiración de Uve.
Sobre la barra localiza el vaso de agua vacío.
En su interior, la curva de la rodaja de limón se parece a una perversa sonrisa, similar a la que imagina que puede haber dibujado Jota al ofrecerle ese mismo vaso a la mujer, minutos atrás.
Justo después de haber pasado un ratito hablando con el niño en la mesa.
Uve se fija en que no hay dinero bajo ninguna de las botellas de refresco.
Y, como subrayado definitivo a sus sospechas, ve cómo Jota cierra la cremallera del compartimento delantero de la mochila antes de echársela de nuevo a la espalda.
—Parece que ya —lo oye murmurar.
La mujer se deja caer en la silla. Clava los codos en la mesa e intenta sujetarse la cabeza, que se le resbala entre sus propias manos. Tiene que agarrarse a una pata para que no se le venza el cuerpo entero a un lado.
Uve encara a Jota.
—¿Qué has hecho?
—¿Tú qué crees?
—Pero si acabas de ver lo que pasa. —Le señala la televisión con toda la mano.
—Anda ya. Le he echado poquísimo. Y solo porque nos iba a joder.
La mujer mira a Uve con una cara cuya gestualidad no puede controlar, como si fuera una máscara de carne.
—¿Qué… me ha… echado? —pregunta mientras los ojos se le ponen blancos.
Los párpados que los enmarcan comienzan a tiritar.
La mujer ancla las palmas a la mesa como si el restaurante entero se meciera.
Logra levantarse y hace amago de coger al niño, protegerlo de alguna amenaza, pero, nada más soltarse de las manos, el suelo ya no solo se mece, sino que se convierte en una cuesta empinada que la lanza hacia atrás, hasta chocar con una de las mesas recogidas en un rincón alejado del comedor.
La mujer cae al suelo a la vez que todas las sillas.
El niño rompe a llorar por el escándalo, aunque, desde donde está, no puede ver lo ocurrido con su madre.
Uve corre a por la mujer, desplomada de lado.
Trata de despertarla con un par de bofetadas, pero tan solo consigue que gima sin abrir los ojos, que se ven moverse frenéticamente bajo los párpados.
Uve le busca la boca con los dedos. Encuentra unos labios fríos que separa con facilidad, pero la fuerza con la que aprieta la mandíbula convierte los dientes en infranqueables e imposibilita su intención de provocarle el vómito.
—Tenemos que avisar —dice Uve, que no piensa cometer el mismo error que en el almacén de pirotecnia.
Jota le señala el teléfono que él mismo ha destrozado. Cuando se acuclilla junto a ellos, Uve cree que lo hace para ayudar en la reanimación, pero tan solo desensarta el llavero del dedo de la mujer.
—No puede ser, no podemos tener tanta suerte. —Le muestra a Uve la llave de un vehículo—. Es el que estaba ahí fuera, seguro. Te dije que teníamos que cambiar de coche. Venga, vamos.
—No la voy a dejar aquí.
—Uve, le he puesto poquísimo. Está dormida nada más. Mira cómo mueve los ojos.
—La llevamos con nosotros —propone Uve—. La dejamos en un hospital.
—Sí, claro, y al niño también si te parece. Uve, nos piramos. Ya.
Jota le tira de la muñeca como siempre que quiere que lo siga a la fuerza, pero esta vez Uve se zafa con un tirón. La sorpresa en el rostro de Jota se transforma enseguida en enfado.
—Pues aquí te quedas —le dice entre dientes—. No voy a parar por una señora que me la suda y que se va a despertar en una hora.