Capítulo 71
El niño chupa la cucharilla embadurnada en tomate.
—Come macarrones también —le pide su madre.
Dándole al cubierto el uso de una pala, el pequeño coge pasta cortada en pedazos sin dejar de sonreír a los invitados, a quienes observa con curiosidad sentado sobre el cojín que su madre ha colocado en la silla.
Lleva los tirantes del peto manchados de las mismas témperas que hay en la camiseta de ella.
—Están buenísimos.
Uve pincha macarrones con ganas, haciendo ruido con el tenedor en el plato, tanto para incentivar al niño a imitarlo como para agradecer la invitación a la mujer.
—Pero riquísimos. —Jota rebaña el plato con un trozo de pan y le guiña un ojo a Uve—. Mejor que los de mamá, ¿eh?
La mujer ha dado por hecho desde el comienzo que eran hermanos y a Jota le ha hecho gracia seguir con la mentira.
Durante la comida no ha dejado de inventar escenarios sobre sus padres, ambos profesores, sobre su casa, un piso enorme en el centro de una ciudad, y sobre una tercera hermana, ya mayor, que se fue a estudiar al extranjero.
—No digas eso —responde la mujer—, no hay mejor comida que la de la propia madre.
—La nuestra no, en serio, no le gusta cocinar —improvisa Jota—. Papá sí disfruta en los fogones, podría haber sido un gran chef en lugar de dar clase en un colegio.
—A ver si el monstruito come igual de bien que vosotros cuando crezca.
La mujer rellena su vaso de agua y exprime sobre ella una rodaja de limón. Uve y Jota terminan sus bebidas y dejan escapar a la vez un jadeo de refrescante satisfacción, coincidencia que hace reír a todos.
—¿Queréis otra? —les pregunta la mujer.
—No, nos vamos ya. —Uve le enseña el reloj a Jota.
—Sí, nos vamos, que papá y mamá…
La mujer chista y dirige la mirada al televisor.
—Han interrumpido la emisión. —Se levanta para acercarse al aparato y subir el volumen—. A ver qué ha pasado.
Jota se voltea primero.
Uve, un segundo después.
Lo primero que piensa al ver la entrada del internado en la pantalla es que Jota tenía razón.
Como le dijo en los escalones del jardín mientras preparaban la huida, dos menores escapados iban a recibir cobertura televisiva.
Incluso sonríe igual que hizo aquella mañana de sábado, cuando imaginó la cara que pondrían los demás al verlo en un cartel de búsqueda.
A él. A Disneilán. El pringado que siempre se dejaba avasallar porque no sabía ni defenderse por sí mismo.
Pero ya ha aprendido, Jota le ha enseñado a hacerlo.
Y con él está huyendo de toda esa vida que ya no soporta y que dejará muy atrás.
Ni siquiera existe ya Disneilán, ahora se llama Uve.
Una panorámica del lugar muestra varias ambulancias en los terrenos del internado.
La fantasía en la que Uve es un fugitivo en busca de una vida mejor empieza a desvanecerse cuando a su mente acude la imagen del rapado desplomándose en el almacén de pirotecnia.
Porque, en el fondo, siempre supo que ese hombre había necesitado una ambulancia.
Y no le resulta difícil asociar esa necesidad a la presencia, precisamente, de ambulancias en el internado.
Uve deduce que, aparte de ellos mismos, solo ha habido otra cosa en común en ambos escenarios.
Revive la preocupación que lo asoló tras ver los efectos del gotero en el rapado, cuando le preguntó a Jota en el coche, al amanecer, notando sus propias uñas clavándosele en los muslos a través del pantalón del uniforme, cuánto de la mezcla de ese mismo gotero les había puesto a sus compañeros en la botella.
Un rótulo aparece en pantalla:
TRÁGICA MUERTE DE SIETE MENORES EN UN INTERNADO
—Qué horror… —dice la mujer.
Añade algo más, pero Uve ya no lo escucha, igual que no oye nada de lo que dice la reportera que habla a cámara.
En sus oídos solo retumba el latido de su corazón con una intensidad que lo marea.
Los ojos le arden al tiempo que todo se pone borroso, incapaz de saber si es porque se le han llenado de lágrimas o porque de verdad el mareo lo va a derribar.
Para no caer, se agarra al saliente del respaldo en su silla.
Enseguida, nota la mano de Jota, grande y caliente, desabrochándole los dedos, obligándolo a soltarse. De otra mano, igual de grande y caliente, recibe una bofetada, que arde en la mejilla y le devuelve el sonido al mundo.
—¡… nos vamos! —está gritando Jota mientras descuelga las mochilas de las sillas.
Le empuja la suya contra el pecho, pero Uve sigue tan entumecido que no se siente con fuerzas de sujetarla.
—Jota… —dice con la garganta encogida—. ¿Qué has…?
Recibe otra cachetada y la orden de que se calle.
—Más nos vale que nos vayamos —advierte con un dedo en ristre que después dirige a la televisión.
La mujer se ha girado hacia ellos y se tapa la boca con ambas manos, como si contuviera el mayor grito que nadie haya proferido jamás.
Similar al que tiene ganas de proferir Uve cuando descubre su propio rostro en la pantalla, ampliado de la foto de clase del año anterior.
Esa en la que llevaba las botas amarillas de lluvia que tanto desentonaban con el uniforme.
Junto a su retrato aparece también uno de Jota, el suyo de un documento oficial.
—Sois vosotros… —dice la mujer.
Otro rótulo en el tercio inferior de la pantalla menciona la desaparición de dos alumnos del internado.
—Un «qué lista» para ti —replica Jota—. Venga, vamos.
Arrastra a Uve de la muñeca igual que como lo sacó del almacén de pirotecnia.
Sortean mesas hasta que la mujer se cruza frente a ellos y alcanza primero la puerta de salida a la que se dirigían.
La cierra con unas llaves que cuelgan de la cerradura, tan numerosas que a Uve le recuerdan al manojo del conserje. Se las ensarta en un dedo.
—Voy a… —la voz le flaquea—, a avisar.
Enfila con la mirada el teléfono público, de color verde, en un extremo de la barra.
—Vamos, hombre, no me jodas —espeta Jota con el mismo desdén con el que le hablaba a Eme, aunque esta mujer no les ha hecho nada—. Da de comer a tu niño y déjanos en paz. No hemos estado aquí nunca y ya está. Gracias por la comida. Te la dejaremos pagada para que no tengas nada que recriminarnos.
Ofrece dos billetes que saca del bolsillo de la sudadera.
La mujer ni se molesta en mirar el dinero.
—Os he invitado con mi mejor intención.
—Y yo quiero pagarte con mi mejor intención, porque no me gusta dejar pufos en ningún sitio. No me gusta que la gente hable de mí.
Jota suma billetes a la oferta inicial, transformando el pago de la cuenta en algo muy diferente.
Cuando ella niega con la cabeza, Jota suelta a Uve y regresa a la mesa.
Informa a la mujer de que va a dejar allí el dinero de todas formas, para darle tiempo a pensar si de verdad quiere llamar a alguien, mientras ellos se van.
—Debajo de esta botella te lo dejo —grita.
Teniéndolo a solas frente a ella, la mujer le pregunta a Uve, en un susurro, qué han hecho, cómo lo han hecho.
—No he hecho nada… —Es lo único que puede responder Uve.
En la mesa, Jota ha entablado una despreocupada conversación con el niño y consigue que vuelva a reír.
—¡A mi niño ni te acerques! —grita su madre, que corre hacia allí.
—Pero ¿qué le voy a hacer a tu niño? —pregunta Jota, exagerando la ofensa—. ¿Qué te crees que somos? Si se estaba partiendo conmigo.
Es cierto que el niño se estaba riendo hasta que su madre lo ha asustado con el grito. Lo coge ahora y lo carga contra su pecho. En un gesto de mecánica normalidad, le limpia el tomate de la boca con el pulgar. El dedo le tiembla igual que el resto del cuerpo.
—No sé por qué estás tan nerviosa —dice Jota—. Solo queremos irnos.
La mujer señala la televisión con la barbilla.
—Ah, eso. Nosotros acabamos de enterarnos también.
En la pantalla, delante de varios micrófonos, una señora se seca los ojos con una bola de papel.
Uve la reconoce, la ha visto recoger a Jackson muchos fines de semana, a la entrada del internado, extendiendo los brazos fuera del coche para recibirlo con un abrazo.
Un cambio de plano muestra un dibujo pintado a mano de unos petardos, cohetes y tracas.
Debajo, escritas en letras que parecen arder, Uve lee lo mismo que leyó de noche a la luz solitaria de un foco: «EL DIABLO.
Almacén de pirotecnia. Venta de petardos».
A Uve le sorprende y lo entristece lo diferente que se ve a la luz del día.
Le cuesta creer que dentro de ese lugar tan rudimentario y anodino sonara tan cautivadora la música, los amigos fueran tan de verdad, el deseo tan arrebatador y el cielo, los charcos y la piel de Jota se iluminaran en tantos colores.
La locución menciona entonces el cadáver de un hombre aparecido en ese lugar.
—Jo… Jota.
Uve recuerda sus propios dedos vaciando el gotero en la copa que le sirvió al rapado. Una presión en el pecho lo ahoga casi con la misma brusquedad que cuando cayó a las aguas heladas del lago. Como entonces, siente que se va a desmayar. O a morir.
La mujer ha alcanzado el teléfono.
—No, por favor —pide Jota.
Pero ella lo descuelga igualmente. Se palpa una ropa carente de bolsillos al caer en la cuenta de que necesita monedas para marcar. El niño se une al juego tocándole la cara con sus manitas. La mujer rodea la barra, pasa al otro lado.
—En serio, no tienes que ponerte así —dice Jota—. Relájate, no queremos haceros nada.
—Lo habéis oído —replica ella—. Pedían colaboración ciudadana si…, si alguien os veía. Os… están buscando.
El desasosiego le atraganta las palabras.
Jota le acerca, de la mesa, su vaso de agua con limón.
Se lo ofrece con ánimo conciliador.
—No somos peligrosos —añade.
El temblor en la mano de ella agita el agua mientras se la bebe en busca de algo de calma. Las llaves que sujeta tintinean contra el cristal.
—Solo queremos escapar.
—Los… otros compañeros. ¿Habéis… sido vosotros?
—Eso ha sido la vida, siempre llena de situaciones absurdas —aclara Jota—. Nosotros solo nos estamos escapando. Por él. Le hacían la vida imposible.